Carlos V. Trilogía Completa 12. Valeroso y orgulloso
40%

12. Valeroso y orgulloso

Valeroso y orgulloso

Entre los imperiales se encontraba el Capitán General, Fernando de Dávalos, marqués de Pescara junto a su joven primo Alfonso, unos diez años menor que él.

Los dos compartían los mismos rasgos: pelo corto figura delgada y prominente barba.

El más joven de cabellos oscuros y el mayor de cabellos rojizos.

Alfonso admiraba a su afamado primo, veterano ya en diferentes campañas y quien se había ganado su prestigio como general a base de coraje y virtud.

La sombra de Fernando seguía siendo muy alargada.

—¿Por qué luchamos? — preguntó espontáneamente Fernando a su joven primo mientras recogía los últimos pertrechos antes de la ofensiva.

—Por… por gloria y honor… — respondió un dubitativo Alfonso.

—No. Eso es lo que diría cualquier hombre. Todos tenemos una razón por la que luchar. Yo lo hago por Vittoria

Vittoria Colonna era la esposa del marqués de Pescara desde hacía algo más de quince años.

No habían tenido hijos, pero el amor que se procesaban el uno al otro, había sido pocas veces visto por Alfonso.

Vittoria era hija de Frabrizzio y su familia era una de las más importantes de Roma.

Además, su virtud como poetisa, había puesto a Fernando en contacto con grandes artistas del renacimiento como Miguel Ángel, con quien el marqués de Pescara entabló amistad.

—Lucho por vivir y encontrarme con Vittoria en Milán, tal y como le prometí.— Tras esas palabras, la tos persistente que había acompañado en los últimos meses a Fernando acudió a él. Se tapó la boca y al retirar su guante comprobó que lo había manchado de sangre.

Retaguardia del ejército Francés

Antes de que los primeros rayos de sol espantasen con su luz las tinieblas de la noche, los imperiales decidieron atacar con el objetivo de destruir la artillería francesa con una acción sorpresiva.

Fallaron. Francisco estaba pletórico, el enemigo había dado un paso en falso y se entregaba a la derrota.

Estaba convencido de que aquel día era propicio para su cita con el destino.

En el interior de su tienda, Francisco escuchaba la fanfarria de miles de hombres.

Se veía satisfecho, se veía ganador. Muchos nobles que le habían acompañado en la campaña le observaban sosteniendo una copa de vino de la que bebía para encender su coraje mientras unos soldados le pertrechaban con su armadura.

Entre los que le observaban se encontraba Enrique de Albret, pretendiente al trono de Navarra, un aliado que estuvo con él desde los primeros compases de la guerra.

—No tenéis porqué exponeros — dijo Albret acompañando a Francisco al exterior de la tienda.

No hizo caso alguno. Había enviudado hacía unos pocos meses tras la muerte de la reina Claudia durante un parto en el que también perdió a un nuevo heredero.

La mujer que le dio la corona de Francia ya no estaba en el mundo de los vivos, pero no había tristeza alguna en su rostro, la guerra le tenía lo suficientemente ocupado.

Sonreía satisfecho, viendo ante él a los miles de hombres que junto a sus monturas observaban a lo lejos una campiña despejada y franqueada por un espeso bosque a unos pocos cientos de metros de los muros de Pavía.

Ahí mismo los hombres estaban muriendo por la lucha encarnizada que se estaba dando lugar.

Los hierros se golpeaban bajo el incesante fuego de los cañones franceses que sobrevolaban las cabezas de las tropas hasta llegar a las líneas imperiales y levantar tierra y polvo con sus impactos.

Las columnas de humo se elevaban hacia el cielo ennegreciendo el día que había empezado ya.

—Le demostraré tanto a los suyos como a los nuestros que yo no soy un cobarde como el pequeño Habsburgo quien se hace llamar emperador y que a un mar de distancia espera a que otros ganen la guerra por él.

Yo debo ir a la cabeza de la caballería.

Además, sé que el traidor del Borbón se encuentra entre las filas enemigas.

Quiero estar ahí mismo cuando suplique clemencia de rodillas, con la amargura de la derrota en sus lágrimas.

—El enemigo ya ha lanzado su caballería majestad — informó un oficial.

—La lucha está igualada, majestad. Los 6 lansquenetes imperiales están presentando batalla — señaló Albret hacia el claro dónde miles de hombres batallaban.

Francisco miró con soberbia a Albret.

—Si tuvieseis más miras ya seríais rey de Navarra ¿ Acaso no veis que su infantería son solo peones puestos ahí para morir?

Francisco dio un largo trago de vino para despegar sus dudas y le entrego la copa a uno de los soldados.

Volvió a sonreír, estaba acariciando la victoria.

Un soldado le acercó su caballo estirando de las riendas.

Francisco acarició suavemente la crin del animal que le llevaría a la victoria.

El rey se montó en el equino, apartando con aspavientos a todo aquel que quisiera ayudarle.

Ante casi mil jinetes que esperaban sus órdenes, Francisco bramó como un centauro, sobre las cuatro patas de su montura.

—¡Hoy puede ser una fecha señalada! ¡ Recordada por los hijos de nuestros hijos cuando hayamos abandonado este mundo! ¡ Hoy podemos con nuestro acero poner fin a la guerra del Habsburgo!

Los jinetes vitoreaban ante las palabras de su rey, contagiados por el optimismo del monarca. Francisco se volvió hacia el campo de batalla que podía contemplar desde la altura: la campiña hasta el frondoso bosque que la limitaba y las puertas se Pavía aguardando su entrada.

—Ahí, donde está el grueso de su caballería ¡Qué cese la artillería! Atacaremos por el flanco derecho. Los aniquilaremos a todos.

Entre los gritos de ánimo Albret se acercó a Francisco.

—Consideradlo majestad. Es un poco pronto para la carga.

—El terreno nos es favorable.

—Aún así —Albret hablaba solo para los oídos del rey —. Su infantería…

—¿Qué es un ejército sin caballería? — Francisco escupió al suelo y lanzó una mirada llena de desprecio al pretendiente al trono de Navarra—. Sí lo deseáis quedaos aquí, no necesito a cobardes que guarden mis espaldas.

Francisco alentó a sus hombres e inició la carga.

Finalmente, Enrique Albret, tras negar un par de veces, se unió a las huestes que descendieron la ladera haciendo que la tierra temblase al galope de la caballería, encogiendo el corazón de aquellos que se encontraban batallando.

Era como si la tierra se fuera a abrir bajo sus pies para elevar las puertas del mismo inferno y dar la bienvenida a los soldados que a cada segundo perecían en la batalla.

Como una devastadora ola enviada por el mismo Poseidón y formando un solo cuerpo, la caballería de Francisco chocó con la imperial, haciendo aumentar el caos y la confusión entre sus enemigos.

Llovía la sangre en aquel día despejado, llegando a humedecer la tierra a momentos hasta convertir el lugar en un barrizal.

Olía a fuego, olía a muerte, olía a guerra.

Tal y como había predicho Francisco, la caballería imperial iba menguando a cada poco, con cada lanzada, con cada estocada; morían los hombres y sus caballos y algunos desgraciados morían aplastados bajo sus monturas o siendo arrastrados a campo través con sus pies colgando de los estribos.

La matanza continuaba y la batalla seguía favorable para Francisco hasta que desde la arboleda cercana las aves levantaron el vuelo.

Una detonación, y otra y otra y con cada una de ellas, cientos de lenguas de fuego escupían pólvora entre el refugio de las hojas y las ramas.

Francisco se detuvo en una de sus embestidas para ser consciente de la situación.

Los cuerpos de los imperiales se esparcían en el campo, pero ahora era su caballería — jinete y bestia — la que caía con cada detonación proveniente de la arbolada.

Más patidifuso quedó el rey al ver cómo sus mercenarios suizos se retiraban del combate ante las embestidas de los lansquenetes imperiales.

Intramuros de la ciudad.

Desde lo alto de la muralla Antonio de Leyva observa con su mirada cansada la batalla.

Como resto de sus hombres está agotado y extenuado.

Su corpulenta figura ha menguado por el hambre y a sus cuarenta y cinco años, ha envejecido más en esos meses de sitio que en toda su vida: las canas blancas asoman más y más en sus largos cabellos negros y en su frondosa barba.

Con sus ropas sucias no se distingue de ningún otro hombe bajo su mando.

—Las fuerzas están cada vez más igualadas — dice para sí mismo.

Antonio de Leyva empieza a reír con energía hasta llegar a la carcajada. Los hombres empiezan a preguntarse si el capitán al mando ha perdido la cordura por las penurias padecidas en los últimos meses.

—¡Preparaos! — grita mientras baja de lo alto de la muralla para reunirse con sus hombres—,! Es ahora o nunca!

—No podemos luchar así — protesta uno de los soldados convencido de que la locura se ha apoderado de Leyva.

Antonio de Leyva busca entre los desarrapados soldados a quien se ha atrevido a responder su mandato.

—¿Quién tiene tantos huevos para hablar pero no para luchar?

Lo encuentra. Se acerca a él con la mirada desafiante: es un veterano peinado en canas, alguien a quien los mas jóvenes escucharían. Con arrojo Leyva le agarra de la pechera y clava sus ojos prendidos por una llama en los suyos.

—Eres libre de quedarte aquí y esconderte como un crío.

— Antonio de Leyva lo suelta y dirige su voz al resto de los hombres que formando un semicírculo le rodean — ¡Cualquiera de vosotros, sois libres de huir o de esconderos!

¡ Pero ay de aquel que vuelva a verter palabras de pesadumbre sobre los que vamos a luchar, pues yo mismo le arrancaré la lengua y después le dejaré desangrar!

¡Y más os vale a los cobardes no compartir la gloria con los que vamos a prestar batalla!

Leyva se toma un instante para comprobar si alguien más tiene algo que decir, pero todos, jóvenes y veteranos callan. Todos le escuchan.