Carlos V. Trilogía Completa 20. Un rey herido
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20. Un rey herido

Un rey herido

Luisa de Saboya caminaba veloz por los suntuosos pasillos de palacio.

Lo hacía portando una carta en su mano. Los cortesanos se apartaban al paso de la enérgica madre del rey Francisco I.

A pesar de la estatura que había menguado con los años, la fragilidad que parecían mostrar los surcos en su piel y no lucir lujo alguno en sus ropajes negros, aquella mujer inspiraba respeto.

Todos en la corte francesa sabían de lo que era capaz, pues había llevado bien los asuntos de estado en ausencia de su hijo.

—Decid que me deseáis. — El rey quería escuchar aquellas palabras.

—Os deseo majestad — respondió la doncella besando los cabellos de Francisco —.

Mi …rey. Bajo las sábanas de la gran cámara del rey, Francisco disfrutaba de la compañía de una más de sus jóvenes amantes.

Saboreaba como un perro ambiento los pechos firmes y prietos de la doncella mientras la palma de su mano recorría su tersa piel hasta perderse entre sus piernas.

Detuvo súbitamente su divertimiento cuando las puertas de la cámara se abrieron de par en par.

El rey alzó la cabeza y vio ahí a la reina madre, que sin sorprenderse traspasó el umbral de la puerta.

Como un resorte la joven amante de Francisco se inclinó, tapando sus partes pudientes estirando un trozo de la manta que sobresalía de la cama y con la boca entreabierta se inclinó para disculparse con respeto a la reina.

La reina ignoró la sumisión de la joven y descorrió las cortinas para dejar que la luz deslumbrará los ojos del rey.

—¿Qué hacéis aún aquí? — la reina se dirigió a la doncella — ¡Desapareced de mi vista!

La joven obedeció presta y arrastrando la sábana, sin tiempo a cambiarse ante el apremio de la reina. Abandonó la cámara cubriendo su cuerpo desnudo con una tela casi transparente y se adentró en los pasillos de palacio ante la estupefacta mirada de los guardias que custodiaban la cámara.

Francisco se incorporó, se vistió sin prisas con una túnica celeste. Se dirigió a una mesa provista se abundante fruta, donde se sirvió con calma una copa de vino. Cogió una uva del ramillete que había en el frutero, la apretó con sus dedos y se la llevó a la boca sin atender aún a su madre.

—Ya es mediodía majestad. Hace horas que deberías estar tratando los asuntos del reino.

—He estado cautivo casi un año madre — se excusó Francisco aún con la boca llena —.

Me he tomado unos días de descanso para saciar todos aquellos apetitos de los que me he visto privado durante mi cautiverio.

Además, habéis dirigido bien los temas de estado en mi ausencia.

Por unos días más sin su rey, el reino no acusará mi ausencia.

La madre caminó hacia su hijo hasta situarse a dos pasos. Era aún más notable la envergadura de aquel rey ante la menguada estatura de su madre. Pero la sombra alargada de la reina madre se extendía por todo el palacio.

—Te miro rey y te pregunto ¿Qué has hecho con mi hijo? ¿Dónde está tu espíritu combativo? ¿Dónde está ese hijo mío capaz de desafiar todos los poderes sobre la tierra? Con la barbilla en alto, el rey escarceó más vino en su copa.

—Tal vez lo dejara en Pavía madre. El día en el que me derribaron de un caballo y se acabó esta maldita guerra.

Soy realista madre, el Habsburgo ha ganado.

Ha atenazado mi reino. — Francisco lanzó la copa contra el suelo mellándola —.

! ¡Y me ha casado con su puta hermana! ¡Y el maldito Habsburgo sigue recordando mi derrota: ¡me envía cartas y embajadores para recordarme que debo entregar Borgoña y nuestros territorios en Italia, tal y como estaba pactado!

—¿Qué piensas hacer? — preguntó la reina Luisa.

—No le pienso entregar un palmo de tierra francesa a ese vanidoso. Ganaré tiempo, le daré largas a sus demandas mientras nuestras arcas se recuperan. Si quiere Borgoña tendrá que venir a por ella.

La reina madre soltó una leve risa burlesca. Francisco se molestó, sintiendo que a su propia madre le hacían gracia sus palabras.

—Los mismos contendientes la misma guerra.

— La reina se acercó a la mesa para servirse una copa de vino —.

Puede también que el mismo resultado. Esa estrategia es demasiado burda para un rey.

— Luisa sacó unas páginas de la carta que había recibido.

Francisco aún no se había percatado de que su madre había llevado aquel documento todo ese tiempo —.

Esta carta ha llegado hoy desde Londres.

—Francisco extendió su mano y su madre le entregó la carta.

—¿Quién la envía?

—Me la ha enviado Thomas Wolsey.

—¿El cardenal Wolsey? — Con ímpetu los ojos de Francisco recorrieron las líneas de tinta que llenaban el papel.

“Me alegra saber de la liberación de vuestro hijo, el rey, de los peligros y el cruel tratamiento que ha sufrido en España.

Mantengo la esperanza de que ninguna parte del inaceptable tratado, arrancando a la fuerza a vuestro hijo de cumpla.

Soy consciente del peligro que vuestro reino afronta ahora, rodeado en sus tres partes por los países del emperador.

Si el emperador se decidiera algún día atacar a los franceses, sé que los franceses se verían obligados a defenderse.

Es por eso por lo que sugiero que vuestro hijo, el rey, no entregue ningún territorio estipulado en el tratado.

Por mi parte os puedo garantizar que Inglaterra se retirará de la alianza imperial para actuar como afectuoso mediador. ”

El rey dejó de leer y soltó la carta sobre la mesa. No entendía la urgencia con la que su madre le había entregado la carta.

—Palabras de un cardenal.

—Tampoco sabes leer entre líneas hijo mío.

— La reina trataba de instruir a Francisco —.

El rey Enrique aborrece a su envejecida esposa Catalina, tía del emperador.

Mientras está ocupado con sus amantes es Wolsey quien se encarga de los asuntos de estado.

Esta carta ha sido enviada con todo el poder de Inglaterra.

—Siguen siendo palabras madre.

—¿De verdad no eres capaz de ver más allá?

Con el poder que ha obtenido el emperador Inglaterra ve perder el equilibrio de fuerzas.

Si antes Enrique Tudor unió sus fuerzas con las del emperador para atacarte, ahora podría haber cambiado de parecer.

Las tornas han cambiado. Si buscas bien encontrarás más aliados.

El Papa Adriano también murió, era el antiguo tutor del emperador y por ello Carlos tenía el apoyo de la Santa Sede ¿Pero has probado a entrevistarte con el Papa Clemente?

Busca apoyos dentro de las fronteras de su gran imperio, a esos descontentos de la fe, seguidores de Martín Lutero. Busca y encontrarás.

Francisco masajeaba su barba, reflexivo ante las palabras de su madre. Que buen rey se perdió Francia por no nacer varón pensó Francisco. Tenía todas las virtudes que se requerían; paciencia, sabiduría e ímpetu.

En tan pocos años las circunstancias habían cambiado para suerte del reinado de Francisco.

Carlos tal vez hubiera perdido el favor episcopal con la llegada del nuevo Papa Medici.

Las relaciones del imperio con Inglaterra estaban prácticamente muertas, tras el matrimonio de Carlos con Isabel.

Tampoco se debía perder de vista la cuestión religiosa, sobretodo a aquellos que dentro del imperio protestaban contra el dogma católico.

Desde hacía ya una década, el número de seguidores de Martin Lutero había crecido y seguía creciendo más y más cada día.

Tal vez algunos príncipes fieles a su causa antaño reconsiderasen su posición, a cambio de una suculenta oferta.

No, no le daría oportunidad alguna a ese Habsburgo. Debería ser atacado por todos los flancos. Desde el norte, desde el sur, desde dentro y desde fuera de su imperio. Incluso buscaría aliados más allá de las fronteras de la fe, en el otro gran imperio de aquel mundo cada vez más pequeño.

El fin justificaba los medios y su fin era aplastar a los Habsburgo.