13. Un instante para la calma
Un instante para la calma
Alfonso de Dávalos era consciente de que La salud de su primo Fernando se había deteriorado con el paso de los días.
Su tos era cada vez más persistente y su piel más pálida.
A pesar de ello, el marqués de Pescara, trataba de mostrarse fuerte, incluso cuando las fiebres acudían a él.
Alfonso lo acompañaba día y noche, por cuidado, por respeto y por admiración, ni siquiera se separaba de él en las reuniones que su primo mantenía con el resto de generales en la tienda más grande del campamento.
Ahí solían encontrarse; Carlos de Borbón, Carlos de Lannoy, virrey de Nápoles y el gobernador de Pavía, Antonio de Leyva.
En la reunión también se encontraba el Gran Canciller de Milán Girolamo Morone.
Un hombre de aspecto simple pero mirada altiva.
—A Francisco de Vallois hay que enviarlo a Castilla como prisionero — dijo Lannoy al tiempo que Borbón asentía.
—El viaje le dará muchas oportunidades para escapar a esa sanguijuela. El rey francés debe ser llevado a Nápoles — advirtió el marqués de Pescara. —El emperador Carlos lo querrá cerca para disponer de él.
—El emperador no está aquí para evaluar los riesgos — respondió aireado Fernando de Dávalos, sorprendiendo a su propio primo que jamás lo había visto tan encendido.
—¿Qué es lo que irrita al marqués de Pescara? ¿Es que solo queréis la gloria para vos? — preguntó desconcertado Lannoy.
—¿Qué estáis insinuando? — Fernando de Dávalos encaró a Lannoy, desafiándolo con los ojos encendidos.
El cruce de miradas entre los dos comandantes duró hasta que la tos incontrolable acudió a Fernando de Dávalos. Mientras trataba de cubrir su boca, Alfonso acudió a su auxilio.
—Deberías llevaros a vuestro primo de aquí — sugirió Carlos de Borbón —. Necesita descanso.
Sin responder, Alfonso aceptó la recomendación y se apresuró a conducir a su primo mayor al exterior de la tienda.
No se había dado cuenta que Girolamo de Monrone salió con ellos con la excusa de auxiliar al marqués de Pescara .
En el exterior, Fernando de Dávalos se reincorporó.
No quería mostrar debilidad ante sus hombres, se separó unos pasos de su sobrino y anduvo por su propio pie:
—Son unos engreídos — mascullaba.
Girolamo de Monrone quien había escuchado todas las maldiciones que había procesado el marqués de Pescara de camino a su tienda lo alcanzó.
—No os valoran marqués. Como a muchos otros. Tampoco el emperador valorará vuestra aportación a la gran victoria de Pavía. Tiene en más alta estima a recién llegados como Carlos de Borbón, quien se vanagloria de que el emperador le va a entregar en matrimonio a su propia hermana.
Fernando de Dávalos se detuvo y escrutó con la mirada a Monrone para tratar de adivinar sus intenciones. No tardó en darse cuenta de que aquel hombre hablaba susurrante, mirando a un lado a otro, como si ocultase algo. Lo veía en sus ojos y sus gestos.
—Tenéis razón — el marqués de Pescara adquirió el mismo tono de voz que Monrone, aquel con el que se urden la traiciones —.
Que quede entre nosotros. No sé si estoy sirviendo al rey correcto.
Aquella confesión cogió de improvisto al primo menor, pero Alfonso guardó silencio, quería comprobar hasta donde llegaba dicha conversación.
—¿Estáis seguro de lo que decís? Vuestras palabras podrían ser consideradas como traición — respondió Monrone.
—Bueno — Pescara volvió a mirar a un lado a otro para comprobar que en el campamento los miles de hombres que allí se encontraban, eran ajenos a sus palabras —. Soy un hombre razonable y abierto a escuchar nuevas propuestas.
—Acompañadme. Podemos seguir con esta conversación en un lugar más discreto… pero solo vos. — Monrone miró con sus altivos ojos a Alfonso de Dávalos —. Cuatro oídos son demasiados.
—Solo confiaría mi vida a tres personas en el mundo, — Pescara envolvió con su brazo los hombros de Fernando —, mi esposa Vittoria y mi primo y yo mismo. Sus oídos son mis oídos y su boca es la mía.
Monrone quedó pensativo durante unos instantes, finalmente asintió conforme y condujo a los dos primos a un lugar apartado, concretamente a la tienda donde el prisionero más del campamento, aguardaba, custodiado por dos soldados: el mismísimo rey Francisco de Francia.
Cuando los primos de Dávalos entraron a la tienda, vieron como el monarca, encadenado, les observaba desde la penumbra, con los mechones de sus cabellos negros cayendo sobre su rostro.
Lejos de mostrarse derrotado, su sonrisa maliciosa parecía augurar una victoria.
Francisco se dirigió directamente a Monrone después de que este despachase a los dos soldados que custodiaban al rey.
—¿Son de confianza?
El canciller de Milán asintió, entonces Francisco se dirigió directamente a Fernando de Dávalos.
—Marqués de Pescara.. me congratula ver qué acudís a mí, vuestras hazañas os preceden y os habéis forjado un nombre a base de ellas.
Pero tal y como me ha ido contando estos días el canciller de Milán, no os sentís valorado, ni por vuestro rey Habsburgo, ni por los otros comandantes del ejercito, especialmente por Lannoy.
Os considero alguien razonable y es por ello por lo que confío en vuestro criterio.
Fernando de Dávalos se inclinó hacia el prisionero: —En que os puedo ayudar… majestad.
—¿Preguntaos en que os puedo ayudar yo? ¿Qué deseáis? Está claro que complacer a un noble como vos nacido en Italia no está en la escala de prioridades del Habsburgo. En cambio yo os puedo dar más de lo que podáis imaginar ¿Qué os parecería ser rey de toda Nápoles.
El marqués de Pescara arqueó las cejas ante el ofrecimiento y miró a Alfonso quien clavó sus ojos en el suelo avergonzado, pues no parecía reconocer a su primo, a quien tenía en alta estima, como uno de los hombres más honorables de toda la cristiandad.
—¿Qué tendría que hacer? — preguntó el marqués de Pescara.
—Sé que contáis con miles de hombres fieles. Dirigíos a Nápoles y tomadla.
—Nada evitará que Lanoy vuelva al sur a reconquistar Nápoles — respondió Fernando de Dávalos pensativo.
— Lanoy estará ocupado aquí — indicó Francisco con seguridad _.
Esta alianza será poderosa, creedme, los Sforza comparten nuestros mismos intereses: traicionarán al Habsburgo en Milán.
Una vez colocadas todas las piezas, realizaremos un ataque simultáneo desde el norte y el sur y mientras todo eso ocurre he garantizado que el Papa desde Roma mire hacia otro lado.
—Entiendo.
Fernando de Dávalos se llevó su mano al mentón, pensativo. Francisco sonreía, veía un nuevo aliado al que había convencido. Alfonso de Dávalos en cambio, no daba crédito. Su primo parecía tentado en quebrantar su honor.
—¿Qué me decís? — preguntó insistente el rey de Francia.
—¿Qué os digo?
El marqués de Pescara desenvainó su espada para ponerla en el cuello del rey, sorprendiendo al canciller de Milán y dibujando una sonrisa en Alfonso de Dávalos. Antes de que el canciller pudiera huir de la tienda, Alfonso colocó el acero de su sobre su pecho:.
—¡Ni un paso más!
—¿Qué que os digo? Os digo que por cada una de las canas de mi barba que bien me he ganado sobreviviendo a infinidad de batallas y por la inquebrantable fidelidad a mi señor, Carlos de Habsburgo, jamás mancillaré mi honor y menos por una salamandra como vos.
Solo un ingenuo pensaría eso ¡Guardias! — gritó Pescara, provocando que dos soldados en la tienda acudieran a su llamada — ¡Apresad al traidor de Monrone y haced llamar a Lannoy!
Alfonso de Dávalos miraba con orgullo a su primo.
Su honor era más grande que cualquier corona que pudieran ofrecerle.
De nuevo la tos insistente acudía a Fernando y a pesar de que a momentos pareciese moribundo, Alfonso lo contemplaba como el hombre más grande que jamás hubiese conocido, más grande incluso que cualquier rey o emperador. Alfonso quería ser como Fernando.
Real Alcázar de Madrid. 10 de marzo de 1525.
En su capilla privada un joven rey, rezaba de rodillas entregándose a Dios.
Una de las ventajas de acudir a aquel lugar, era el silencio: Carlos no solamente acudía ahí dos veces al día por devoción , sino también porque era el lugar idóneo para encontrarse a solas con sus pensamientos.
Ahí, frente a un retablo de la virgen entronizando a su hijo, tallado en madera y con la única luz de las velas.
Carlos abrió los ojos al escuchar unos pasos que se acercaban a su espalda.
Debía ser una cuestión importante para ser interrumpido en su momento de reflexión.
Volvió a cerrar los ojos, pues aquella forma de andar de su canciller la conocía bien; no era la primera vez que le interrumpía en sus oraciones, siempre trayendo noticias, buenas o malas, pero siempre portador de las últimas novedades en la paz y en la guerra.
—César — reclamó el canciller.
Carlos se alzó y se volvió para ver a contraluz la figura de su canciller, Mercurio Arborio de Gattinara.
A pesar de haber alcanzado los sesenta años, el canciller se mostraba enérgico y trasmitía su fuerza en sus facciones rudas.
Como era costumbre en él, aquel día vestida de negro.
Los mechones blancos de su cabello que delataban los años de aquel hombre se dejaban caer bajo su gorra.
—Emperador — repitió el canciller ya frente a Carlos —.
Como bien sabéis, los hombres son los que libran las batallas, pero es Dios quien decide la victoria.
— El canciller Gattinara no esperó a que Carlos respondiera, ya que sabía que el soberano era parco en palabras —.
Le puedo bien decir que Dios os ha bendecido porque lo impensable ha ocurrido.
Carlos se volvió hacia el crucifijo que coronaba el altar y fijó sus ojos en él. Con serenidad por fin se pronunció.
—Explicaos.
El canciller conteniendo el fervor que no podía disimular su timbre de su voz, empezó a hablar.