9. La reencarnación de Neptuno
La reencarnación de Neptuno
A sus cincuenta y seis años, Andrea Doria conocía el dulce néctar de la victoria y la amarga hiel de la derrota: sus ojos fueron testigos de cómo el Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, al servicio de los Reyes Católicos, tomaba Rocaguillermina cuando él apenas era poco más que un puberto, y a pesar de la derrota, el Gran Capitán le expresó en su momento su más profunda admiración.
Los filamentos grisáceos que cubrían su cabello y su barba que caía sobre su tostada piel, daban cuenta de la experiencia acumulada por Doria.
Pertenecía a una importante familia genovesa y no dudó en ponerse al servicio del mejor postor, quien le asegurase el buen porvenir de su querida Serenísima República de Génova.
Un balcón de su amada mar a la que nadie entendía como él.
Para él, Génova, su Génova, estaba por encima de cualquier poderoso soberano, fue por ello por lo que se enfrentó a gigantes: el ya mencionado Gran Capitán quién comandaba los ejércitos de los Reyes Católicos o César Borgia, hijo del Papa Alejandro VI.
Turcos, franceses o vecinos italianos, daba igual quien fuese el enemigo si lo que estaba en peligro era su Génova.
Pero de entre todos ellos había uno al que no había conseguido hacer mella, era aquel corsario al que llamaban Barbarroja, que traía el saqueo y la muerte a la costa y del que se decía que era inmortal.
De el contaban que tras perder la cabeza volvió de la muerte para vengarse de sus enemigos.
Pero el viejo Doria no creía en esos cuentos que solo servían para asustar a los niños.
Andrea Doria oteaba el horizonte desde el castillo de popa de una de las seis galeras que comandaba y que tranquilamente se mecían sobre el mar después de la tempestad de la batalla. Uno de sus hombres de confianza, Piero, se acercó a su capitán.
—¿Y ahora donde nos dirigimos, Gran Almirante?
—¿Gran Almirante? — preguntó Doria sin alterar la serenidad que le otorgaba el mar.
—Así os ha nombrado el rey de Francia.
—A pesar del nombramiento sé que no soy del agrado del rey de Francia.
Sé que paga por nuestros servicios porque le derroté en Génova y porque somos muy buenos en lo que hacemos.
Le irrito, sobre todo cada vez que solicito la independencia de Génova.
Sigo siendo el 4 Condotiero pero si ese rey me quiere nombrar almirante que lo haga mientras pague bien.
El comentario de Doria arrancó una sonrisa en Piero.
El sonido de la campana rompió la calma. Doria miró a uno y a otro lado para tratar de descubrir la causa de la alarma. No tardó en averiguarlo.
—¡Barco a estribor!
Doria plantó sus ojos negros en aquel mar que seguía sereno, pero que había dejado, sin embargo, una imprenta de la destrucción que se habría producido horas antes.
A no más de dos millas, una nave mercante navegaba a la deriva con las velas rasgadas.
No se apreciaba un alma a bordo, solo silencio.
A medida que se acercaban a la embarcación, más y más tablones poblaban el mar, incluso sobre uno de ellos un marinero se había aferrado a él — del cuerpo inerte no quedaba vida — y pronto descubrieron más y más cascarones vacíos que alguna vez tuvieron vida y que bien habrían sucumbido al acero, la pólvora o el propio mar.
—Ha sido un abordaje — indicó Piero —. El sexto en lo que llevamos de mes.
— 5 Sarracenos — añadió Doria —. La estupidez de los reyes que gobiernan el mundo. Mientras pelean entre ellos, los sarracenos extienden su dominio en la tierra y el mar.
Notas
4. ↩ Así eran conocidos los comandantes mercenarios.
5. ↩ Calificativo con el que comúnmente los cristianos se referían a los musulmanes.