23. Rey de Hungría
Rey de Hungría
—Señor. — Un soldado interrumpió sus divagaciones — ¿Nos ponemos en marcha?
El señor de Zápolya no respondió. Ni siquiera miró a su oficial, volvió a su tienda.
La pasividad podía ser un arma igual de eficaz que una gran ofensiva.
Llanura de Móhacs (Hungría) En ese mismo momento.
El joven rey Luis de Hungría miraba sobrecogido a lomos de su caballo la inmensidad de la planicie que se abría ante él.
Algunos brotes verdes trataban de abrirse hacia la luz entre el suelo y la tierra pantanosa que franqueaban el 14 Danubio.
Aquel campo había sido el lugar elegido por el rey y sus consejeros para frenar de una vez por todas el avance otomano.
El joven rey era consciente de que aquella tarde donde un sol anaranjado oculto tras las nubes y que parecía teñir el cielo de sangre, se decidía el futuro de Hungría tal y como la concebía.
A su lado sus consejeros, nobles, aguerridos soldados y más de 25.000 hombres armados. Jorge de Zápolya, uno de los comandantes que permanecía al lado de su rey, rompió el silencio realizando una observación.
—¿No deberíamos esperar a las fuerzas que han de llegar de Transilvania? Además, muchos señores entre ellos mi hermano Juan, vienen de camino para auxiliar a su rey, majestad.
—No llegarían a tiempo y este debe ser el lugar.
Llevan semanas de asedios avanzando hasta el corazón del reino — respondió el joven rey escondiendo su preocupación tratando de mantener el optimismo —.
Este será el lugar, no esperan nuestra respuesta.
Para continuar su avance deben acceder por esta llanura.
Para ello tendrán que descender aquella meseta.
— Luis señaló una gran planicie elevada —.
Dios nos ha bendecido con semanas se intensas lluvias que hacen el terreno más resbaladizo y escarpado.
Nuestro ataque será sorpresivo y sin vacilaciones.
—Vuestra estrategia es inteligente majestad, no la discuto — respondió Jorge de Zápolya —, pero nos superan en número. Según nuestros observadores, Solimán encabeza un ejército de 70.000 hombres. También traen más cañones de los que portamos nosotros.
El rey Luis torció el gesto y se volvió hacia Pablo Tomori, otro de los líderes del ejército.
—¿Y vos qué decís?
—Dios está de nuestro lado majestad. No podemos esperar más.
El joven monarca asintió al tiempo que esperaba paciente su encuentro con la historia.
Retaguardia del ejército otomano.
Solimán avanzaba rodeado de su guarida jenízara, viéndose la sombra de Dios en el mundo y que por lo tanto a cada paso, todos se doblegarían a su voluntad, incluidos los infieles Húngaros y su rey quienes se negaban a pagar tributo al Gran Sultán.
Pagarli Ibrahim Pasha, su Gran Visir se abrió paso entre la guardia para encontrarse con su señor. Ibrahim era un hombre fornido, de cara afilada, ojos reflexivos y espesa barba oscura. El Gran Visir se arrodilló frente a Solimán que con un aspaviento pidió que se pusiera en pie.
—¿Qué puedo hacer por ti mi querido Ibrahim?
—El grueso del ejército cristiano se ha reunido cerca del Danubio mi señor. Nos están esperando.
Solimán posó su mano sobre el hombro del Gran Visir, haciendo que este se estremeciera.
—Ibrahim, a pesar de tu cuna, te he llegado a considerar un hermano. Tu buen servicio y la estrategia en el campo de batalla son innatos. Alá me ha bendecido con un esclavo que se ha convertido en mi mejor general.
—Vivo para serviros Gran Sultán. —¿Y cómo me vas a servir hoy?
Ibrahim habló con sobriedad, siendo consciente de las vidas que se perderían durante la jornada, de los cadáveres que alfombrarían la planicie y de la sangré que teñiría de rojo el Danubio.
—Deben saber que nuestro ejército es superior en número y aun así nos esperan.
Habrán elegido el campo de batalla precisamente porque esperan que erremos debido a nuestro exceso de confianza, por lo tanto, bajaremos por la ladera escalonadamente.
Dejaremos que nuestra infantería lo haga primero y que batallen contra todas las fuerzas del enemigo. No les subestimaremos, ni mucho menos.
Solimán asintió convencido por las palabras de su Gran Visir, el que tan bien le había servido siempre. No necesitaba más, ya que Alá estaba de su lado.
3 horas después.
El silencio impera sobre los ecos de la batalla que ha dado lugar.
Los gritos de los hombres y el choque de los aceros permanecen sordos en el aire, enmudecidos como un recuerdo solo revelado ante aquellos que se adentran en las huellas que la muerte deja a su paso.
Los cuervos sobrevuelan esperando la marcha de los otomanos, que caminantes y hundiendo sus espadas sobre los heridos que lanzan sus últimos alaridos, se estremecen sobre tumbas descubiertas y sin nombre.
La batalla ha durado poco. Pronto el ejército húngaro se vio sobrepasado por las superiores fuerzas de Solimán.
Ni siquiera la desesperada retirada les salvó.
Nobles y soldados de baja cuna comparten misma suerte.
Las flechas no diferencian rango en la carne a la hora de atravesarla.
El color de la sangre es el mismo cuando las cimitarras atraviesan los ropajes de los cristianos.
Las balas de las piezas de artillería tampoco varían su camino al impactar contra la tierra y hacer compartir mismo destino a aquellos de diferente estamento y cuando las armas enemigas no alcanzan a los que huyen la naturaleza hace el resto.
En su huida el joven rey Luis cabalgada perseguido por la muerte.
Trata de atravesar un pantano que franquea el Danubio.
Su rostro seguro horas atrás se ha trasformado, mostrando el miedo y la desesperación que se han apoderado de su cuerpo.
Ha podido ver a las terribles fuerzas de Solimán en acción.
Esos demonios no tienen ni clemencia ni piedad.
El joven rey cae junto a su caballo, cansado, quedando atrapado con la cara sumergida en el lodo.
Apresado bajo la bestia que trata de liberarse del lodazal.
Al monarca le puede el peso de la derrota, el peso de los miles de vidas que ha llevado a encontrarse con la muerte, pero más aún el peso de su armadura que le arrastra a las profundidades y que interrumpe su joven vida hasta dejarle sin aire.
El rey de Hungría ha muerto. Es la voluntad de Alá la que hace que su joven vida se apague.
Solimán observa con serenidad y paz el campo abonado con los cadáveres de sus enemigos. En el horizonte solo quedan los Habsburgo.
Orillas del río Leita, frontera entre Austria y Hungría.
Cientos de antorchas iluminaban la noche.
María atravesaba el puente que unía los dos reinos al frente de su corte.
Lo hacía con los ojos enrojecidos y con un vestido negro, como la joven reina viuda que era.
Fernando de Habsburgo salió a su paso para recibirla con un abrazo fraternal, tratando de consolar el luto de su hermana.
María alzó la vista y lo miró directamente, Fernando pudo ver qué en los ojos de su hermana no solo había dolor sino también ira.
—Luis se ha enfrentado solo contra los paganos, mientras el resto de los príncipes de la cristiandad miraban hacia otro lado — dijo la reina viuda con una voz áspera.
—Miraban hacia Italia. Le pedí ayuda a Carlos, pero él es el primero que mira hacia la guerra que ha vuelto a Italia.
La situación es tan desesperada que Carlos me ha propuesto ser por el momento tolerante con los luteranos, para así engrandecer las filas del ejército que deberá defender nuestras fronteras — respondió Fernando con calidez —.
Nuestro hermano Carlos se ha empeñado a hacer la guerra contra el Papa, incluso ha recurrido para hacer valer su causa a un cardenal que busca engrandecerse tanto como el propio Carlos.
Parece que todos han enloquecido y puede que tu testimonio le dé algo de cordura al emperador.
—Tengo aún asuntos que resolver en mi reino. — María miró atrás, hacia la tierra que había dejado al otro lado del puente. —¿Qué reino? — preguntó el archiduque de Austria. Los Otomanos han llegado hasta 15 Buda y Solimán ha colocado ahí a su vasallo.
—Juan de Zápolya — dijo María apretando la mandíbula —. No fue a socorrer a su rey en la batalla, como tantos otros traidores. Pero él es el peor: con el cuerpo de mi esposo aún caliente se hizo proclamar rey de Hungría.
Fernando dio un paso atrás y fijo su vista a las mismas tierras a las que apuntaba con sus ojos enrojecidos María.
—De Juan de Zápolya me ocuparé yo mismo. — Fernando miró a su hermana con determinación —. Cómo esposo de su única hermana y siendo tu hermano sabes bien que yo soy el único heredero de Luis. Yo soy el nuevo rey de Hungría.
María se acercó despacio a su hermano tratando de mantener la serenidad en su rostro.
Fernando la miró con detenimiento, con su iris tan negro como el abismo más oscuro, esperando algún tipo de reproche, pero finalmente, María hincó la rodilla frente a su hermano.
Los cientos de cortesanos que la acompañaban primero miraron a María, después se miraron entre ellos y finalmente emularon la acción de su hasta entonces reina.
—¡Larga vida al rey! — repitieron.
Fernando respiró hondo, sereno y tranquilo.
El rey de Hungría respiraba hondo: sereno y tranquilo.
Notas
14. ↩ Uno de los ríos más importantes de Europa y que discurre en diez países de la parte centro oriental del continente. Desemboca en el Mar Negro
15. ↩ Antigua capital del reino de Hungría. Ocupaba la parte occidental de la actual Budapest.