21. El aroma de una reina
El aroma de una reina
Isabel no tardó en acostumbrarse a los brazos de Carlos al levantarse cada mañana a su lado con su piel como única prenda.
Cuando despertaba más tarde, alrededor de las once de la mañana, observaba en silencio a su nuevo marido, leyendo el correo en su escritorio: siempre solía hacerlo con el ceño marcado, pero después volvía a ella borrando toda marca de preocupación en du faz para alimentarse de sus besos, de sus susurros y de caricias que le estremecían hasta perder todo control y voluntad.
Incluso era capaz de disfrutar de sus silencios.
Aquellos días eran mejores que la mejor de sus previsiones.
Cuando llegaron a Granada, Isabel pudo comprobar de primera mano cuanta verdad había en la belleza que describían todos los poetas que visitaban la urbe.
Lo primero que hicieron fue visitar la tumba de los abuelos que la pareja tenía en común por su sangre Trastámara, los Reyes Católicos.
Lo hicieron en la Catedral de la urbe. Primero visitaron el sepulcro en el altar mayor: solo se desprendía frío y silencio.
Después bajaron a las catacumbas de la catedral donde en dos féretros descansaban los restos de los reyes.
Era el reino del silencio y la oscuridad para aquellos que una vez hicieron aún más grande su mundo.
Isabel sintió como la piel se erizaba, como si un soplo gélido acariciase su nuca.
Aquel era el destino para reyes, nobles y plebeyos.
Ser o dejar de ser, ciego, sordo y mudo como una roca, atrapado en los restos que un día los sostuvieron entre carne y hueso.
No había nada de aquel paraíso cristiano bajo el suelo de la catedral de Granada, solo soledad.
La pareja se siguió conociendo en la Alhambra, el palacio de los antiguos reyes nazaríes de Granada, Isabel se embelesó con cada rincón del palacio, uno de sus lugares predilectos era la fuente de doce leones de piedra de donde bajo el cielo abierto brotaba agua fresca de cada una de sus bocas; no menos impresionada se quedó con la rica mampostería que como capilares y venas armaban y vestían las paredes, trayendo consigo la belleza más exquisita del oriente que nunca había visitado.
El mármol digno de los reyes vestía las columnas de la galería que rodeaba el Patio de los Leones, también el pavimento y la cerámica azul y dorada que cubría las paredes.
Paseaban juntos y charlaban recorriendo sus patios hasta llegar al mirador donde se podía contemplar desde las alturas el distrito de Albaicín, extendiéndose por una colina: entre sus bazares y su arquitectura, aún quedaban resquicios de su reciente pasado islámico.
Rey y reina contemplaban como el atardecer anaranjado las casas blancas.
En ese momento, con sus ojos bañados por el sol, Isabel mostró una mirada melancólica que no supo disimular ante su esposo.
—¿Algo te disgusta Isabel? — dijo Carlos ocultando la mano derecha a su espalda.
—No es eso, mi señor — respondió la reina —. Es que todo es tan extraño, nada es como me imaginaba. Tenía miedo de abandonar mi hogar… mis hermanos.
—Siento no haber cumplido tus expectativas.
—No me malinterpretes. Te he esperado tanto tiempo que pensé que solo encontraría indiferencia y… me siento afortunada, tan afortunada que tengo miedo.
—Puedes decirme que es lo que te preocupa. No te reserves nada — respondió Carlos posando su mano sobre el hombro de su esposa.
—Quiero ser la única… quiero ser la primera que reciba toda tu atención. Carlos dio un paso atrás y contestó cabizbajo como si tratase de revelar la verdad como una fina lluvia de verano.
—No eres la primera. He llegado a amar y desear hasta la locura.
De hecho, no me avergüenza decir que esos romances han dado su fruto y han germinado.
Son hijos de los que no negaré. — Carlos apartó más la mirada, no quería ver la reacción de Isabel —.
Pero lo que sí te puedo decir es que desde este momento serás la única.
Con sus gráciles dedos, Isabel elevó el mentón de Carlos para encontrar en sus ojos la humanidad de uno de los hombres más poderosos del mundo. En el brillo de su mirada parecía quedar algo de la inocencia del niño que un día fue.
—Gracias — dijo Isabel por la honestidad mostrada y la promesa hecha —. Gracias por tu honestidad.
En ese momento Carlos descubrió la mano que había ocultado en su espalda y le entregó una flor a su amada.
Los pétalos rojos como la sangre que coronaban el tallo se abrían dentados y angostos como el corazón del mar y desprendían un aroma agradable.
—¿Nunca la había visto? — dijo Isabel inspirando su aroma.
—Una flor única para una mujer única. La he mandado traer de Persia para ti. Se llama clavel
En el rostro de Isabel se había borrado todo atisbo de tristeza y se iluminaba aún más con los últimos rayos del sol.
Tras oler la flor y deleitarse con su aroma, la emperatriz se llevó el tallo detrás de la oreja y colocó el clavel como un adorno más de su tocado.
El vivo rojo de los pétalos resaltaba aún más su belleza.
—Con lo bien que te sienta este nuevo tocado, mandaré a que planten está flor en todos los jardines de toda la Alhambra
Mientras reían, unos pasos se hicieron notar a las espaldas de la pareja real. Ambos se volvieron para encontrarse al secretario Real, Francisco de los Cobos. Carlos arqueó las cejas, marcando un interrogante por la presencia de su secretario.
—Ma… majestad.
—Francisco…
—Siento interrumpiros, sé que me dijisteis que me encargase en la medida de lo posible de toda la correspondencia, al menos durante vuestra estancia en Granada. Pero pienso que hay un tema que merece vuestra más rigurosa atención.
Carlos asintió y de los Cobos permaneció esperando a que la reina se alejase unos pasos. El Rey no tardó en percatarse de ese detalle y antes de que Isabel diese un solo pasó, Carlos habló:
—Podéis hablar libremente. No veo inconveniente en que la reina esté al corriente de los asuntos de estado.
Isabel hinchó su pecho orgulloso al tiempo que el Secretario Real se recomponía.
—Sí… sí, por supuesto majestad. Se trata de las noticias que han sido trasladadas por Hugo de Moncada en Francia, a quien le hemos otorgado la dignidad de parlamentar con los franceses por los servicios prestados.
—Buen hombre de mar por lo que tengo entendido — indicó Carlos —.
Aunque aún debe dolerle la derrota sufrida ante Andrea Doria y por la que estuvo en cautiverio hasta la firma del tratado de paz.
No obstante, no le culpo, ese Doria siempre nos ha causado problemas en el mar.
Bien ¿Qué excusas pone Francisco? — Parece que la corte francesa ha comunicado que la devolución de Borgoña llevará más tiempo del que pensábamos.
Alegan que debe haber un periodo de transición…
Carlos tensó sus músculos faciales, instantes atrás relajados.
—Francisco no es un hombre de palabra y temo que no cumpla los acuerdos del tratado de paz. Que todos estén preparados. Si es necesario encerraremos a sus hijos y a toda la corte francesa venida para el cuidado de los príncipes franceses.
—Así se hará majestad.
—Una cosa más — dijo Carlos —. Que Hugo de Moncada viaje a la Santa Sede. Quiero saber cuáles son las intenciones del Papa Medici.
Francisco de los Cobos asintió y se retiró.
Para Carlos aquellas noticias fueron más que un paréntesis un sismo en su luna de miel.
Tenía el presentimiento de que algo no iba bien en Europa y se estaba preparando para ello.
No tardó en darse cuenta en que no estaba solo.
Isabel seguía ahí, atenta a los gestos y al ceño marcado de su emperador.
—Isabel. Debes saber que no tengo trono — dijo Carlos rompiendo el silencio.
—Eres el Rey de Romanos, serás emperador en cuanto te corone el Santo Padre, aunque a ojos de muchos ya lo seas; de hecho, eres llamado emperador entre tus súbditos y aliados ¿Cómo no vas a tener trono?
—Mi trono está allá donde sea requerido. Cuanto más extenso es el imperio, más asuntos debo tratar personalmente.
—Entiendo que tendrás que partir pronto — dijo con pesar la reina.
—Isabel, te veo y no solo veo a una esposa o a la mujer que me dará herederos. — Carlos acercó su rostro al de su esposa, dejando solo el espacio suficiente para que pasase entre ellos una brizna de aire —. Veo también una gobernante aquí en Castilla mientras yo me encuentre ausente.
Isabel asintió insegura. Por un lado, se sentía orgullosa: no sería solo una reina que figurase, su marido le acababa de dar cierta responsabilidad. Pero por otro lado volvía aquel fantasma que había dejado atrás en Portugal ¿Cuándo partiría? ¿Hasta cuándo tendría que volver a esperarle?