Carlos V. Trilogía Completa 12. Valeroso y orgulloso #2
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12. Valeroso y orgulloso #2

—¡Miraos… mirad al hombre que tenéis al lado, hambriento, desesperado, enfermo!

¡Eso es lo que ven ahora nuestros enemigos ahí fuera!

nos ven derrotados, nos ven rendidos, pero cuando salgamos ahí fuera dejándonos en el campo de batalla las pocas fuerzas que nos quedan y los enfrentaremos…

¡Creerán que Dios ha abierto las puertas del cielo para descargar sus legiones sobre ellos!

—¡Sí!

—¡Sí!

Algunos hombres se contagian con las palabras de Leyva. Empiezan a creer. El hormigueo en el cuerpo, que antecede a las grandes gestas, se apodera de ellos.

— Si salimos ahí fuera, os prometo que la próxima vez que vean a estos zarrapastrosos les temblarán las piernas, correrá la voz sobre nuestro coraje y aunque nos vuelvan a encontrar cansados, sedientos y famélicos, a ojos de aliados y enemigos los de Pavía seremos gigantes.

¡Si salís ahí fuera os prometo honor y honra!

—¡Por la honra y el honor! — grita un joven dando un paso al frente.

—¡Por el honor y la honra! — ensalzan más voces convencidas.

—¡Por honra y honor! — exclama el veterano que en un principio había dudado.

Seis mil voces se elevarán desde sus gargantas hasta rasgar el cielo — una invocación a la valentía — atraviesan los muros de la ciudad y llegan al campo de batalla.

Hay un momento en que tanto imperiales como franceses detienen la guerra para entender que está aconteciendo ahí, tras los muros de Pavía.

El propio rey Francisco es testigo de cómo las puertas de la ciudad se abren lanzando a los sitiados quienes portan espadas, lanzas, arcabuces, la rabia y el deber con ellos.

Poseídos los de Pavía se arrojan contra el ejército francés sin temor, esquivando a la muerte, atravesando hierro y fuego.

—¡Proteged al rey! ¡Proteged al rey! — escucha Francisco a sus hombres gritar.

Francisco ve como hasta el último de sus hombres se arremolina a su alrededor.

Siguen luchando. Tratan de controlar a las bestias que montan y que con el pánico reflejado en sus ojos y con la respiración ronca y agitada, hacen ver que quieren huir de la batalla y de los demonios venidos de la ciudad.

Cocean cuando las picas que se clavan en sus vientres y mientras sienten el l fuego de los cañones que no cesa desde la arbolada.

Han sido emboscados por los imperiales y no hay escapatoria.

Los hombres que protegen al rey no están hechos de hierro, sino de huesos, cartílagos y vísceras.

Poco poden hacer ante la tormenta de espadas, pólvora y picas que se cierne sobre ellos.

A medida que el número de los combatientes de su ejército se reduce, el rey ve más clara la estrategia de los imperiales: cientos de 7 arcabuceros se han apostado entre los árboles esperando el momento preciso para entrar en acción y ese momento llegó con la carga de caballería encabezada por el mismo rey.

A ese ataque sorpresivo no tardan en unirse los sitiados envalentados y los lansquenetes a los que Francisco ha subestimado, con las picas en alto convertidas en una trampa mortal para los asustados caballos.

Los franceses siguen cayendo y Francisco ya no se ve ganador.

Tiene claro que volverá sobre sus pasos con los restos de su ejército, se repondrá y aprenderá la lección para no cometer los mismos errores; se ha precipitado, debería haber escuchado.

Aún es fuerte y en el mar tiene a un aliado tan poderoso como es Andrea Doria.

Pero para consumar su revancha primero debe huir de ahí. No sé dejará vencer una segunda vez.

El estruendo de los cañones le disipa de todo pensamiento.

Debe ser su artillería, la que tanto le ha servido para sitiar la ciudad, no puede ser la imperial, está demasiado alejada ¿Pero como puede ser?

Las bolas de cañón caen sobre la infantería francesa, mermando aún más sus líneas.

El rey francés se da cuenta, han descuidado la retaguardia y los imperiales han tomado sus piezas de artillería.

La tierra se levanta con cada impacto, engullendo a los franceses que atraviesan el paso de la destrucción.

Francisco de Valois no quiere creerlo. Lo que ven sus ojos no es más que un hechizo que viene a martirizarle en sus sueños.

Quiere creer que está en su cama, con los ojos aún por abrir y que al despertar la guerra aún está por ganar.

Pero no es así. Su pulso acelerado, el sudor frío que recorre su frente y el dolor de su cuerpo magullado le dicen que no está sonando; el olor a fuego y muerte, el olor a guerra, apelan a su razón para decirle que sus visiones son reales.

Tiene que huir.

Espolea su montura.

Sin ejército, un rey atraviesa los campos de muerte, sorteando los cuerpos que alfombran la campiña que un día fue verde.

Pero de súbito todo se para, una afilada pica en el camino encuentra el vientre del animal, desgarrando su carne y desparramando sus entrañas en el suelo.

Bestia y rey caen y la pierna de Francisco queda atrapada bajo el animal agonizante.

Francisco se duele, pero más sufre por escuchar la agonía se su caballo que trata de ponerse en pie en una lucha por su vida que ya está perdida.

Relincha y cocea débilmente al tiempo que tres imperiales se acercan entre carcajadas.

Por el orgullo herido o por la desazón de ver el estado moribundo de su caballo, las lágrimas asoman en los ojos de Francisco.

Y estalla con un llanto de rabia al sentir como la hoja de una espada se hunde en el cuello de la bestia regia, dejando así de relinchar y de moverse y dejando caer más su peso sobre la pierna de Francisco.

—Hemos pescado a uno gordo — comenta uno de los imperiales entre carcajadas.

—¿Otro noble? Matémosle, tenemos prisioneros de sobra.

—No tenemos prisioneros como este. Este es el rey.

—¿Estás bromeando?

Francisco exhala rabia. Trata de liberarse para hacer frente a esos tres hombres de baja cuna. Solo si le dieran muerte reconocería su derrota.

—Parece que el reyezuelo aún quiere luchar — indica uno con una sonora carcajada que es seguida por sus compañeros.

Lo último que ve Francisco ese día, es la suela de un zapato golpeando su rostro, apagando su mundo y quedando al resguardo de la oscuridad que le esconde de la vergüenza.

Notas

6. ↩ Soldados de infantería que en su origen eran los portadores de las picas de los caballeros. Podían ir armados también con una espada corta o un arcabuz

7. ↩ Soldados de infantería armados con un arcabuz; arma antecesora del mosquete que podía tener una alcance de unos cincuenta metros y era capaz de perforar armaduras .