22. Reyes y hombres de fortuna
Reyes y hombres de fortuna
El Santo Padre aguardaba en su trono de madera.
A pesar del carácter sacro de su posición y su túnica blanca que combinaba con su muceta y solideo rojo, aguardaba como un rey más de la cristiandad con sus propios intereses terrenales.
Esperaba atento la visita que le había sido anunciada.
Separaba su espalda del respaldo, apuntando su afilada mirada hacia la puerta del salón mientras masajeaba su espesa barba gris.
Las puertas se abrieron y de ellas emergió Hugo de Moncada, enviado por el mismísimo Carlos, Rey de Romanos.
Aquel hombre nombrado virrey de Sicilia por Fernando el católico estaba entrado en años.
Su mirada adusta revelaba que aquel valenciano había arrebatado la vida de cientos de hombres en innumerables batallas y que él mismo había visto de cerca la muerte.
Precisamente por proteger los mares de los señores a los que servía y bañar su hoja con la sangre de sus enemigos.
Moncada se acercó con pasos ligeros a Clemente VII y se arrodilló ante él.
El Papa acercó la mano donde vestía su dedo con el sello papal para que Moncada pudiera besarlo.
Ahí lo besó con un breve aspaviento lleno de impaciencia.
Tras ello, el Papa con un aspaviento le pidió a su invitado que se pusiera en pie.
—Hugo de Moncada, debo reconocer que me sorprendió el anuncio de vuestra llegada a Roma ¿Os creía en Francia?
—Órdenes de mi señor, Su Santidad. A decir verdad, quería saber cuál es vuestra postura ante el incumplimiento de las cláusulas firmadas en el reciente tratado de paz entre mi señor y el rey de Francia.
—Ya veo — dijo el Papa reflexivo masajeando su barba —. Me pregunto si vuestro señor es consciente de que el rey Francisco firmó ese tratado bajo coacciones.
—Su… Su Santidad… — Moncada se mostró escéptico ante las palabras del Papa.
—¿Qué validez tiene entonces ese tratado?
— continuó el Papa —. No es justo que vuestro señor tenga a los príncipes franceses como rehenes en España.
Creo que el rey Carlos ha perdido el juicio al creerse amo y señor del mundo.
Se hace llamar emperador y no ha sido coronado por mí.
— El tono de Clemente se tornaba por momentos más agrio y hostil —.
Cada día son más los que no están contentos con vuestro señor: los Sforza reclaman el ducado de Milán y los venecianos también están disgustados con el Rey de Romanos, por no hablar de los Tudor en Inglaterra quién aún están esperando a que se les sea satisfecha la deuda de 800.
000 ducados por prestar ayuda a vuestro rey en la guerra contra Francisco.
Sin duda se ha granjeado muchos enemigos poderosos.
—¿Qué significa esto? — preguntó Hugo de Moncada.
—Habéis venido a buscar justicia y justicia es lo que habéis encontrado — respondió el Santo Padre con una mirada severa —.
Comunicadle a vuestro señor que acepte las demandas de aquellos a los que he nombrado y que os he trasmitido y que por supuesto que se olvide de ese tratado firmado por Francisco a la fuerza, de lo contrario, estará solo contra el mundo.
—Ya lo entiendo — dijo Moncada Prestando puños y mandíbula —. Habéis confabulado con los reyes de Inglaterra y de Francia y habéis buscado aliados en Italia para traer de nuevo la guerra. Me preguntó si el que habla es el Santo Padre o un Medici.
El Papa Clemente VII se levantó de su trono, bajando al plano terrenal para encarar a Hugo de Moncada, señalándole con un dedo acusador como si se estuviera dirigiendo al propio Carlos.
—¡Cuidado Moncada! no soy un Medici, soy el Papa y os exponéis a la excomunión.
—Entonces, Su Santidad, no lo entiendo — se excusó Moncada rebajando su tono.
—¡No… no lo entendéis! Precisamente buscamos la paz.
La cristiandad se ha unido para defender la paz, contra aquel que no es capaz de detener la herejía, ni defender las fronteras contra los paganos.
Si vuestro señor quiere paz, tendrá paz.
Pero si no quiere adherirse a dicha paz, hacedle saber a vuestro Augusto que cuento con suficientes armas y hombres para defender Italia y Roma.
Por no decir que usaremos toda nuestra fuerza naval conjunta para tomar Nápoles y recordad que Andrea Doria sigue estando al servicio del rey de Francia.
Cuando Hugo de Moncada escuchó el nombre de Andrea Doria, una punzada penetró en el interior de su estómago, ahí donde se encontraba su orgullo.
Con esfuerzo hizo una reverencia ante el Papa.
Antes de marchar dejó un mensaje que resonó entre las paredes del salón.
—Su Santidad, antes de partir os pido que me excuséis, pues defenderé los intereses de mi señor.
Pelearé en casa palmo de tierra, a costa de las vidas de todos los hombres que enviéis.
El Papa se sentó en trono de San Pedro, mostrándose tranquilo ante las palabras de Hugo de Moncada. Exhibió una expresión condescendiente que parecía guardar una carta más que no había revelado.
—Os deseo suerte en vuestra empresa, ya sea en Nápoles, Sicilia o en cualquier lugar del extenso mar. Tan grande será el incendio como el imperio de vuestro señor.
Palacio de Topkapi. Estambul. En ese mismo momento.
En el salón del trono Solimán, recibido a un viajero venido de lejanas tierras.
El extranjero había llegado ataviado con una larga túnica y una capucha que cubría su rostro.
El Gran Sultán se quedó largo rato escrutándolo de arriba abajo, tratando de adivinar sus verdaderas intenciones: incluso se levantó para observarle con más detenimiento, aún así su ceja arqueada en su rostro habitualmente siempre sereno hacia ver que no encontraba la lógica al mensaje que el viajero le había comunicado.
—Decidme si he entendido bien la proposición de quien os envía, Juan Frangipani — empezó a decir el Gran Sultán tras escuchar al extranjero —.
El mismo hombre que prometió que si resultaba elegido como emperador de los cristianos y que juró que en tres años entraría en Constantinopla o perecería, ese hombre me pide una alianza.
—Así es Gran Sultán — respondió Frangipani — ¿Qué respuesta le puedo dar al rey de los franceses?
Solimán frotó su barbilla dubitativa. Sabía que estaba ante otra gran oportunidad: mientras los reyes cristianos volvían a hacer la guerra entre ellos, podía aprovechar la situación para extender su imperio hacia occidente.
No obstante, ese aliado no era ni mucho menos el mejor compañero de viaje, musulmanes y cristianos estaban destinados a enfrentarse hasta que el sol saliera por el oeste.
El sultán alzó la vista, de entre las columnas que flanqueaban la sala, emergió la figura de Roxelana; lo había escuchado todo desde las sombras y con una sonrisa que iluminaba toda su faz rosada asintió. Solimán suspiró, ante la duda tenía la afirmación de su favorita y consejera.
—¿Qué debo hacer saber a mí rey? — volvió a preguntar Frangipani.
— 13 Yo que soy el sultán de los sultanes, el dispensador de las coronas de los monarcas, la sombra de Dios en la tierra y soberano de los mares, habéis pedido auxilio a los pies de mi trono que controla el mundo.
Os he escuchado y soy comprensivo. Aguardaremos.
Haced saber a vuestro señor que noche y día nuestros caballos están ensillados y nuestros sables ceñidos.
El enviado francés asintió complacido. Solimán volvió sus ojos a la figura de Roxelana; pudo ver como su favorita le miraba complacida y satisfecha antes de marcharse y volver a las sombras.
Palacio de la Alhambra, Granada. Unas semanas después.
Eran muchos los que en ese momento se encontraban en el salón, sentados alrededor de una mesa, escuchando el relato de Hugo de Moncada: además del propio Carlos, también se encontraban presente, Francisco de los Cobos y el canciller Gattinara.
El Duque de Alba, Fabrique Álvarez de Toledo, veterano de la guerra de Granada, asentía con su afilada mirada, lo mismo hacían Carlos de Borbón y el virrey de Nápoles Carlos de Lannoy y el consejero Nicolás Perrenot de Granvela, quién poseía unas ropas negras rostro afilado y una gran barba gris, que guardaban la pesadumbre del momento.
En el semblante de todos se podía apreciar que se dirigían hacia lo inevitable.
Cuando Hugo de Moncada terminó, todos miraron al emperador, esperando su respuesta. La expresión de Carlos era de desagrado e ira. Pero trató de contener el fuego dentro de su pecho, llevándose incluso el puño a su torso para mantenerlo atrapado.
—Parece que no solo Enrique Tudor ha conspirado con Francisco, también lo ha hecho el Santo Padre, ensuciando así los hábitos que porta.
—César — intervino Gattinara —. Por muy repulsivo que nos resulte ese Medici sigue siendo el Santo Padre de la iglesia. Tal vez si consultamos a los teólogos nos podrán aconsejar sobre cómo proceder ante esta situación.
—Majestad — intervino el duque de Borbón —.
El rey Francisco me despojó de todas mis posesiones y rentas para satisfacer a sus fieles.
Vos generosamente me congraciasteis con el gobierno de Milán, pero ahora los Sforza ocupan de nuevo el poder con el beneplácito de ese Medici que ocupa el trono de San Pedro.
—Al conspirar con Francia e Inglaterra ese hombre que se hace llamar Papa se ha convertido en vuestro enemigo — intervino Carlos de Lannoy, virrey de Nápoles —.
Majestad, ese Papa ha encendido la mecha, por lo tanto es justo que le deis lo que pide y le rodeéis de fuego. Es lícito que como emperador lo hagáis.
Carlos pudo ver cómo ante en comentario de Lannoy, que Gattinara negaba con la cabeza. Antes de escuchar la réplica de su canciller, el emperador se levantó y se situó entre los dos.
—Ambos tenéis razón. Para vuestra tranquilidad, Mercurio, Granvela viajará a Francia para hacer entrar en razón al terco de Francisco. Será una ardua tarea — sostuvo Carlos.
—Así lo haré, César — obedeció Granvela.
—Pero me temo que el diálogo no servirá de nada ni con Francisco ni con el Papa.
Ese hombre pide que la guerra vuelva entre los cristianos, por lo tanto, declararlo mi enemigo sería del todo lícito.
No obstante, a ojos de todos sigue siendo el Santo Padre.
El problema de nuevo es Italia. Flandes no me preocupa ya que Enrique de Nassau ha demostrado su eficacia en el pasado, no regalándole un palmo de tierra al enemigo.
Nos tiene que preocupar Italia y el Papa.
— Carlos se dirigió a Francisco de los Cobos —.
¿Cómo se llamaba ese cardenal… el que lideró la oposición del nombramiento de este Medici como Papa?
—De… debe referirse a Pompeo Colonna, majestad.
Carlos asintió levemente y se dirigió a Hugo de Moncada.
—Os debo pedir un nuevo servicio.
—Por supuesto Majestad.
—Volveréis a Roma y os entrevistaréis con Colonna. Hacedle entender que no pondré ningún impedimento a su ambición.
—¿Estáis sugiriendo una rebelión desde el seno de la propia iglesia? — preguntó Carlos de Borbón. —Por el momento es nuestra mejor baza, y no os sorprendáis. No sabemos hasta donde ha sido capaz de llegar este Papa con sus alianzas.
Notas
13. ↩ En este diálogo se extrae y se varia parte de la carta que Solimán envió como respuesta Francisco, siendo este el mensaje literal de la carta: Yo, que soy el sultán de los sultanes, el soberano de los soberanos, el dispensador de coronas a los monarcas sobre la faz de la tierra, la sombra del Dios en la Tierra, el sultán y señor soberano del Mar Mediterráneo y del mar Negro, de Rumelia y de Anatolia, de Karamania de la tierra de los romanos, de Dhulkadria, de Diyarbakir, del Kurdistán, de Azerbaiyán, de Persia, de Damasco, de Alepo, de El Cairo, de La Meca, de Medina, de Jerusalén, de toda Arabia, de Yemen y de muchas otras tierras que mis nobles antepasados y mis gloriosos ancestros (¡que Dios ilumine sus tumbas!) conquistaron con la fuerza de sus armas y que mi Augusta Majestad ha sometido a mi flamante espada y a mi hoja victoriosa, yo, el Sultán Solimán Khan, hijo del Sultán Selim Khan, hijo del Sultán Bayezid Khan: A ti que eres Francesco, rey de la provincia de Francia...
Has enviado a mi Porte, refugio de soberanos, una carta de la mano de tu fiel servidor Frangipani, y además le has confiado diversas comunicaciones verbales.
Me has informado de que el enemigo ha invadido tu país y que actualmente estás preso y cautivo, y has pedido ayuda y socorro para tu liberación.
Todo esto que dices ha sido expuesto a los pies de mi trono, que controla el mundo.
Tu situación ha obtenido mi comprensión imperial en todos los detalles, y he considerado todo ello.
No hay nada sorprendente en que los emperadores sean derrotados y hechos cautivos.
Tened, pues, valor y no os desaniméis. Nuestros gloriosos predecesores y nuestros ilustres antepasados (¡que Dios ilumine sus tumbas!) nunca han dejado de hacer la guerra para rechazar al enemigo y conquistar sus tierras.
Nosotros mismos hemos seguido sus pasos, y hemos conquistado en todo momento provincias y ciudadelas de gran fuerza y difíciles de abordar.
Noche y día nuestro caballo está ensillado y nuestro sable ceñido.
¡Que el Dios de lo Alto promueva la justicia!
¡Que se cumpla lo que Él quiera! Por lo demás, interroga a tu embajador e infórmate.
Sabed que será como se ha dicho. Respuesta de Solimán el Magnífico a Francisco I de Francia, febrero de 1526