Carlos V. Trilogía Completa 17. La alegre del harén
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17. La alegre del harén

La alegre del harén

El palacio del gran sultán resplandecía en su interior como lo estaba haciendo su reinado.

Sus riquezas se reflejaban en la mampostería de oro y su pureza con la claridad del azul del mar que recorría las paredes con piedras preciosas incrustadas.

No era la primera vez que Hassan acudía a la residencia del sultán y se mostraba frente a él.

Las ropas de Hassan contrastaban con las del Gran Sultán Solimán: vestía con las más delicadas sedas y portaba el mayor de los turbantes que hacían destacar su figura esbelta.

A pesar de su título, su rango y su juventud, el Gran Sultán se mostraba gentil, hablaba de manera reflexiva y era generoso.

Eso Hassan lo sabía, pero también sabía que era implacable con aquellos desleales a su palabra.

Hassan recordaba de rodillas frente al sultán que le contemplaba desde su trono las palabras que Hizir Barbarroja, le dijo antes de partir a ofrecerle parte del último botín al sultán Solimán será capaz de darte todo lo que desees si le sirves bien, pero no le falles aquellas palabras volvían a su mente una y otra vez como un recordatorio.

Solimán se llevó la mano al mentón y contempló primero los tesoros y después a los hombres, fijando su mirada en Hassan.

El Gran Sultán se levantó y empezó a dar pasos que se elevaron hasta la gran cúpula dorada del salón, resonando como las pisadas de un gigante.

Por un momento Hassan pensó que Solimán estaba disgustado con los presentes y que iba a recibir su castigo, pero ese no era el modo de actuar de Solimán.

Hassan se encontró los pies del sultán frente a él. No se atrevió a alzar la mirada. Finalmente noto como unas manos le elevaban para incorporarse eran las del mismo Solimán.

—Alzaos… alzaos todos.

Hassan obedeció como lo hicieron los otros dos hombres que le acompañaban y que miraban extrañados la gentileza que mostraba el hombre mas poderoso del Imperio Otomano.

—Estos presentes— Solimán fijó sus ojos en Hassan quien le apartó la mirada al sentirse indigno de cruzar sus ojos con los del Gran Sultán —. Estos presentes no son nada .

—Es solo una pequeña muestra Gran Sultán — respondió Hassan improvisando e interpretando las palabras de Solimán como una decepcionado.

—No me has entendido. Lo que quiero decir es que el verdadero presente sois vosotros — respondió Solimán —.

Todo lo que estáis consiguiendo por mí, haciendo que nuestros puertos sean seguros.

No necesito riquezas, lo que necesito son hombres valerosos como vosotros.

Quiero que trasmitáis mis palabras a Hizir.

Antes de que Hassan respondiera para mostrar su agradecimiento al Gran Sultán, una mujer joven interrumpió en el salón. Al verla, Hassan tuvo que realizar un gran esfuerzo para dejar cerrada la mandíbula: era realmente hermosa, no debía tener más de veinticinco años.

Caminaba con gracia, casi deslizándose por el brillante suelo del palacio.

La silueta de la mujer se intuía bajo sus ropas que resplandecían verdes como el jade.

Sus rasgos no eran propios de Anatolia, su piel era pálida y sus mejillas rosadas, propias de las gentes de lejanas tierras.

Tenía el cabello rojo como las últimas ascuas entre ceniza que resisten a apagarse tras un incendio y acompañaba su gracia risueña.

Pero sus ojos eran de un verde selvático, como si ocultara algo más en ella que cualquier hombre quisiera desentrañar minuciosamente entre sábanas: Hassan se preguntó si hasta el mismo Gran Sultán sucumbiría ante ella para descubrir todos sus enigmas.

—Haseki Hürrem— dijo el Sultán extrañado — ¿A qué se debe está interrupción?

Haseki Hürrem. Hassan repetía su nombre en su mente, significaba la que trae la alegría.

Pero parecía también traer algo más: control, voluntad y deseo.

Sin duda, aquella mujer de aspecto extranjero debía pertenecer al harén y eso significaba poder: Si el sultán gobernaba el mundo, el harén gobernaba el palacio con mujeres y eunucos cualificados para ello.

Y quien estaba en la posición más alta dentro del harén, era la propia madre del Gran Sultán Solimán, Ayse Hafsa.

La mujer posó sus suaves manos sobre los hombros de Solimán y llevó sus labios al oído para susurrarle. Mientras lo hacía, miraba con sus ojos verdes y seductores a Hassan.

Tras pronunciar unas palabras solo audibles para Solimán, el Gran Sultán sonrió.

—Tienes razón. Debemos darles a nuestros invitados el trato que se merecen tras este largo viaje. Acomodaos, descansad antes de partir de nuevo.

Hassan no sabía quién era aún Hürrem. Pero podía percibir el poder que tenía en el círculo más cercano de Solimán y eso era algo a tener en cuenta.

Al llegar la noche.

El vapor inundaba la sala del baño. El agua caliente relajaba los músculos cansados de Hassan, era un bálsamo para sus cicatrices y el eco que dejaba el agua en las paredes resonaba en su mente aumentando la voz de sus pensamientos.

No podía dejar de pensar en aquella mujer, Hürrem, ni en el secreto que escondían sus ojos, tan inmerso estaba que ignoraba las manos de la esclava que recostada a su lado acariciaba su pecho.

—¿No estáis satisfecho con el presente del Gran Sultán? — preguntó la esclava.

Hassan volvió en sí y miró a la mujer que tenía a su lado, una mujer de cabello azabache y la piel del ébano. Una esclava con la que sin duda se hubiese desfogado sino acudiera a su mente la visión de la mujer del cabello rojo ¿Quién era esa mujer?

—Sabéis. Tenía entendido que Fülane, la esposa del Gran Sultán fue enviada al Palacio de las Lágrimas después de que sus hijos murieran por la epidemia que asoló la capital hace años.

—¿Eso es lo que os intriga? — preguntó la esclava mientras besaba el cuello de Hassan.

—Había escuchado que otra mujer, Mahidevran, había ocupado el lugar de Fülane.

Sé que está nueva mujer le ha dado un heredero, Mustafá.

Por eso me intriga la cercanía que he visto hoy entre el Sultán y una mujer que me pareció sería de su harén.

La esclava se separó unos centímetros para ver la intriga en los ojos de Hassan.

—Os referís a Hürrem..

—Sí.

—No sé si debería hablar.

—Solo quiero saber quién es.

—Su verdadero nombre es Roxelana…

—Roxelana — repitió Hassan con un suspiro.

La esclava respiró profundamente y miró a su alrededor. Bajó el tono de su voz como si las paredes oyesen.

Tal y como relato la esclava, Hassan conoció el origen y la posición de aquella mujer.

Los extranjeros que habían visitado la corte del Gran Sultán la solían llamar por muchos nombres Roxelana o por su rojizo cabello.

Rossa o Alexandra. Todos quedaban cautivados tanto por su belleza como por su elocuencia.

Pero no era una recién llegada. Cuando era niña fue raptada por los 11 tártaros.

De ahí fue pasando de una mano a otra hasta acabar en Estambul.

Llegó al Harén antes de que el mismo Solimán ascendiera como nuevo Sultán, pero su influencia sobre Solimán iba creciendo cada vez más.

—¿Una esclava? — preguntó sorprendido Hassan tras escuchar el relato de la mujer que le acompañaba en el baño — ¿Una esclava es capaz de tanto?

—No es una mujer cualquiera, créeme que no — respondió la mujer de ébano —.

Sería capaz de romper con la centenaria tradición que dice que un sultán no puede casar con una concubina.

Sería capaz de dictar los designios del mundo solo con un susurro y mover ejércitos con la suavidad de sus manos deslizándose sobre la piel del sultán.

—Pero no deja de ser una esclava.

La mujer de ébano se puso a horcajadas sobre Hassan dejando que Marte poco a poco se deslizara en Venus.

Aquello sorprendió a Hassan quien vio su voluntad anulada y huyó al fin de todo pensamiento dejándose llevar por el fuego del momento.

La esclava llevó su lengua al oído de Hassan, mordió suavemente su lóbulo y le susurró:

—Os sorprendería saber de lo que es capaz de hacer una esclava.

Tal vez la mujer tuviese razón desde un marinero a un sultán, todos los hombres estaban hechos de carne y pasiones, todos se doblegarían a su voluntad, comerían de su manzana, incluso el mismísimo sultán, pues, aunque estuviese penado con la muerte decirlo, Solimán no dejaba de ser un hombre más.

Notas

10. ↩ Soldados de infantería en el imperio otomano. Eran soldados de alto rango y bien considerados que se encargaban principalmente de la custodia del sultán. Eran adiestrados desde la niñez y pertenecían al sultán de por vida.

11. ↩ Se trataba de una serie de pueblos de carácter nómada que habitaban Europa Oriental y Siberia.