Carlos V. Trilogía Completa 14. La cosecha que nos concede Dios
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14. La cosecha que nos concede Dios

La cosecha que nos concede Dios

Tenía un momento de paz. Parecía que el invierno en el mundo se había quedado atrás junto con la guerra. Los días empezaban a ser más largos y la fortuna le sonreía. Dios estaba de su lado.

Se perdió en sus pensamientos mientras recorría los jardines junto a dos hombres que le escoltaban; anduvo hasta encontrar a Leonor quien atrapaba la melancolía en su mirada.

Carlos estaba feliz por tenerla de nuevo a su lado, pero ella no podía disimular su tristeza.

A penas habían intercambiado palabras desde su llegada; ultimar la guerra le había tenido ocupado y los silencios o las respuestas monosilábicas de Leonor no invitaban tampoco a entablar largas conversaciones.

El emperador se mantuvo callado esperando que sus hombres le dejaran solo con su hermana. Cuando se hubieron alejado lo suficiente, Carlos besó la mano de su hermana y empezó a caminar junto a ella viendo florecer los primeros brotes de la primavera.

—¿Cómo estás Leonor? —Bien majestad — respondió la reina viuda de Portugal forzando una sonrisa.

El emperador atisbó enseguida la amargura en Leonor, bajo una grácil máscara.

—Eres sangre de mi sangre Leonor. Conmigo no debes disimular, y menos en estos pocos momentos íntimos que tenemos como hermanos.

Al escuchar aquellas palabras a Leonor se le cayó el manto de falsa alegría con el que se había envuelto y mostró la realidad en ella.

—La echo de menos Carlos… echo de menos a María.

— Leonor acentuó un triángulo de tristeza en la frente al mencionar a la pequeña hija que había dejado en Portugal —.

Necesito escuchar su voz, arroparla.. Sé bien que no estoy en posición de pedir, pero tal vez si finalmente te casas con Isabel, eso me acerque más a ella.

—Ahora que la guerra ha acabado me casaré con Isabel.

—La tristeza se difuminó en Leonor. Las palabras de su hermano fueron una ola que barría una orilla llena de pesar —.

Pero tengo que… pedirte. — El emperador no quiso utilizar la palabra “ordenar” con su hermana — .

Tengo que pedirte un sacrificio por el futuro de nuestra familia y por los intereses de la corona de tu rey.

— Leonor se puso tensa y guardó silencio para escuchar a su hermano —.

En ciertas ocasiones las guerras no solo las libramos los hombres sino también las mujeres con las alianzas que garantizan una paz duradera .

Tal vez la paz y la unión de la cristiandad hagan que algún día te reúnas con María, pero no ahora.

La breve alegría se esfumó.

—Vos diréis.— Leonor adoptó un lenguaje más formal con el emperador.

—Te casarás con Francisco — dijo de manera tajante el emperador.

Las órdenes de Carlos resquebrajaron el ánimo de Leonor. Aquella decisión le alejaba aún más de su pequeña hija María.

—Pero… habíais acordado mi boda con el duque de Borbón.

—Encontraré la manera de compensar al duque — respondió Carlos — ¿Acaso no es mejor ser reina que duquesa?

—Si esa… — La voz de Leonor sonaba temblorosa —…

si esa es la voluntad del emperador, cumpliré con mi deber.

—No es mi voluntad. Pero es mi deber encomendarte este mandato.

Catalina en Portugal y tú en Francia me serviréis mejor que el más feroz de los ejércitos que pueda colocar en las fronteras de Aragón y Castilla.

— Carlos agarró las manos de su hermana, sosteniéndola y sintiendo la piel fría, supo entonces que la sangre en sus venas se había helado —.

No es de mi agrado entregarte a Francisco.

Él es mi enemigo ahora, pero aún así sigue siendo un rey.

Tú no mereces menos que un rey. De todas formas, casarás y por el momento te quedarás aquí en Castilla hasta que me garantice la paz.

Primero le arrebató al amor de su vida y ahora la alejaba de su hija. Quería a su hermano, pero sentía que su obediencia no tenía recompensa. La hermana tragó saliva y le preguntó a su hermano:

—¿Me prometes que volverás a reunirme con mi hija?

—Te lo prometo — respondió Carlos con una seguridad inquebrantable.

Leonor no dijo nada más, asintió consciente de que la palabra de su hermano era ley. Por mucho que le hiciera ver a Carlos, su deseo de no alejarse de la corte, no había nada más que hacer, no había nada más que decir.

Torre de los Lujanes. Castilla. En ese mismo momento.

Mercurio de Gattinara, canciller del imperio, ascendió cada uno de los peldaños de la torre donde Francisco estaba recluido.

No era su primera visita, ni tampoco la primera vez que lo veía, por eso no le sorprendió el inquebrantable orgullo del enemigo de su señor.

Aquella prisión sin duda era digna de un rey, donde el ocre y e blanco componían el espacio y la luz iluminaba todas las estancias.

Una de las cámaras estaba custodiada por dos hombres de armas que al ver acercarse al canciller dieron un paso a un lado y se irguieron aun más.

Con un leve saludo hacia los guardias, el canciller traspasó el umbral para encontrarse ahí mismo a Francisco, uno de los hombres le acompañó al interior apeándose en la puerta y siendo testigo del encuentro.

Francisco ignoró la presencia del canciller mientras movía grácilmente una pluma sobre una hoja, sentado en un escritorio.

Tras mantenerse de pie a unos pocos metros del monarca francés, sin alzar la cabeza Francisco señaló.

—Hoy el anfitrión tampoco se digna en visitar a su huésped.

—Os equivocáis majestad — Gattinara dibujo una sonrisa cínica en sus labios —. No sois su huésped, sois su prisionero.

—Y precisamente eso convierte al Habsburgo en un carcelero.

—Firmad las condiciones de paz —respondió Gattinara —.

Sois un rey cristiano y nuestro verdadero enemigo está más allá de las fronteras imperiales.

El poder del turco sigue creciendo mientras los reyes cristianos batallan entre ellos, por no hablar de la herejía de Lutero que se extiende en todos nuestros reinos.

—¡Ese tratado de paz es abusivo!. — Francisco dejó de escribir y agitó las manos conteniendo su frustración —. Me pedís renunciar al Milanesado, Génova, Borgoña, Nápoles, Artois, Tounais y Flandes.

—Y que dejéis de apoyar a Enrique de Albret en su pretensión sobre el trono de Navarra — puntualizó Gattinara.

Francisco se levantó mostrando toda su envergadura, el guardia apeado en la puerta dio un paso al frente tembloroso, la mera corpulencia de Francisco ya era una amenaza.

Gattinara alzó la mano seguro, para tranquilizar al guardia que le custodiaba.

—¡Además pedís que entregue aquí a mis dos hijos mayores como rehenes y que me case con la hermana del maldito Habsburgo que no se digna en venir a verme ¿Con quién creéis que estáis tratando?

— Francisco recuperó la compostura y con ella la arrogancia intrínseca a su personalidad —.

Sé que Enrique de Albret fue hecho prisionero y que consiguió fugarse de su prisión ¿Acaso creéis que yo no cuento con los medios y recursos para hacer lo mismo?

Cuanto más me retengáis aquí, más posibilidades tendré de escapar y no tendréis nada.

Así que decidle al Habsburgo que me traiga un tratado más justo y lo firmaré.

Gattinara se mantuvo frente al rey de Francia que le sacaba tres cabezas en altura. Era como ver a un hombre desafiando a una montaña antes de alcanzar la cima.

—Sois el rey de Francia y centraremos toda nuestra atención en vos. En que recibáis todas las comodidades pertinentes hasta que firméis el tratado de paz. Si no lo firmáis vos, contaremos con la desesperación de vuestra madre.

Francisco trató de disimular su derrota con una sonrisa. Se volvió dando la espalda al canciller y se dejó caer con todo su peso sobre la silla frente al escritorio.

—Se nota bien que no conocéis a mí madre. Mi madre me dejaría aquí, hasta mi ultimo aliento antes de firmar está deshonra. Y eso es lo que espera ella que yo haga. Moriré antes de entregárselo todo al maldito Habsburgo.