19. El encuentro
El encuentro
Habían pasado diez días desde que la nueva reina llegase a la capital del Guadalquivir.
Con su entrada a la ciudad, las calles se engalanaron con adornos florales y alegría, todos querían ver a su nueva monarca y comprobar por sí mismos si era cierta aquella belleza de la que decían que era poseedora.
Uno de los primeros nobles que la recibió en su llegada fue Fabrique Álvarez de Toledo, duque de Alba, quién se había adelantado a su señor: era un anciano de cabellos grisáceos, con facciones fuertemente marcadas y mirada penetrante, a pesar de su edad parecía poseer una fortaleza envidiable.
Le acompañaba un joven que aún no debía haber cumplido los veinte, pero a pesar de su juventud, su mirara era viva y llena de determinación en unos ojos tan negros como sus cabellos.
En el mismo Alcázar, el anciano y el joven mostraron sus respetos a la nueva reina.
—Estoy aquí para servirle, mi señora… yo y mi nieto Fernando… el heredero de la casa de Alba. —Majestad… — con unos modales exquisitos y unos movimientos seguros, Isabel se vio sorprendida por el joven, la emperatriz supo ver que había algo especial en él.
En verdad era su heredero, hubo tiempo para que el viejo duque de Alba le contase su historia a Isabel.
Tiempo atrás había perdido a su hijo García, quien murió joven en una campaña en África, dejando con el corazón roto a su padre y a Fernando huérfano.
Desde entonces el abuelo había criado a su nieto como a su propio hijo, tratando de corregir sus actos de rebeldía, como aquella vez que con solo diecisiete años, partió a defender Navarra de la invasión de Francisco de Francia, sin tener el consentimiento de su abuelo.
No obstante aquella acción le valió el reconocimiento del rey Carlos.
—Ya lo veis majestad… mi único nieto — el viejo duque de Alba no podía disimular el orgullo que sentía por Fernando —. Pronto le casaré, a ver si así sienta la cabeza.
En Sevilla, Isabel pudo ver la grandeza que sus antepasados habían construido piedra a piedra.
Sobre la antigua mezquita se erguía la gran catedral de la ciudad, desde hacía ya un siglo.
En su interior aún quedaban vestigios del resplandor almohade anterior a la conquista cristiana: el patio de los naranjos que en su momento sirvió como 12 patio de abluciones para la antigua mezquita; más destacada era la torre de la Giralda, el antiguo alminar donde el muecín convocaba a los musulmanes para la oración y que había sido reconvertido en campanario de la catedral.
Desde el campanario se habían anunciado las horas, una tras otra, pero su rey no llegaba.
Isabel lo esperó desde el Alcázar, aquel lugar lo encontró hermoso, descubriendo de nuevo reminiscencias a la fusión de lo cristiano y lo islámico.
El arte mudéjar surcaba las paredes y los nervios de cada una de las estancias del edificio, convirtiéndolo en singular, donde dos mundos enfrentados se encontraban y convivían en sus techos y paredes.
¿Acaso el Rey de Romanos no quería verse al fin con su reina?
Aquella era la pregunta que rondaba en la cabeza de Isabel y del séquito del casi centenar de almas entre nobles y criados que la acompañaba: Entre ellos su dama de cámara, la condesa de Odemira, Ángela Fabra, catorce años mayor que ella y que prácticamente conocía a Isabel desde su nacimiento; Las damas Leonor de Castro y Leonor de Mascareñas; el mayordomo mayor Ruy Téllez de Meneses; su caballerizo Fabrique; su médico personal Gregorio Rodríguez de Mesa o el pequeño paje de diez años Ruy Gómez de Silva.
Todos se encontraban contrariados por la tardanza de Carlos.
—Serán sus consejeros y no él los que vean con buenos ojos esta unión — le solía confesar Isabel en confianza a Ángela, su camarera mayor mientras cepillaba su dorado cabello con el mismo mimo de cuando era niña.
—Debéis ser paciente, segura, no desesperéis, pues no es propio de una reina.
—Me invade la duda — respondió Isabel apesadumbrada. No lo puedo evitar.
—Acaso no habéis escuchado el clamor en las calles cuando pasasteis por Badajoz o al llegar a Sevilla.
Vos sois la reina que quieren y no otra.
Realizan justas y corridas de toros en vuestro honor.
Desde ahora debéis ser más segura. No sois consciente de la magnitud de vuestra posición.
No exageraba la camarera mayor. Eran cierto los vítores en su paso por las ciudades, pero a quién quería agradar era a su esposo.
Durante tan largo tiempo le había esperado, pensó en que se había convertido en la última prioridad de aquel aspirante a emperador tan ocupado.
Pero todas las dudas se disiparon cuando cayó la noche del décimo día.
Isabel esperaba en el Salón de Embajadores.
Las hachas iluminaban el Alcázar, haciendo aún más intensos los dorados, como la cúpula sobre el salón que parecía un sol resplandeciente que iba a iluminar aquella madrugada.
Los vítores que anunciaban la llegada del emperador llegaban desde la calle.
Isabel se mantenía erguida ante el esperado encuentro, convirtiendo los cientos de personajes que le rodeaban en nada más que sombras animadas por la luz del fuego.
El corazón se le ralentizaba en su pecho, bajo un vestido de intenso rojo que hacía que su piel aun palideciera más ¿Cómo sería su esposo?
¿Qué carácter tendría? Esas preguntas formuladas durante años tendrían por fin una respuesta.
Le vio entrar en el salón, sacudiéndose el polvo del viaje y recibiendo el saludo de todos, teniendo una especial atención hacia el duque de Alba y su nieto Era querido por sus súbditos fue lo primero que pensó Se tomó unos momentos para observar detenidamente a su emperatriz por primera vez.
Isabel tragó saliva, no sabía que impresión había causado a aquel César de la cristiandad.
Carlos se iba acercando con pasos comedidos a Isabel y delante de todos los que habían asistido a aquel encuentro.
La nueva reina se postró ante Carlos, mostrándose sumisa.
Carlos extendió su mano e Isabel la tomó para besarla mostrándose como una reina dispuesta a complacer a su rey.
Carlos extendió su otra mano para evitar que la reina la besara y se agachó junto a ella para mirar su rostro.
Con suavidad agarró su mentón y lo alzó para ver sus ojos con más detenimiento.
La mirada de Isabel seguía arrastrada en el suelo, no se veía digna aún de clavar sus ojos directamente en el emperador, pero finalmente se encontraron y sus almas se cruzaron. Isabel halló un rostro cálido y se tranquilizó.
—No debéis inclinaros ante mí… emperatriz. No debéis inclinaros ante nadie —. Carlos posó sus manos con suavidad sobre los brazos de Isabel y la ayudó a reincorporarse —. Acompañadme.
Los presentes formaban un pasillo en silencio, ante el paso solemne de Carlos e Isabel.
El emperador los saludaba cabeceando levemente al tiempo que conducía a Isabel a una cámara apartada.
Cerró las puertas tras de sí, para poder hablar a solas con su esposa por poderes.
Isabel le había seguido impresionada por la cercanía que mostraba su aún desconocido esposo.
A la luz de las velas que vencían a la inmensa oscuridad y enfatizaban aún más los rasgos de sus rostros, el emperador, sosteniendo las manos de su emperatriz y empezó a hablar:
—Debo pediros perdón.
—No… no debéis mi señor — respondió Isabel al instante.
—Por supuesto que debo. Debo pediros perdón por esta larga espera… y los años de incertidumbre que os pueda haber causado.
—Solo espero estar a la altura de vuestra larga deliberación —. Isabel dejó caer de nuevo su mirada.
—Lo estáis aún más. — Carlos volvió a levantar suavemente el mentón de Isabel para mirar sus ojos, en ocasiones verdes y en ocasiones castaños —.
Los años de guerra pasan fugaces para algunas cuestiones y con lentitud para el que añora la paz, es curioso.
— El emperador se detuvo para repasar de nuevo las delicadas facciones de Isabel —.
Ni vuestra belleza, ni vuestras virtudes, son merecedoras de tan larga espera.
A pesar de los inviernos que han pasado, me alegra ver que no habéis marchitado.
La emperatriz hizo de nuevo el amago de inclinarse ante Carlos en señal de agradecimiento, pero Carlos la detuvo con un gesto de mano:
—Como os he dicho antes fuera de estas cuatro paredes, no debéis inclinaros ante mí. — Disculpadme alteza.
—Tampoco debéis pedir perdón continuamente. — Carlos sonrió como pocos le habían visto sonreír —. Dicho esto, creo que no deberíamos demorar más la confirmación de nuestro enlace. Lo dispondré todo de inmediato para la misa.
—No penséis que no lo desee, pero debo recordaros que hoy es sábado de pasión, por lo que no se podría realizar oficio religioso alguno.
—En poco llegará la medianoche y con ello un nuevo día en el calendario.
El emperador lo dispuso todo para que una ceremonia íntima se celebrará a medianoche.
Un altar improvisado en la cámara de la emperatriz, unos pocos testigos entre nobles castellanos y portugueses y el arzobispo de Toledo, Alonso de Fonseca, que bendeciría la unión.
Nada más era necesario. Todos los presentes se extrañaron, pues entre todos los enlaces de conveniencia, aquella nueva pareja parecía de verdad unida por el destino.
La camarera mayor de Isabel, Ángela Fabra, sonreía satisfecha al ver el resplandor en Isabel, a la que tantos años le había cubierto un velo de tristeza, desde la muerte de su madre.
Tras la ceremonia y los festejos, los testigos, como una solemne procesión acompañaron a Carlos a la cámara de la emperatriz que había partido antes.
Iban a corroborar que aquella unión se consumaba.
Las cortinas blancas que caían sobre la cama hacían ver cómo sombras todos aquellos que se acercaban junto a Carlos.
Isabel tumbada sobre la cama con un camisón blanco respiraba acelerada, intranquila.
Cerraba los ojos mientras escuchaba los pasos de su marido y como estos se detenían.
Sintió que se incorporaba en la cama. Isabel volvió a abrir los ojos y ahí vio el rostro de Carlos sobre ella.
Isabel estaba intranquila. No quiso pensar que ahí había nadie más observándoles, aunque así fuera.
Carlos movía su mano con soltura, a diferencia de Isabel.
Él agarró su falo con la mano y acertó en la emperatriz que había abierto sus piernas para entregarse al emperador.
Eran dos sombras moviéndose tras las sábanas.
Carlos atravesó su carne más trémula.
Al principio Isabel sintió algo de dolor, un hilo dentro de ella se rompía y, poco a poco se humedecía.
Por un momento Isabel pensó que aquello de lo que tanto le habían hablado sus damas no era tan bueno, no encontraba aquel placer que decían que daba la consumación.
Pero sin darse cuenta, el dolor dio paso a una sensación jamás antes sentida y dejó que Carlos llevase las riendas.
Cada una de las embestidas era delicada pero intensa.
La emperatriz quería disfrutar más de aquel momento que no deseaba que acabase, incluso ahogó en su boca el sonido del placer, pues eran muchos los oídos que ahí escuchaban.
No estaba bien disfrutar de ello, pues como buena cristiana, no se consumaba por divertimento, sino con la única finalidad de traer herederos al mundo.
Los dos llegaron al éxtasis casi a la par.
Carlos dejó parte de él en ella y quedó rendido como si acabase de desprenderse de unas gotas de vida. Isabel lo recibió en su carne aún palpitante y también se rindió.
Los invitados se marcharon, habían sido testigos de la última parte de la ceremonia, el matrimonio se había consumado.
Ahora sí al fin, Carlos e Isabel eran marido y mujer.
El imperio ya tenía a su emperatriz.
Notas
12. ↩ También conocido como Sahn. Es la parte de la mezquita que consiste en un patio porticado.