10. Amor y guerra #2
—Majestad… deberíamos ser prudentes y tomar las decisiones oportunas cuando hallamos sopesado bien todas nuestras opciones. Tras un tiempo de meditación, seguro que verá como un gran honor para Isabel y la casa de Avís las uniones que se están negociando. Vuestro padre así lo hubiera querido.
Juan pasó la palma de su mano en el nacimiento de sus largos cabellos, disgustado, sentía su orgullo herido. Isabel sabía bien que poco quería saber Juan de aquellos Habsburgo.
—¿Un gran honor? ¿Lo decís en serio? Es una deshonra.
Ese Carlos de Habsburgo debería haber acudido antes a mí que a Inglaterra — replicó el rey Juan, evitando referirse a Carlos cómo emperador—.
Acudió antes a la primogénita del rey Enrique ¡Una niña!
Es una deshonra. Su primera opción ha sido una niña.
Bien sabe Dios que lejos están sus años fértiles para que le procure un heredero.
— Juan seguía replicando, caminando de un lado a otro mientras maldecía para sí mismo —.
No es de fiar. Le ha dado la espalda al Tudor y ahora acude a mí con renovadas pretensiones.
Ofreciéndome a su hermana menor y queriendo negociar su compromiso con mi hermana.
—Es un acuerdo justo majestad — respondió uno de los consejeros.
—No. No es justo y os diré por qué. No es justo haber negociado desposarse con una niña antes que con mi hermana. No es justo que pida una dote de 900.000 doblas se oro.
—Majestad — intervino uno de los consejeros —.
Vuestro padre el rey Manuel que Dios lo tenga en su gloria, os legó un reino próspero y más próspero será con este acuerdo.
No hay impedimento para que el reino pague dicha cuantía, ya que hemos vivido un largo tiempo de paz.
La guerra es cara, como ejemplo tiene la larga campaña que está enfrentado a Francia y al emperador, es por ello que sus arcas están vacías y las nuestras rebosan.
Ya puede ver que cara resulta la guerra y que beneficioso para nuestras cuentas sería garantizar nuestra alianza con Castilla.
—No es equitativo — replicó el rey mientras se paraba en seco frente a su consejero.
—Él es el el rey destinado a ser emperador, majestad.
—Veremos si este Papa llega ha ceñir la corona imperial en su cabeza y por cuánto tiempo lo será. Cuanto más grande sea su imperio más enemigos caben en él y muchos más se hacinarán en sus fronteras ¿ Nos conviene esa alianza?
—Eso es algo que no nos debería incumbir majestad.
Nuestra vista debería estar puesta en el mar y más allá.
Con el emperador como aliado aseguramos la retaguardia.
Así solo nos bastaría con centraremos en nuestro camino hacia el horizonte, para así garantizar la prosperidad del reino. Que él luche sus guerras solo.
Antes de que el rey emitiera sonido alguno, Juan al fin se dio cuenta de las dos gráciles figuras que se ocultaban a la sombra tras los arcos junto a la pequeña María.
El rey se ahorró los saludos y alzando la mano con un leve gesto, le pidió a las mujeres que se acercaran a él.
Las damas obedecieron al instante y avanzaron con pasos seguros hacia Juan.
Cuando las tuvo delante empezó a hablar con autoridad, dirigiéndose en primer lugar a Leonor:
—Vuestro hermano Carlos os reclama — dijo con hosquedad—. Sois viuda, pero también sois joven y fértil, supongo que tiene planes para vos. Preparareis vuestros enseres y partiréis por la mañana.
Leonor paseó sus ojos en la aseverada cara del rey, para deslizarlos hacia Isabel y a su pequeña hija María a la que le dedicó una sonrisa fugaz.
—Así lo haremos mi rey. — Leonor se inclinó grácilmente mostrando respeto hacia Juan —. María y yo nos despediremos de la corte esta tarde.
Juan se acercó a Leonor para bajar el tono de su voz y que este solo fuera perceptible para Leonor.
—A Castilla partiréis solo vos. — Aquellas palabras penetraron sinuosas, como el reptar de una serpiente, en los oídos de Leonor, haciendo estremecer así a la reina viuda.
—Es… es una niña majestad — intervino Isabel —. Aún no ha cumplido los tres años , debería estar unos años más junto a su madre.
Juan alzó la voz para frenar el ímpetu de su hermana.
—Es hija del rey Manuel y por tanto pertenece a esta corte. — Y de nuevo con una voz serpentina, se dirigió a una Leonor petrificada por las órdenes que le había dirigido Juan —. Descuidad, le procuraré un buen porvenir a vuestra hija.
—Me… me casaré con vos si es preciso — arrancó a decir finalmente Leonor, con cierto esfuerzo, como si las palabras desgarrasen su pecho —. Haré lo que sea, pero no me separéis de mi hija. Tened misericordia mi señor, os lo ruego. — Y Leonor de Habsburgo se dejó caer sobre sus rodillas.
—¿Casarme con vos decís? ¿La mujer de mi padre? ¿Qué dirían de mí, el rey de Portugal, si me casara con mi madrastra? — Juan puso una mueca de asco, despreciando la belleza y los modales que poseía Leonor, la misma que años atrás le había encandilado.
El rey no dijo nada más, dio media vuelta y se marchó junto a sus consejeros.
Leonor permaneció de rodillas mientras el soberano se alejaba.
La pequeña María, inconsciente aún de lo que estaba por acontecer, abrazó con fuerza a su madre, al ver de sus ojos brotar unas lágrimas que nunca había visto en ella.
Isabel acudió a ella para ayudarla a incorporarse de nuevo.
A pesar de que hubiese cesado la lluvia, se disipasen las nubes y de que el sol empezase a brillar con fuerza el resto de aquel día, hasta ocultarse en el basto océano, un velo gris acompañó a Isabel y Leonor.
A penas durmieron aquella noche, para tal vez así alargar la llegada del alba.
En sus pensamientos, sobre su cama, tratando de encontrarse con el sueño, Isabel maldecía solo para ella la desdicha de las mujeres.
Sabía bien cuál era su lugar y el orden natural de los designios de Dios , pero también vio a Leonor, a la pequeña niña y a ella misma, como mercancías tan valiosas como su posición y su capacidad de establecer alianzas, incluso la paz entre los hombres en guerra y traer a nuevos herederos al mundo.
No se podía hacer nada, aquella era la voluntad de Dios, la misma que hablaba por boca de los reyes.
La mañana siguiente llegó y con ella las despedidas.
Mientras que los hombres de armas que debían escoltar a Leonor esperaban fuera de palacio .
Las dos mujeres se decían adiós en la escalinata con un efusivo abrazo, dejando de lado protocolo alguno.
Junto a ellas estaba la pequeña María. Leonor se inclinó ante ella, con los ojos humedecidos e intentando dibujar una sonrisa en su boca.
Quería que su pequeña hija la recordara así, sonriendo.
La apretó fuerte contra su pecho y trató de llevarse consigo el aroma de sus cabellos.
—A cada segundo que esté lejos de ti, te tendré en mis pensamientos. Rezaré por ti todos los días. — Leonor se incorporó y dirigió sus palabras a Isabel — .Cuidad de ella por mí Isabel.
—Descuidad.
—Hablaré a mi hermano de vuestras virtudes todos los días. Os garantizo que casareis con él.
Isabel asintió al escuchar las palabras de Leonor y reparó en ella una vez más. Sin saber si aquella sería la última vez que se vieran. Era una nueva moneda al aire lanzada por los hombres que se sostendría en el vacío mientras ella seguía esperando.