Carlos V. Trilogía Completa 11. El paso de las reinas
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11. El paso de las reinas

El paso de las reinas

Nació en cautividad. Cómo una rosa salvaje había tratado de atravesar los cimientos por debajo de los muros, a través de las grietas de las paredes, para así, sentir la tierra mojada.

Pero solo podía imaginar. Desde su ventana Catalina solo podía contemplar las estaciones y los campos de trigo brillando como un mar de oro bajo el sol, meciéndose como lo harían las olas con la mínima brizna de aire.

Había sido privada a ir más allá de donde pudiera alcanzar la vista.

No conocía otro paisaje que no fuese el que rodease el palacio de Tordesillas, donde junto a su madre, la legítima reina Juana de Castilla, había crecido privada del trato que como princesa Habsburgo se merecía.

Ya no era una niña. Había perdido la sonrisa y la inocencia.

Sus ojos eran oscuros, más marcados aún por sus cabellos dorados.

Era bella, así se consideraba y más le enfurecía por ello, por no mostrarse al mundo a sus dieciocho años.

Sentada en la mesa del gran salón miraba frente a ella a su madre.

Temía apagarse poco a poco como su progenitora, la fuente de su juventud se había secado, su cabello había perdido el esplendor y su rostro estaba surcado por los años que en su cautiverio pasaron como días.

Aunque ese día la belleza de la madre y la hija resurgía con vestidos de telas borgoñesas.

La reina Juana a penas hablaba. Catalina pensó que tal vez se lamentaba por rechazar, poco más de dos años atrás, la fidelidad de los revolucionarios comuneros que la proclamaron como única y legítima reina.

Incluso sus cabecillas se postraron ante ella para ofrecerle el trono de Castilla, pero ella se negó: sabía que ceñirse la corona era traicionar a su hijo Carlos.

Catalina tenía rencor también hacia su hermano Carlos. El emperador había pagado la lealtad mostrada por su madre con más cautiverio. No quería saber el denigrante trato de sus cuidadores, los marqueses de Denia les solían proporcionar.

La menor de las hijas de Juana, aun recordaba como de niña, su hermano la dejó con el llanto, se negó a llevársela consigo.

Le prometió que algún día volvería a por ella, pero ese día no llegó.

Sus visitas eran cada vez más escasas y sus abrazos más fríos.

Aquel hermano al que conoció, tímido e inseguro había cambiado y había heredado el despotismo de todos los poderosos reyes que gobiernan el mundo.

Así lo veía Catalina, que paciente, aguardando en el salón esperaba una de aquellas visitas cada vez más breves.

Las puertas del salón se abrieron, dejando pasar con ella una corriente de aire que hizo tremolar el fuego prendido en la chimenea. El marqués de Denia, el mismo perro guardián que tenía encomendada la tarea de mantener a madre e hija cautivas, hacía entrada en la sala cediéndole el paso a Carlos.

El emperador se acercó a su madre para abrazarla con tibieza.

Juana solo dejó esbozar una leve sonrisa manteniendo una mirada casi catatónica .

Después se acercó a Catalina, el emperador se inclinó ante la princesa y besó su mano — por un momento Catalina sintió satisfacción al ver a uno de los hombres más poderoso del mundo inclinada ante él —la princesa dirigió una fugaz mirada al marqués que estudiaba todos sus movimientos; antes de la reunión el marqués le había advertido de que guardase silencio ante los abusos al que a veces les sometía él y sus sirvientes.

—Ya podéis ver mi señor que la reina y la princesa cuentan con todas las comodidades a su disposición.

Catalina iba a decir que los vestidos que portaban solo los habían disfrutado para aquella ocasión. De hecho el resto de los días iban ataviadas con ropajes que ocultaban su belleza bajo sus jirones. Pero la severa mirada que lanzó el marqués provocó que guardase el comentario.

Carlos tomó asiento en la cabecera de la mesa y tendió su mirada hacia Catalina.

—Marqués, dejadme solo con mi madre y mi hermana — dijo de manera abrupta Carlos.

Como un sirviente más, el marqués obedeció haciendo una exagerada reverencia y dirigiendo otra mirada amenazante a Catalina.

Las puertas se cerraron dejando un eco solo en la estancia, que envolvió a las tres figuras reunidas en la mesa.

—Madre, es un placer volver a encontraros. Quisiera visitaros más, pero los asuntos de la corona… — empezó a decir Carlos.

—No os preocupéis majestad — interrumpió Catalina —. Cuando volváis en un año o dos nos seguiréis encontrando aquí. No nos habremos ido… no podemos.

—¡Contén tú lengua Catalina! — Juana recriminó a su hija mostrando que aún poseía cierta lucidez.

—¡No me mandéis guardar silencio madre! ¡No cuando tengo ocasión de dirigirme a mi hermano, sabiendo que mis palabras no serán ignoradas ahora que le tengo de frente!

Antes de que la reina Juana interviniese de nuevo, Carlos alzó la mano con calma pero sin tibieza. Catalina guardó silencio, la reina Juana también y el rey tomó la palabra.

—Por como te diriges a mí persona, intuyo hermana que tienes alguna demanda incumplida y por ello te pido disculpas .

Precisamente es por ti por quien he venido en esta ocasión.

Solo quería comprobar por mí mismo si estas lista para cumplir con tu cometido.

Veo que… carácter no te falta. — Catalina siguió escuchando mientras le retiraba la mirada a Carlos para comprobar la reacción de su madre —.

Sé que debe haber sido frustrante para ti, todos estos años privada de mejores comodidades.

—Cautiverio es la palabra que debéis usar para referiros a mí estancia… encarcelada injustamente, majestad — añadió la princesa.

—¡Catalina! — volvió a recriminar Juana, provocando que Carlos volviera alzar la mano pidiendo concordia.

—Sí… tal vez demasiado carácter y algo impulsiva — dijo para sí Carlos.

—Catalina. Escucha lo que tenga que decir tú hermano — interrumpió Juana.

—Lo que iba a decir antes de ser interrumpido es que como nuestras hermanas, como nuestra madre, no mereces menos que salir de estos muros como reina.

Tanto Juana como Catalina mantuvieron un rictus serio en sus rostros ante el asombro de Carlos que no entendía la carencia de emoción.

—Esperaba que te alegraras

—¡Y yo esperaba más de mi hermano! — se desgañitó Catalina —. Me habéis tenido aquí encerrada. De crianza como una cerda preñada antes de que el campesino me lleve a vender al mercado.

—¡Catalina! — Juana dio un manotazo sobre la mesa.

Carlos se levantó tratando de mantenerse erguido y disimulando como podía su incomodidad.

La princesa se levantó y se dirigió a Juana para tomar su mano. Juana la miró con una mezcla de melancolía y tristeza.

—¿Qué hay de nuestra madre? — preguntó Catalina.

—Nuestra madre seguirá aquí, recibiendo todos los cuidados que precise.

—No… no puedo dejarla sola. — Catalina se dirigió con ojos desafiantes a su hermano.

Juana dio unas palmadas a su hija en la mano y con la ternura de una madre retiró los mechones que cubrían su frente.

—Has permanecido junto a mí durante todo este tiempo, desde que naciste solo has conocido estos muros.

Ya has hecho más que suficiente por mí. — La reina le sonrió como nunca lo había hecho —.

No puedo pedirte más mi querida hija. Hay un mundo más allá de estos muros, muchos paisajes más allá de estos campos que nos rodean. No te puedo retener más a mí lado.

Las palabras de Juana, esas que nunca le había dicho su melancólica madre, empaparon en ojos las lagrimas de Catalina.

La joven respondió con un abrazo profundo, sincero, agradecido.

Era lo que necesitaba, el permiso de su madre.

Carlos era testigo del afecto que madre e hija se mostraban, echaba en falta que ese mismo sentimiento también lo mostrasen hacia él, pero no podía ser, por el bien del reino su madre permanecía ahí , en Tordesillas.

—Tenéis todo el día para poner vuestros asuntos en orden. Partiremos al amanecer.

Carlos abandonó el salón, dejando a madre e hija en silencio con sus miradas entrelazadas.

No solo les había unido la sangre durante todos esos años, Catalina había sido la compañera de Juana en el cautiverio, desde que le diera el pecho al alumbrarla, hasta verla convertida en toda una mujer.

La niña que creció en su vientre, había visto pasar sus mejores años en un mundo diminuto donde las fronteras eran los bastos campos.

No conocía el aroma del mar, ni días más largos ni cortos de los acontecidos en Tordesillas.

Para ella todas las estaciones habían pasado de la misma manera.

Para Catalina, su madre y solo su madre, era la gran parte de ese mundo.

Río Duero. Unos días después.

El sol resplandecía sobre las aguas del Guadiana, reflejando el follaje verde como si un tesoro de jade se ocultara bajo ellas.

Los arcos del gran puente que servía de frontera se transformaban en círculos en el espejo del río.

Portugueses y Castellanos se habían citado en el lugar para contemplar a una reina que se iba por a otra que llegaba.

Catalina atravesaba el puente con la mirada al frente.

En su mente tenía la última imagen de su madre Juana, despidiéndose con la mano en alto desde la balconada mientras se alejaba junto a Carlos y el séquito que les acompañaba.

Sus ropas eran doradas y las mangas de su vestido rojas con bordados negros que resaltaban más su piel clara.

Levantó el mentón, pues sabía que era observaba y admirada.

Muchos acababan de descubrir el tesoro oculto que el Rey de Romanos ocultaba en Tordesillas y era por ello que sentía aún más rencor por Carlos, su captor y ahora su libertador.

A penas habían intercambiado palabras en los últimos días.

Otra reina cruzaba el puente desde el otro extremo, avanzaba solemne.

Compartía rasgos con la joven que tenía al frente, solo que ella era más mayor y sus telas eran verdes como la naturaleza que las rodeaba.

Su rostro a diferencia de Catalina no reflejaba orgullo, sino apatía, como si ya hubiese aceptado un desdichado destino.

Catalina pronto reconoció en aquella reina a su hermana mayor, Leonor.

Avanzaron despacio en su paso hasta encontrarse. Fue Leonor quien tuvo la iniciativa de tomar las manos de su hermana. Con una sonrisa en sus labios pero con la mirada desesperada, Leonor lanzó un ruego.

—Cuidad a María por mí.

Tratando de disimular sus sorpresa, Catalina asintió y avanzó erguida hacia el otro lado de la frontera.

Leonor miró hacia atrás mientras se dirigía hacia la tierra castellana.

Ahí en Portugal, donde había sido reina, dejaba algo más que su corona, el más preciado de sus tesoros, a su propia hija María.

Carlos veía a su hermana mayor acercarse.

Era más mujer que la ultima vez que estuvieron juntos.

Mostraba más seguridad pero la tristeza la acompañaba en su caminar cabizbajo.

El propio emperador se abrió camino entre sus cortesanos para reencontrarse con la que había sido su compañera en la casi totalidad de su vida.

Leonor vio que ya no quedaba nada de aquel muchacho inseguro en Carlos. Era un hombre al que la inocencia le había abandonado, tal vez un atisbo de ella se asomara en el brillo de sus ojos cuando este se inclinó para besar su mano.

Lejos como en una vida pasada se quedó el resentimiento que pudiera tener Leonor hacia su hermano.

El mismo hombre que le apartó de su único y verdadero amor, Federico de Baviera.

Leonor solía recordar con amargura como Carlos lo expulsó de la corte al enterarse del romance con su su hermana, viendo el hecho como una traición.

Pero, aunque con los años no había podido olvidar a su Federico, ya no había rencor.

Tal vez el destino le deparase alguna sorpresa, había cumplido con su cometido, y al final, podría verse libre para ver de nuevo a su amado.

De él sabía que no había casado. Tenía la esperanza de que aún la amase.

—Querida hermana.

—Cuando me marché ibais a ser rey y ahora vais camino a ser emperador. — Leonor le correspondió con una sonrisa y un abrazo.

—Os he añorado — confesó Carlos —. Tenemos mucho de lo que hablar, muchos asuntos que tratar.

El rey y Leonor empezaron a avanzar hacia los caballos, hablando como iguales, como los dos hermanos que eran. A Leonor aun le rondaba la duda sobre cuál sería su destino en los días que estaban por llegar.

—He venido con la intención de serviros de la mejor manera, majestad. Tengo ganas de instalarme en mi nueva morada y contaros todo lo que necesitéis saber sobre la princesa Portuguesa.

Carlos se detuvo y fijó sus ojos en los de Leonor.

—¿Ella pregunta por mí?

—A todas horas.

Leonor vio un atisbo de felicidad en su hermano. Pero se disipó tan rápido como le sobrevino, y con tono más serio, Carlos habló.

—Siempre he deseado lo mejor para ti hermana, la mejor posición. Una reina no se merece menos. No te he hecho venir solo para que me hables de Isabel. Te he hecho venir para que cases con Carlos de Borbón.

Por un momento se le quedó mirando. Las lágrimas acudían a los ojos de Leonor pero no asomaban.

Respondió con una sonrisa forzada y asintiendo.

Era la hermana obediente y era un botín más, para un traidor de Francia y para uno de los más aguerridos generales de su hermano.

Más que mujer se sentía una valiosa mercancía con la que se ganaban, lealtades, favores e indulgencias.