10. Amor y guerra
Amor y guerra
A la luz de las velas, Carlos contemplaba de brazos cruzados en su despacho los planos desplegados sobre su mesa.
En ellos analizaba el despliegue de sus fuerzas y las de su enemigo, Francisco.
Se encontraba absorto, incluso cuando el canciller Gattinara interrumpió en su estancia después de que el emperador le permitiera pasar.
Mientras que Carlos se mostraba concentrado, el canciller no podía evitar reflejar toda su preocupación en su rostro y quedó observando a su señor, esperando a que emitiera algún juicio.
Para romper el hielo contempló una carta que el rey había dejado arrugada junto al plano.
El sobre que la acompañabas portaba el sello de los Odemburgo, reyes de Dinamarca, Suecia y Noruega.
Esa carta debía ser del mismísimo rey Christian II.
—He podido saber que vuestra hermana Isabel y el rey Christian han llegado sanos y salvo a los Países Bajos y están bajo el amparo de vuestra tía Margarita.
—Cómo ves no somos los únicos que estamos en guerra. A mí cuñado le han quitado incluso su propio reino. Tal vez sea obra de un castigo divino por dejar que la herejía de Lutero se extendiera por su reino — dijo Carlos.
—La plaga que supone esa erigía también se extiende por Alemania. — señaló el canciller.
—¿Qué puedo hacer por ti Mercurio? — atajó Carlos.
—Solo os quería indicar César, que no por mucho que contempléis esos planos el sino de la guerra cambiará.
—¿Y qué sugieres?
—Tal vez sea un buen momento para firmar una tregua con Francisco — respondió Gattinara sin rodeos —.
La guerra es cara. Nuestro aliado de Inglaterra se ha retirado precisamente por dicha razón.
También hemos perdido el apoyo de la iglesia, el nuevo Papa Medici, Clemente VII, no se ve tan inclinado hacia nuestra causa y muchos de los mercenarios a nuestro servicio han empezado a revelarse a nuestros generales porque hace semana que no reciben sus pagas.
—¿Una tregua? — preguntó Carlos enfatizando incredulidad —. El propio Francisco ha atravesado los Alpes y ha tomado el Milanesado que tanto costó arrebatarle. Por suerte contamos con él apoyo de la familia Sforza a quienes les une nuestro mismo interés por recuperar Milán.
—Por eso precisamente César, es mejor dejar las cosas equilibradas tal y como lo estaban en un principio.
Corréis el riesgo de perder incluso Nápoles.
— Gattinara se justificaba ante la disconformidad que mostraba su señor —.
Vos continuareis controlando el sur de Italia, Francisco que siga influenciando en el norte.
—Francisco es orgulloso y no se detendrá ahora.
— Carlos volvió a dirigir su mirada a los planos y señaló un punto en el mapa —.
No lo entiendes Mercurio. Debemos volver a controlar el Milanesado por mucho que le pese a este nuevo Papa Medici.
Es la única manera de seguir fuertes en Alemania.
Tener el paso hacia el norte controlado, nos permitirá movilizar con mejor precisión a los ejércitos que ya están en Italia y así combatir la herejía de Lutero que sigue extendiéndose hacia todos los rincones del continente.
Sí controlamos Milán, Atenazaremos a Francisco en su reino y así también podremos centrar nuestras fuerzas en el verdadero enemigo de la cristiandad, Solimán.
— Carlos alzó la mirada y apuntó con sus ojos a Gattinara que le escuchaba atentamente —.
En cuanto a los pagos de los mercenarios no debes preocuparte.
Las riquezas del Nuevo Mundo están surcando los mares ahora mismo y se dirigen hacia aquí.
Nuestros hombres recibirán más de lo que esperan.
—César, con el debido respeto, no sé si sois conscientes de que ahora mismo el éxito en Italia depende de los seis mil hombres que se han atrincherado en Pavía, para frenar el avance de un ejército de treinta mil hombres comandado por el propio Francisco.
Y la lealtad y la fortaleza suelen flaquear con los estómagos vacíos.
No estoy seguro de que las riquezas del nuevo mundo lleguen a tiempo para atender las demandas de los soldados.
—Esos hombres recibirán refuerzos — aseguró el emperador —. Tanto del propio Carlos de Borbón como de hombres venidos de Alemania.
Gattinara asintió. No iba a discutir más la voluntad de su señor, aunque supiera que tal vez el joven emperador estaba pecando de ambicioso.
Trató de adivinar la expresión en el rostro de Carlos: podría ser arrogancia, podría ser seguridad, una mezcla de ambas.
El caso es que Carlos había dejado de ser aquel niño inseguro.
—Una cosa más Mercurio — Carlos refrenó a Gattinara cuando estaba a punto de abandonar la estancia —.
Sigo carteándome con mi hermana Leonor, lo que me cuenta de la princesa Isabel, me tiene…
¿Cómo lo diría? Intrigado. Quisiera que empieces a movilizar a nuestros embajadores para afianzar mi compromiso con Isabel.
—¿Qué hay de vuestro compromiso con María Tudor? — preguntó Gattinara con cierta preocupación, pero tratando de mantener un tono seguro en su pregunta.
—Abandono mi compromiso de la misma manera en la que Enrique Tudor se ha retirado de esta guerra.
—El rey Juan de Portugal, será un hueso duro de roer César, más después de que rechazaseis vuestro compromiso con su hermana en favor de la niña Tudor ¿Creéis que tenéis algo para ofrecerle?
—La mano de mi hermana será más que suficiente.
—¿Os referís a Leonor? — preguntó Gattinara —.
A pesar de que en el pasado se mostrase hechizado por la belleza y los encantos de vuestra hermana, el rey Juan no aceptará tal compromiso.
A efectos prácticos se ha convertido en su madrastra y sabe que tal compromiso solo generaría habladurías en su corte.
—No me refiero a Leonor, Mercurio. Me he propuesto liberar de su cautiverio a mi hermana Catalina.
Catalina, la menor de las hermanas de Carlos, permanecía cautiva junto a su madre Juana en el palacio de Tordesillas.
Cuando era niña, Carlos decidió que quedase ahí junto a Juana, ignorando las suplicas de la niña.
En las últimas visita que Carlos pudo hacer en Tordesillas, fue consciente de la frialdad con la que Catalina se dirigía a él.
Mercurio de Gattinara se retiró de la habitación asintiendo, su rostro no mostraba conformidad ni tampoco disconformidad. Aceptaba cada orden de su señor tras emitir su consejo y esta, por muy comprometida que fuese para las relaciones con Inglaterra, no sería menos.
Palacio de Ribeira (Lisboa) Unas semanas después.
Isabel aguardaba bajo los arcos que franqueaban el patio interior del palacio para así encontrar cobijo y salvaguardarse la lluvia que caía intensa de las nubes que habían tenido de negro el día.
Los muros de aquel palacio habían sido su mundo, desde que cinco años atrás perdiera a su madre María, tras dar a luz a su octavo hijo.
Bien aprendió ahí la joven princesa que los hombres morían en la guerra y las mujeres en el parto.
Junto a ella se encontraba Leonor y su pequeña hija que ignorando la conversación se mantenía hipnótica ante la lluvia. Isabel veía a Leonor tan presa como ella misma en aquella cárcel de oro y marfil y rodeada de lujos. Por suerte se tenían la una a la otra.
Leonor le trasladaba todas las palabras que llegaban escritas por el puño y letra de su propio hermano.
Se abrió a su hijastra Isabel como lo haría con su amiga más íntima: Isabel preguntaba y Leonor respondía.
Las dos compartían el sentimiento de perdida; la princesa portuguesa había perdido a su madre de manera trágica y Leonor había convivido junto a Carlos al amparo de su tía Margarita en los Países Bajos, tras la muerte de su padre, Felipe al que llamaron “El Hermoso” y la reclusión de su madre Juana, a la que conocían como “ la Loca”.
Isabel también sabía por boca de Leonor, la situación de su hermana pequeña Catalina, encerrada junto a su madre para hacerla compañía y velar por ella, tarea encomendada debido a que era la menor de sus hijas y porque Juana no soportaba separarse de su hija, la única de su descendencia que había estado a su lado todos esos años y compartiendo el enclaustramiento.
Sin duda el compromiso con Juan, le liberaría del cautiverio.
Juan había ignorado la presencia de su hermana y la de Leonor cuando accedió a los jardines junto a tres de sus consejeros.
Estaba perdiendo la figura juvenil de la que antaño había hecho gala y había empezado a cubrir su rostro con una barba negra.
Isabel sabía bien del carácter rudo de su hermano.
Estaba cegado por el ímpetu de su juventud que le llenaba de una imprudencia que inevitablemente le salía desbordaba por la boca con gruesas palabras.
Un ímpetu que los tres consejeros a sus espaldas trataban de refrenar.
Acababan de reunirse con emisarios castellanos.
Por el andar airado de Juan, Isabel supo enseguida que el encuentro no había sido grato para él. Isabel era consciente que desde que su padre le arrebatase su prometida a su propio hijo, este se había vuelto mucho más arisco, pero aquel día estaba más malhumorado de lo normal.
El joven rey miraba a sus consejeros mientras se rascaba el mentón.
—No lo sé. No sé si es conveniente este acuerdo.
—Este acuerdo garantiza la alianza entre Portugal y Castilla por muchos años majestad — respondió el consejero —. Ello dará prosperidad a nuestros asuntos de ultramar, no deberemos así preocuparnos por nuestros vecinos.
—Es bueno que saquéis ahora a relucir los asuntos de ultramar, más cuando ese traidor de Magallanes marchó a servir a ese rey extranjero antes de encontrar la muerte. Ese es el problema de ese Carlos de Habsburgo; cree que puede tomar todo cuanto ve, incluso lo que pertenece a otro.