Carlos V. Trilogía Completa 15. La premura de un gobernante
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15. La premura de un gobernante

La premura de un gobernante

Hacía medio año ya que el rey Francisco de Francia vivía el cautiverio.

Tras ser recibido por los miembros de la familia de Luján, quienes regentaban la palaciega residencia, Carlos ascendió cada uno de los peldaños de la torre acompañado por su canciller Mercurio de Gattinara.

El canciller miraba con celo a su señor, ya le había advertido que verse cara a cara con el rey francés no sería buena idea.

Fue tras caer enfermo Francisco y atender su ruego que accedió a tener un encuentro personal con él, desatendiendo los consejos de sus consejeros.

—El ánimo del rey Francisco está casi derrotado, no tardará en firmar el tratado de paz, César. Tal vez vuestro encuentro retraiga el curso natural de los acontecimientos.

—Tengo otros asuntos que requieren mi atención, Mercurio, como mi compromiso con Isabel, es una cuestión que no se puede retrasar más y menos por el orgullo de Francisco.

Gattinara no tuvo tiempo para replicar a su señor.

Habían llegado al último peldaño. La puerta estaba abierta, sobre una cama y desprendido de sus ropas y de su dignidad, vestido con una larga túnica blanca, estaba todo lo que quedaba del rey de Francia.

Sus cabellos oscuros estaban sucios, su barba descuidada y su corpulencia menguada.

A pesar de todo, el monarca aguardaba con un mejor aspecto del que Carlos había imaginado cuando le dijeron que había enfermado.

Cuando Francisco vio entrar a Carlos por la puerta de la estancia, no se molestó en incorporarse.

El Rey de Romanos se detuvo un momento para permitirse contemplar al enemigo derrotado, aunque por fuera no lo expresara, por dentro sintió una gran satisfacción.

—Dejadnos solos… tú también, Mercurio. — Carlos se dirigió a sus hombres entre los que estaba el canciller. Todos salieron de la estancia sin poner objeción.

El Rey de Romanos escrutó al rey de Francia que se incorporaba en su cama, Carlos se permitió sentarse a los pies de la cama, Francisco, aunque débil, le devolvía la mirada desafiante.

Así quedaron durante largos segundos convirtiendo aquellas paredes en el reino del silencio hasta que finalmente Francisco habló.

—¿Habéis venido a regodearos Habsburgo? — La voz de Francisco sonaba profunda como un océano en calma que en cualquier momento podría agitarse, trayendo consigo la mayor de las tormentas.

—He venido a poner las cosas en orden. Esta guerra ha durado ya demasiado — respondió el joven rey.

—Me habéis sorprendido Habsburgo, no esperaba tanto de vos. Creía que Dios estaría del lado de un rey que se presenta a las batallas y lucha junto a su ejército. Pero he subestimado vuestra suerte y fortuna. Aún me pregunto qué clase de magia es la que os acompaña

—Tal vez sea la prudencia o la falta de arrogancia las que me han conducido a la victoria — respondió Carlos.

—¿La falta de arrogancia? — Francisco se incorporó con dificultad tras formular su pregunta — ¿Cómo la que estáis mostrando ahora?

Carlos se levantó dispuesto a marchar.

—Aún no estáis preparado para firmar ningún tratado.

Cuando anduvo dos pasos y posó su mano sobre la puerta, escuchó a su espalda la voz de Francisco, haciéndole volver. —¿Qué proponéis?

—Ya lo sabéis —. El Rey de Romanos caminó hacia una silla situada en una de las esquinas de la habitación.

— Devolveréis Borgoña a los Habsburgo; respetareis que Navarra forme parte del imperio y dejaréis de apoyar a aquellos que quieren usurparla.

— Carlos seguía hablando mientras arrastraba la silla hasta colocarla frente a la cama de Francisco —.

Renunciareis a vuestros derechos sobre el Milanesado, Génova, Nápoles, Artois, Tournail y Flandes.

— El emperador se sentó en la silla para finalizar sus demandas —.

Y por supuesto renunciareis de una vez por todas a la corona imperial.

Cuando Carlos dejó de hablar, el rey francés miró detenidamente el rostro de Carlos mientras repasaba mentalmente las demandas que acababa de escuchar.

Busco en su rostro el más mínimo atisbo de duda u nerviosismo, pero lo único que halló en él fue un estanque en calma.

Lejos quedaba aquel muchacho tímido e inseguro que conoció años atrás.

Finalmente Francisco soltó una sonora carcajada que retumbó en las cuatro paredes de la habitación, hasta que fue cortada por una tos seca.

—Debéis estar de broma. — Francisco volvió a reír con fuerza tras recuperarse —.

Esas demandas insultantes ya las ha expresado vuestro canciller.

—Si conocierais a vuestro enemigo sabríais que yo nunca bromeo.

—¿El emperador tiene alguna ocurrencia más? — preguntó Francisco, rey de Francia.

—De hecho sí. — Carlos no borró su semblante serio, sentado y con la espalda erguida en aquella silla frente a su interlocutor —.

A diferencia de vos, yo os conozco bien, sé que pretenderéis la alianza con Inglaterra y eso no lo puedo permitir.

Una de las condiciones de nuestra paz es que caséis con mi hermana Leonor — dijo tajante el emperador mientras Francisco soltaba otra risotada —.

Puesto que os conozco bien permitidme que dude de vuestra palabra.

Sé bien que en cuanto pongáis un solo pie en suelo francés romperéis cualquier acuerdo de paz.

Por ello y como garantía, vuestros dos hijos mayores residirán en mi corte como prenda.

Os garantizo que serán tratados como miembros de mi propia familia mientras cumpláis con vuestra palabra.

—Oídme bien Habsburgo. —Francisco se inclinó hacia Carlos dejando ver su gran envergadura y le miró directamente a los ojos, con una fiereza y una rabia apresada en su interior, pero mostrándola con destellos en el brillo de su mirada.

Parecía que el rey francés había recuperado su salud de golpe, alimentada tal vez por el odio que le tenía a su rival —.

Jamás firmaré un acuerdo tan humillante.

—No esperaba otra respuesta de vos. — Carlos se levantó de la silla —.

No o preocupéis, tenéis toda la vida para reflexionar sobre ello.

Entre estas cuatro paredes. No os preocupéis porque os trataré como el rey que sois, no os faltará alimento.

Pero no olvidéis quién sois, porque parece que lo habéis olvidado.

—Soy Francisco I de Valois, rey de Francia — respondió el monarca francés con una rabia contenida.

—Y ante todo sois rey por la gracia de Dios .

Representante de la cristiandad. Y Mientras estamos aquí discutiendo, la herejía de Lutero se extiende por nuestros reinos y el Sultán pagano cada día se hace más fuerte.

Recordad lo que jurasteis proteger. Recordad quién sois.

Si queréis volver a ser un rey cristiano estas son las condiciones, ni una más…

ni una menos. No me miréis así, no estáis en condiciones de negociar nada.

Si queréis marchar aceptaréis cada una de mis exigencias.

—Con esas palabras el emperador se marchó, dejando a Francisco solo con su amargura y su consciencia rebatiendo a su orgullo.

Cuando Carlos salió del edificio, encontró en el exterior a su canciller Gattinara recibiendo a un jinete con las ropas polvorientas, que le acababa de entregar una carta.

El canciller ordenaba a unos pocos hombres que dieran alimento a jinete y bestia mientras sostenía el documento en su mano.

Carlos se acercó a su canciller para interesarse.

—¿Habéis conseguido lo que veníais a buscar? — preguntó Gattinara con indiscreción.

—Aún no lo sé — respondió Carlos clavando sus ojos en la carta sellada.

Gattinara extendió su mano y se lo mostró a su señor.

—Es para vos, mi señor. Lleva impreso el sello de vuestra tía, la archiduquesa Margarita.

—Gracias. Carlos tomó la carta sellada y rompió el sello para leer las palabras de Margarita. Una mujer a quien con el tiempo apreció como a una madre.

Los ojos del Rey de Romanos se pasearon por cada una de las líneas que su tía había escrito de su puño y letra.

Lo hizo una vez y lo hizo una segunda. Gattinara quien se mantuvo junto a Carlos expectante, pudo apreciar como la mirada de Carlos se trasformaban, no dejando en sus ojos ningún atisbo de alegría.

Su mirada se empañaba con lágrimas que Carlos trataba de mantener ocultas.

Finalmente Carlos cerró el puño en torno al documento con rabia. Como si las noticias que acabase de recibir quedasen atrapadas en el papel sin que lograsen tener trascendencia en el mundo real.

—¿Cé… césar?

—Efectivamente era una carta de mi tía la archiduquesa — respondió Carlos tratando de conservar la calma —.

Me había escrito en anteriores ocasiones sobre esta cuestión.

Mi hermana Isabel y su marido el rey Christian habían acudido a mi tía para buscar refugio en 8 Malinas.

Isabel ha muerto sea por la enfermedad o la tristeza.

— Carlos tragó saliva —. Isabel ha muerto en el exilio por culpa del rey Christian, a quien le usurparon el trono de Dinamarca por abrazar la herejía de Lutero.

—Lo siento César — respondió el canciller.

—No tenemos tiempo para sentirlo. No tenemos tiempo para lamentarlo.

Christian no es el único que ha sucumbido a la herejía de ese monje.

Cada vez más nobles y caballeros, en toda Alemania…

en toda Europa, están comulgando con las enseñanzas de esa falsa religión.

No… no tenemos tiempo para lamentarnos. Nos queda aún tanto por hacer…

Quizás ahora entiendas porque no puedo esperar más la rendición de Francisco.

Gattinara suspiró. Miró a su señor, joven e incansable.

Por vez primera se dio cuenta de la pasión que movía al Rey de Romanos: no eran los placeres mundanos, era algo más.

Era el deber lo que movía el espíritu de Carlos.

Por primera vez sintió orgullo, su señor ya no era un niño.

Estar quieto sin avanzar le irritaba enormemente.

Su señor quería seguir caminando, traspasar el umbral del nuevo mundo sin importarle el precio a pagar.

Notas

8. ↩ Palacio de Margarita de Austria, tía de Carlos. En “El Umbral de un Nuevo Mundo” se entra en más detalle sobre dicho palacio donde Carlos y sus hermanas fueron acogidos y pasaron su infancia.