13. Un instante para la calma #2
—Ha sido en Pavía emperador. La guerra se ha ganado en Pavía. Francisco ha sido hecho preso y su ejército ha quedado aniquilado.
—¿Son ciertas las noticias? — preguntó Carlos tratando de contener su entusiasmo.
—Son palabra escritas y firmadas por vuestro virrey en Nápoles, Carlos de Lannoy.
— Gattinara le entregó una carta a su señor —.
Lannoy también habla de una conjura que se estaba gestando por parte de los Sforza para haceros perder Lombardía y Nápoles.
Fernando de Dávalos, marqués de Pescara, es quien ha descubierto la conjura.
Carlos leyó la carta escrita por el virrey de Nápoles, en ella se relataban los sucesos acontecidos en la batalla y la forma en la que Francisco fue capturado.
Carlos arqueó las cejas: la infantería había vencido contra todo pronóstico a la caballería pesada francesa.
Lo ocurrido sin duda no debía haber sido gracias a la providencia de Dios, sino también a esos hombres que prestaron batalla venciendo contra todo pronóstico.
Esa era una cuestión que se debía tener en cuenta.
No solo había ganado en Pavía, sino que también había tomado como rehén al mismísimo Francisco I, rey de Francia, después de todos los agravios que aquel monatca había procurado contra su persona, por fin lo tenía a su merced.
—¿Dónde está? — dijo el emperador sin mostrar una excesiva efusividad por la victoria, sabiendo bien que las guerras no se ganaban hasta la plasmación de una firma en un tratado de paz.
—Lo traen de camino majestad. Será mantenido cautivo en la torre de los Lujanes, cerca de vuestra majestad para que así podáis disponer de él como más os plazca. —En cuanto llegue quiero que se me de aviso. Hablaré con él, cara a cara.
—No creo que sea buena idea que tratéis con nuestro “huésped” en persona.
— Gattinara se tomó un momento para carraspear —.
Pienso que sería más honorable trasladar los términos del tratado de paz a la reina madre de Francia, Luisa de Saboya que al propio Francisco.
Al fin y al cabo, Francisco no es más que un prisionero desesperado y Luisa una mujer libre.
—Tal vez Luisa de Saboya también sea una madre despertada — puntualizó Carlos.
—Es una mujer astuta. Sabe sacar provecho de la victoria, pero también de la derrota. La cuestión es si nosotros seremos capaces de recoger los grandes frutos de nuestra victoria.
—Sin duda estamos en una situación ventajosa — dijo Carlos.
Gattinara se acercó al altar y miró el retablo de madera que lo presidía. Se sentó a aplomo sobre una silla que tenía cercana y reflexionó en voz alta: —Dios suele darnos una buena cosecha una vez en la vida. Esta es la vuestra. De vos depende si la recogéis bien y lo que hagáis con ella.
Carlos asintió y se dispuso a despedir al canciller. Quería estar solo y reconfortarse sobre la victoria, pero Gattinara alzó el brazo, pidiendo la palabra una vez más.
—Hay una cuestión que no deberíamos prolongar más majestad.
En los próximos días recibiréis a los embajadores para mostraros sus respetos y felicitaros por la victoria : tanto aliados como a los que hasta hace poco eran nuestros enemigos — señaló Gattinara —.
Entre ellos tendremos a los ingleses, seguramente quieran saber si seguís manteniendo vuestro compromiso con la princesa Tudor.
Además, ahora que parece que la guerra llega a su fin, podemos dar prioridad a esta cuestión.
Como bien sabéis la larga guerra ha vaciado las arcas; hemos tenido suerte de que los hombres no se amotinasen en el sitio de Pavía tras no cobrar su salario.
Por suerte los generales se hicieron cargo del asunto empeñando sus propias fortunas.
— El canciller suspiró —. La falta de liquidez y el hambre también pueden ser poderosas enemigas
El emperador arrastró sus ojos en el suelo de la capilla, reflexivo.
—Ya conocéis mi respuesta al respecto de María Tudor y cuanto más habló con mi hermana, más convencido estoy de mi decisión — respondió Carlos con rotundidad —.
Leonor me ha hablado muy bien de la princesa portuguesa, mi deseo es casar con ella.
—Ya sabéis que rechazar a la Tudor comprometería nuestra alianza con Inglaterra.
Carlos llevó su mirada al canciller.
—Ahora que Francisco ha enviudado tras la muerte de su esposa la reina Claudia, estamos ante una situación compleja.
Mi compromiso con Isabel podría ser aprovechado por Francisco para negociar su matrimonio con la niña Tudor.
Sé bien que el rey Enrique no tiene reparos en tomar parte de uno u otro bando; como bien me dijisteis en una ocasión, Inglaterra no tiene amigos, tiene intereses.
La unión entre Inglaterra y Francia podría causarnos ciertos problemas.
Por eso he pensado ya en algo. He encontrado una solución conveniente que pondrá fin a cualquier giro inesperado de los acontecimientos.
Cuando Carlos le contó su plan al canciller este frunció el ceño preocupado.
—¿Os puedo hablar con franqueza emperador? —Sabéis que siempre podéis.
El canciller pensó un segundo para elegir las palabras adecuadas con las que dirigirse a Carlos.
—Pienso que vais a errar majestad. Puesto que no tenéis hijos, ella es vuestra heredera por el momento. Se la vais a entregar a vuestro enemigo. Si os pasase algo, Dios no lo quiera, Francisco tomaría todo vuestro imperio ¿Eso es lo que deseáis?
Carlos de nuevo posó sus ojos en el retablo tallado en madera.
—Dios decidirá. Lo dejaré todo a su voluntad. — Clavó sus ojos de nuevo en su canciller —. Y si no obtengo ni el favor divino ni el de la fortuna … mis ejércitos lucharán.