Carlos V. Trilogía Completa 16. Un camino hacia lo desconocido
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16. Un camino hacia lo desconocido

Un camino hacia lo desconocido

En aquellos días no solo se negociaba la paz, sino también nuevas alianzas afianzadas con matrimonios. Era la colocación de las piezas sobre el tablero antes de iniciar la próxima partida.

Aquella misma soledad acudió de nuevo a ella el día en que se celebró la boda por poderes.

Fue en el palacio real de Almeirim, donde los tapices de oro y seda dignificaban la unión.

Las dos cortes se encontraban así en un ambiente distendido, recorriendo los salones del palacio donde abundaba la copiosa comida.

Los miembros de las dos cortejos rivalizaban mostrando la riqueza en sus ropas, joyas y la caballerosidad en el protocolo.

De nuevo las miradas, las gráciles palabras y los gentiles gestos se dirigieron todos hacia Isabel.

No era para menos: su gracia, su belleza y su gentileza sorprendieron a aquellos que la vieron por primera vez.

Pero Isabel no celebraba como los demás, pues el Rey de Romanos, su nuevo esposo, no había acudido.

Isabel juraba fidelidad ante un extraño que se había presentando en representación de su prometido.

Había llegado el momento de que una nueva reina se encontrase con su nuevo hogar, conocer a sus nuevos súbditos.

Una nueva pieza se desplazaba sobre el tapiz del mundo.

Antes de partir, en las mismas escalinatas del palacio, se despidió con tristeza de sus hermanos pequeños, a los que había cuidado como una madre.

También iba a despedirse de María, hija de Leonor.

Isabel se encorvó para acercar más su rostro al de la pequeña, con la intención de trasmitirle todo su cariño con un fuerte abrazo, pero la pequeña se mantuvo erguida con el ceño marcado e inmóvil.

Al ver la reacción de la pequeña, Isabel desistió

La niña retrocedió y se ocultó tras el resto de sus hermanastros.

Isabel se marchó con el corazón encogido, portando un vestido de un intenso rojo que resaltaba aun más su belleza.

La acompañaba una comitiva encabezada por su hermano el rey Juan.

La nueva reina de las Españas montaba en una engalanada jaca blanca, digna de una emperatriz.

Dos de sus hermanos pequeños, Luis y Fernando también irían a su lado hasta llegar a la frontera entre los dos reinos marcada por la lime natural de un río que transcurría tranquilo entre una espesa flora verde que también se reflejaba en sus aguas calmadas.

Juan, el rey de Portugal se despidió con un abrazo frío y fugaz. Daba la impresión de tener prisa por sellar de una vez por todas aquel acuerdo “comercial” que en un principio había hecho saber que no le había agradado. Más cálido fue el abrazo con sus otros dos hermanos.

Isabel cruzó la frontera, hacia la que iba a ser su nueva vida, su nueva corte, su destino.

Lo hizo tensa porque no sabía que encontraría al final del camino y porque su esposo para ella era aún un desconocido, pero estaba dispuesta a cumplir con su deber tal y como se esperaba de ella desde el mismo día en que llegó al mundo.

Cruzó la frontera junto a sus siervos, pero dejando atrás a todos aquellos junto a los que había crecido.

Incluso le pareció ver qué en el último momento la figura del arisco rey Juan se mantenía cabizbaja sin poder disimular la tristeza que le invadía al ver partir a su hermana: no era para menos, a pesar de la distancia marcada por los años y los acontecimientos, un día fueron niños que crecieron juntos y compartieron juegos.

Marcharse era su deber y todos lo sabían, todos menos María, que de la misma manera que vio partir a su madre Leonor, había visto como se iba Isabel. Tal vez el resentimiento acompañaría a la pequeña toda la vida.

La nueva emperatriz había llegado por fin a tierras castellanas.

Notas

9. ↩ Ciudad del interior de Portugal