Carlos V. Trilogía Completa 18. El deseo por cambiar el mundo
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18. El deseo por cambiar el mundo

El deseo por cambiar el mundo

Francisco I al fin respiraba la libertad.

A cada paso estaba más cerca de su hogar.

Pero no podía olvidar ni perdonar la humillación.

Los acontecimientos se habían sucedido uno detrás de otro.

Precipitándose ante él como una cascada arrolladora.

La entereza del rey Francisco I de Francia se había visto doblegada.

Debilitado por el cautiverio, el francés firmó aquel tratado de paz, con cada una de las cláusulas que Carlos había impuesto.

Cuando abandonó la torre de los Lujanes con toda su envergadura, lo hizo de espaldas para no mostrar sumisión ante nadie, ya que debido a su altura se veía obligado a inclinar la cabeza para salir por la puerta.

No, no estaba dispuesto a inclinarse ante ninguno de esos castellanos.

Cuando hubo salido inspiró profundamente el aire de la libertad, y una sonrisa se dibujó en su cara.

Se irguió completamente. Los que le veían por primera vez se sorprendieron ya que sacaba una cabeza al más alto de los hombres de armas que le escoltaban.

Había sido humillado y despojado por aquel Habsburgo, Se marchaba con el orgullo herido.

Debía sanar, fortalecerse y aprender de los errores que le llevaron a aquel encierro, pero ya habría tiempo para ello.

Tal y como estaba acordado la boda se produjo en Toledo, en la imperial villa de Illescas.

Por fin Francisco pudo llevar ropas dignas de su posición.

Ahí juró los votos ante Leonor, la hermana del que había sido su enemigo.

Francisco no pudo negar sentirse sorprendió ante su belleza; Leonor aquel día iba engalanada con un vestido rojo que hacía justicia a los poemas que hablaban de ella.

Ahí mismo empezaría a interpretar su papel cómo esposo devoto y como un siervo más del emperador bajo la atenta mirada de Carlos.

Leonor en cambio parecía por momentos rendirse a su caballerosidad.

Durante la ceremonia y ante los cientos de asistentes Francisco besó la mano de Leonor.

—Contaré los días hasta que lleguéis a Francia y ocupéis vuestro lugar a mi lado.

Todos celebraban las palabras del rey. Incluso Leonor se sentía sobrecogida por el encanto que desprendía Francisco, a quien tenía como alguien arrogante antes de conocerle.

Todos aplaudían menos Carlos, que con el rostro serio se acercó a su homólogo francés y abrazó, aprovechando para llevar las palabras que portaba guardadas al oído de Francisco.

—Recordad cumplir lo prometido.

Francisco miró a Carlos, no dijo nada, solo esbozó una sonrisa burlona.

Unos días después había partido a lomos de un caballo blanco, escoltado por imperiales a la frontera con Francia, dejando a su nueva esposa atrás. En su camino, centenares de árboles desvestidos por el invierno que se había llevado las hojas que coronaban sus ramas, acompañaban su desolación

Los Franceses esperaban en la frontera. Francisco en seguida pudo ver a sus dos hijos mayores escoltados por numerosos hombres: Francisco y Enrique de ocho y siete años, acompañados también por un séquito de sirvientes que les seguirían a Castilla para así descubrir las necesidades de los infantes.

Al verlos Francisco desmontó de su caballo para acudir a su encuentro.

Soldados y sirvientes se inclinaron al ver la enorme figura de su rey que por fin, tras un año de ausencia, retornaba a Francia.

Los infantes abrazaron a su padre, haciendo que el rey hincara la rodilla ante ellos.

Francisco no tardó en apreciar cuanto habían crecido sus herederos en un año.

—Debéis ser valientes — les decía el rey a sus vástagos mientras los abrazaba con fuerza —.

Pronto volveremos a estar juntos. Fue un abrazo breve.

No había tiempo para más. El rey volvió a su caballo.

Un oficial francés tomó las riendas del equino para cruzar al otro lado de la frontera, a su vez lo hacían los infantes franceses y sus siervos para pasar a suelo español. El intercambio se había producido.

Castillo de Windsor. Berkshire (Inglaterra)

La intimidad y la luz de unas velas que le ofrecía su capilla privada era lo que le quedaba a Catalina.

A sus cuarenta años sentía como el tiempo a medida que transcurría, se antojaba más una losa sobre sus hombros.

Los surcos se esparcían como olas sobre un mar tranquilo sobre su tez.

Los últimos acontecimientos además habían mellado su autoestima y borrado todo atisbo de alegría en ella.

Las puertas de la capilla se abrieron tras ella sin que ello perturbarse su oración. Sabía que se trataba de Enrique, conocía ya sus pasos, cada vez más pesados por los excesos del rey de Inglaterra.

—Tengo entendido que me mandasteis llamar.

—Hace días que os mandé a llamar — respondió Catalina sin molestarse en cambiar su postura orante.

—He estado ocupado. —¿Con Ana Bolena de nuevo?

La piel de Enrique Tudor se encendió al escuchar aquellas palabras provenientes de Catalina quien parecía ser dueña de una tranquilidad inquebrantable.

—¡Ya hemos hablado de esto! ¡ Y ya os he dicho que nada de lo que haga es de vuestra incumbencia!

Catalina se levantó y encaró a Enrique.

—Soy seis años mayor que vos. Enviudé de Arturo y me casé con vos, su hermano menor.

El tiempo ha pasado para mí y acepto que busquéis satisfacer vuestras necesidades en el cuerpo de mujeres más jóvenes, eso es algo con lo que vivo desde hace tiempo.

He tolerado a vuestras amantes, a María Bolena, pero su hermana Ana, desde que llegó a la corte es diferente.

Esa mujer tiene una ambición desmedida alimentada por el trato que le dais.

Os recuerdo que yo sigo siendo la reina y sigo estando aquí.

Enrique se dispuso a marchar tratando de contener la réplica.

—Si ya habéis terminado seguid rezando mientras yo sigo buscando un heredero. —¿Un heredero? — Ahora era la piel de Catalina la que ardía de rabia.

—¡Vos no habéis sido capaz de darme un varón! ¡Si no sabéis cumplir con vuestro cometido lo hará otra!

—¡Cómo os atrevéis a hablarme así!.!Acaso habéis olvidado quién soy! — Catalina se desgañitaba a pocos centímetros del rostro del rey Enrique.

Sin aviso alguno, Enrique golpeó el rostro de la reina con el torso de la mano. Al instante, Catalina, incrédula, se llevó la mano al pómulo dolorido que empezó a palpitar de dolor. La gran figura del rey se hacia más grande y ella más pequeña.

—¿Habéis olvidado vos que le estáis hablado al rey?

—¿Hasta dónde queréis llegar Enrique? — Catalina no sé arrugó tras el golpe recibido —. Queréis que una cortesana os de un heredero, vulnerando así el sacramento del matrimonio. El Santo Padre no os lo permitirá, el emperador Carlos no os lo permitirá.

—¿Creéis que me preocupan el Papa o vuestro sobrino?

— Enrique hablaba desde el fuego de sus entrañas —.

Vuestro sobrino ha atesorado un gran poder gracias a su fortuna y a sus alianzas, entre ellas su compromiso con Inglaterra y con nuestra hija María.

Pero es un hombre que no tiene palabra, nos ha dado la espalda ¡Ni le temo ni le respeto! La fortuna no le acompañará siempre.

Catalina le dio la espalda a Enrique, se puso de rodillas frente al altar y colocó de nuevo sus manos orantes.

—Da igual todo lo que blasfemes por la boca. Ni el mundo ni Inglaterra te dejarán obtener lo que deseas.

—Entonces tendré que cambiar a Inglaterra y el mundo.

Catalina cerró los ojos. Enrique se machó dejando sus palabras en el eco de la capilla.

Eran eso, solo palabras fruto de una enajenación momentánea, pensó en un primer momento.

Pero las lágrimas no tardaron en deslizarse dejando la sal en su mejilla dolorida.

Algo le decía que Enrique Tudor, rey de Inglaterra, hablaba con determinación y no poseído por la locura.

Enrique podría hacer cambiar a Inglaterra y al mundo.