24. El deseo de un heredero
El deseo de un heredero
Todos los frentes del rey requerían de su presencia en Valladolid.
La luna de miel había acabado y era el momento de pedir a clérigos y nobles, un esfuerzo económico en unas Cortes Generales, para sufragar el gasto de la guerra y el auxilio que su hermano había pedido para hacer frente a los turcos con Solimán al frente que arrasaron Hungría.
Habían sido semanas de largas jornadas de marcha.
Isabel era llevada como una frágil porcelana, puesta ahí para ser contemplada y ser tocada con cautela, a no ser que fuese así por la grácil mano de un emperador.
Más frágil aún era su estado: con sus manos la emperatriz Isabel, protegía su vientre, en él llevaba el más preciado tesoro del imperio, el heredero.
Para evitar cualquier contratiempo que pusiera en peligro al nonato, la emperatriz había planeado un viaje pausado desde Granada, evitando el riesgo de montar a caballo.
Veinticuatro hombres del todo el séquito que la acompañaba, serían los encargados de llevar la litera sobre la que la emperatriz descansaba protegiendo la vida que su vientre albergaba.
—¡A aquel que camine descompasado le mandaré a azotar!
— gritaba hastiado uno de los oficiales.
Era lógico el nerviosismo de aquel oficial: entre un camino cercado por alamedas que se alzaban buscando la luz del sol, los hombres transportaban con tiento aquella litera, para ellos la seguridad de la reina era primordial.
Su carne de porcelana y el vientre de cristal, así la querían ver porque sus vidas iban en ello.
Marchaban atentos a cualquier movimiento que se produjera en la maleza, porque bien podría tratarse de un venado o un bandido, que poco o nada podría hacer contra los cientos de hombres que escoltaban a la emperatriz.
Mientras era llevada a una marcha rítmica y pausada, Isabel permaneció tumbada, con los ojos entrecerrados puestos en la luz que se colaba entre las ramas de los árboles que servían de techumbre natural.
No supo si fue el cansancio o la perdida de la noción del tiempo lo que la sumergieron en el sueño, pero en un abrir y cerrar de ojos despertó sobre una cómoda cama.
Echó la mano a su vientre, encontrando ahí mismo la de Carlos, quien velaba por ella desde hacía horas.
Carlos le llevaba varias jornadas de viaje. La gravedad de la situación no le permitía seguir el lento ritmo de su esposa embarazada, pero de vez en cuando volvía cabalgando sobre sus pasos para reencontrarse con ella: así lo hizo en las últimas semanas en Pinospuente, Jaén y Úbeda.
—Descansa — dijo Carlos al ver que su reina trataba de incorporarse.
—¿Has tenido nuevas noticias sobre Italia? — preguntó la reina ignorando la orden del rey.
—Si ordeno movilizar a las tropas de Italia para socorrer a mi hermano en su causa por Hungría, pronto perderé Nápoles y Sicilia.
Por suerte Carlos de Borbón se dirigía a la Lombardía para asediar Milán y el Santo Padre ha recapacitado tras verse acorralado por el cardenal Colonna.
El Papa Medici no tardará en entrar en razón y abandonará a mis enemigos.
Con suerte, esta traición acabará pronto.
Isabel tomó la mano de Carlos y la apretó con suavidad sobre su vientre.
—Dios quiera que así sea y que puedas ver nacer a tu hijo.
Carlos apartó la mano. —Deseo estar ahí cuando acontezca… de verdad que lo deseo, pero ya te lo dije Isabel: no tengo un trono, debo estar donde se me requiera, ya sea aquí en España o en Hungría junto a mi hermano.
Isabel le retiró la mirada a su rey ¿Cuándo volvería a marcharse Carlos? ¿Estaría ahí su emperador para auxiliarla en la misma batalla por la que su madre pereció al cumplir un propósito, el de las reinas, el de traer herederos al mundo?
Castillo de Windsor. Berkshire (Inglaterra)
La luz diáfana que penetraba entre los arcos que franqueaban uno de los pasillos del palacio, languidecía con el paso de las horas que se acercaban al cenit del día.
Enrique Tudor, rey de los ingleses esperaba paciente su encuentro.
Unos pasos gráciles advertían de su llegada.
El rey trató de planchar con sus manos las imperfecciones que pudieran tener sus ropas.
Ante él se presentó con una reverencia Ana Bolena: llevaba un vestido de un intenso verde que y ceñido que resaltaba aún más la silueta por la que el rey inglés estaba dispuesto a cambiarlo todo.
—Solicitasteis verme majestad. El rey dio un paso y dio otro.
Sin aviso la arrinconó con toda su envergadura contra la pared.
Paseó sus dedos sobre la mejilla y el cuello de la joven, que respiraba de manera agitada.
Enrique no supo adivinar si era miedo o excitación lo que sentía la cortesana, pero al escuchar un leve quejido saliendo de sus labios, el encendió más su pasión, apretando aun con más fuerza su cuerpo: parecía que con sud dedos quisiera traspasar la seda y la carne hasta tocar su alma.
—Sabéis lo que quiero — dijo el rey —. Quiero poseeros. Cada minuto de espera es una condena eterna para mí.
—No… no está bien majestad — respondió Ana con un nerviosismo que contradecía la mirada segura que apuntaban a los ojos del rey.
—¿No deseáis complacer a vuestro rey? — Enrique atenazó con sus dedos el cordón del corsé que apresaba el busto de la joven cortesana.
—Sería traicionar a la reina y antes preferiría perder la vida que la honestidad — respondió la cortesana aumentando el ritmo de su respiración y con las mejillas encendidas. —Entonces os haré reina a vos, para que me procuréis un heredero varón.
Ana Bolena acercó sus labios a los de Enrique, sin llegarlos a sellar, solo permitió el espacio suficiente para dejar pasar el susurro.
—A pesar de vuestro omnipotente poder como rey, hay cuestiones que se escapan incluso a vuestra propia voluntad. Gobernáis sobre los hombres, pero no sobre los ángeles. Por mucho que lo deseéis no podéis cambiar las leyes de Dios.
—El Santo Padre pide auxilio en su guerra contra el Habsburgo. Si quiere que acuda a su llamada, tendrá que anular mi matrimonio con Catalina. De esta manera os haré reina.
—¿Y qué dirán los siervos que tanto aman a su reina? — Ana Bolena llevó su boca al oído del rey, dejando que el aire con cada una sus palabras susurrantes acariciasen el lóbulo de Enrique Tudor.
—Tendrán que aprender a amaros a vos como yo os amo.
Con esas palabras el rey obtuvo su recompensa, un beso deseado e inevitable, como la atracción gravitacional de dos astros. Fue un beso largo y profundo que les dejó solos en el mundo, sin que importara nada más.
Era cierto que Enrique no gobernaba sobre los ángeles, pero su voluntad era más fuerte que la misma ley divina. Si no podía conseguir su propósito, ya fuese por la oposición del Papa o la del emperador, no tendría reparos en cambiar el dogma y sacudir los cimientos de la misma fe.