8. Los pecados que perdonamos
Los pecados que perdonamos
Los cortesanos huían de la furia del rey Francisco que todo lo destrozaba a su paso como un gigante encolerizado: la fina vajilla se hacía añicos al barrer con sus grandes manos la mesa sobre la que reposaba.
Las palabras no aplacaban su ira, nadie sabía cómo calmar a su señor, al que jamás habían visto estallar de tal manera.
Su piel estaba encendida, los ojos le salían de las órbitas y de su boca salían todo tipo de maldiciones mezcladas con saliva, como si poseyera glándulas capaces de segregar el más mortal de los venenos.
Su esposa la reina Claudia, quién portaba a su pequeña hija Margarita en brazos, contemplaba a su marido anonadada.
La reina Claudia no tenía un especial aprecio por su marido Francisco.
Sabía de las amantes del rey, pero trataba de cumplir con su deber como reina y darle así herederos al monarca.
Hasta ese momento habían concebido tres niños y tres niñas — todos crecían sanos a excepción de Luisa, quien murió a muy corta edad — Sabía que el rey no la deseaba: no era especialmente agraciada, era de baja estatura y los continuos embarazos habían hecho mella en su cuerpo, otorgándole una corpulencia que trataba de disimular con encajes de la misma manera que trataba de ocultar sus imperfecciones con numerosos cosméticos que a la larga habían estropeado su cutis.
Claudia sabía que había sido engañada y menospreciada y que su propio marido, en más de una ocasión, había hecho burla de ella a sus espaldas, incluso alguna de sus amantes se atrevió alguna vez a mirarla por encima del hombro.
Pero era reina, hija de un rey, y hasta ese momento, Francisco había mantenido en su presencia las apariencias y la discreción.
Claudia se disponía a marcharse cuando ante ella, las puertas de la cámara se abrieron de par en par.
La menguada figura de Luisa, la reina madre, emergió del umbral y caminó con naturalidad, elevándose por encima del caos desmedido, de los platos rotos, el vino derramado y la comida desperdiciada que había dejado atrás como un tifón, la desmedida ira de su hijo.
La reina madre se antojaba la más experta de las nodrizas y afrontando la situación tal como una rabieta de niño pequeño.
—Vete a ver cómo están tus hijos — Luisa encomendó la tarea a su nuera, como un mariscal de campo lo haría en la batalla.
Después de que Claudia se marchase sin rechistar, tomando la orden como un mandato divino, fueron los sirvientes quienes enmudecieron al verla avanzar hacia el rey y después fue el mismo Francisco quién se contuvo al percatarse de la presencia de su madre.
—Dejadnos solos — ordenó Luisa.
Los sirvientes acataron la orden de la reina madre con presteza. Luisa se plantó frente a su hijo, escrutándole atentamente con la mirada y esperando a que Francisco diera alguna explicación a su comportamiento. Tras titubear y apagar el fuego que recorría sus venas, el rey se justificó.
—Ese bastardo que aún se hace llamar duque de Borbón, a confabulado a mis espaldas con mi enemigo — respondió Francisco con dolor en su voz —.
Los… los ingleses se acercan a París. Y el mismo usurpador Borbón avanza desde el este con 500 jinetes y 10.
000 infantes ¡Ese maldito Habsburgo ha puesto al mundo en mi contra con sus artimañas!
—Aún no veo cuál es la causa de tus pataletas — respondió Luisa precediendo sus palabras con un suspiro que demostraba condescendencia.
—¡Acaso no lo veis, madre!
—Por supuesto que lo veo. La traición de ese duque de Borbón ha sido descubierta. Por lo tanto te puedes anticipar a tu enemigo y destruirle.
Francisco se acercó al trono y se dejó caer con aplomo. Se llevó la mano al ceño y lo frotó, pensando que de aquella manera se iban a disipar todas las nubes que nublaban su vida. Luisa se situó junto al trono y posó sus manos sobre los hombros del rey.
—El maldito Habsburgo ha puesto el mundo en mi contra — elucubraba el rey.
—Y te empeñas en luchar contra todos a la misma vez. Eres el rey de Francia, tienes un poderoso ejército a tu disposición. Lánzalo contra el Borbón, ahora mismo, el más débil de tus enemigos.
—Aun así, vencer a Carlos de Borbón no sería suficiente — se aquejó Francisco.
—Controlas el mar gracias a ese genovés de Andrea Doria — repuso la madre.
—Pero mis enemigos están en la tierra madre: en Castilla, en Inglaterra y en Roma… sí madre, en Roma, el Santo Padre hasta no hace mucho estaba subordinado al Habsburgo.
—Recuerda hijo, que por muy santo que sea el Papa, sigue siendo un hombre; un mortal como los demás.
Como todos los hombres despierta recelos y envidias y más aquellos cardenales perjudicados debido al empecinamiento que ha puesto Adriano, con acabar con sus corruptelas.
— Luisa soltó una leve risa —. Por muy hombres de Dios que sean, esos cardenales solo quieren que el pontificado de Adriano pase rápido.
Algunos solo necesitan un pequeño empujón para ir a por su deseo.
Francisco destensó sus músculos, como si una revelación hubiese acudido a su mente. Se permitió visualizar el cambio de tornas. Incluso se permitió esbozar una sonrisa.
Basílica de Santa María la mayor. Roma. 14 de septiembre de 1523
El Papa Adriano VI había despertado aquella mañana como cualquier otra día más.
Como cada inicio de jornada, había transitado por el interior de la basílica bajo el artesonado dorado.
A pesar de querer impregnar y dar ejemplo de una mayor austeridad que su predecesor, continuaba deslumbrándose con los mosaicos, los lienzos y la escultura con la que daban nueva vida a la ciudad los artistas renacentistas.
Eran tantas las cuestiones que se sucedían en sus pensamientos que trataba de ponerlas en orden mientras deambulaba por el bello recorrido que llenaban de luz y de vida sus ojos.
En aquel instante debatía con su conciencia: se había prometido así mismo y a pesar del afecto que le guardaba a Carlos, ser neutral en la disputa que tenían su antiguo señor y Francisco de Francia.
Pero por otro lado pensó que cuanto antes acabase la guerra, antes se podrían centrar los reyes cristianos en la guerra cruzada contra el turco.
De hecho el gran sultán Solimán no había perdido el tiempo y había enviado a sus señores del mar, entre ellos al terrible Barbarroja, a conquistar la isla de Rodas y a asegurarse así, todo el Mediterráneo Oriental.
Los turcos eran la verdadera amenaza de Italia y del mundo entero.
Adriano se detuvo frente a un retablo donde estaban representadas la figura de la virgen entronizando al niño.
Pero, una punzada de dolor le sobrevino.
Sintió un peso en la boca del estómago que sin previo aviso se convirtió en una llama que se extendió sorpresivamente como un incendio por sus tripas.
No sabía cuál era la causa de aquel mal que le atormentaba ¿Acaso era un castigo de Dios?
¿Acaso no estaba siendo un buen padre para su iglesia?
Estaba combatiendo aquella nueva herejía creada maliciosamente por Martín Lutero y estaba limpiando el seno de la iglesia de aquellos hombres que habían tomado el hábito con el únici fin de hacer uso de su cargo para beneficiarse a sí mismos.
Él mismo se comportaba como el más humilde de los siervos de la iglesia, siguiendo los oficios y cumpliendo los sacramentos como era menester.
El dolor iba en aumento hasta tornarse insoportable, hasta incluso quitarle el habla.
Todo se oscurecía, las voces de los que prestos acudían a socorrerle mientras dejaba caer su peso, se antojaban más lejanas, como si el suelo se hubiera partido transportándole así, lejos de su propio cuerpo.
Entonces cayó en la cuenta de que aquello no sé trataba de un castigo divino, sino más bien de la confabulación de los hombres, hijos del pecado.
Podrían hacer sido las sombras que danzan en la noche, siervas de los cuerpos de carne y hueso, las que podrían haber entrado en su cámara y ahogarle con su almohadón mientras dormía.
Pero optaron por algo más sutil. La mano asesina que podría haber vertido aquella misma mañana el letal veneno en un vaso que bebería.
El mismo veneno que estaba haciendo su mortal efecto.
No podía señalar porque ya no se movía. No podía acusar pues su boca ya no emitía sonido. No podía saber.
Real Alcázar de Madrid.
Carlos se encontraba junto a una veintena de sus hombres transitando los bosques que colindaban con la fortaleza.
Iban equipados para disfrutar de una jornada de caza.
El Rey de Romanos descabalgó en cuanto vio acercarse a su secretario Francisco de los Cobos, siempre con un rictus serio en su afilada cara que acentuaba con una barba negra.
Su mirada astuta e introvertida hacían ver que el secretario sabio cuando hablar y cuando callar.
Aquella irrupción era inesperada para Carlos, pero aún más inesperado era el serio semblante del mensajero.
Carlos avanzó hacia su secretario, pues sabía que más mala que buena, una noticia portaba.
Francisco de los Cobos no se hizo de rogar y como el ungüento que sana la herida, vertió la mala nueva sobre el emperador, esperando a que el dolor al recibirla solo fuese momentáneo.
Adriano de Utrecht, su viejo mentor había muerto.
Carlos entornó los ojos y reprimió todo tipo de emoción, además de por el afecto que sentía hacia la persona de Adriano, por la duda que le invadía: ¿Quién ocuparía ahora el trono de San Pedro?
Palacio Medici Riccardi (Florencia)
—El Papa Adriano VI ha muerto.
Aquella noche de luna llena, Giulio de Medici amaneraba su lustrosa barba grisácea.
No podía dormir. Contemplaba el cielo estrellado desde el patio interior del palacio de su familia, en la misma ciudad donde los suyos se había convertido en cabeza visible de la República de Florencia desde hacía ya toda una vida.
Lo que le quitaba el sueño a Giulio de Medici no era la elección del nuevo Papa; era un hecho que él sería elegido como nueva cabeza del catolicismo ya que aún todos se acordaban de las tretas realizadas por Alejandro Farnesio en el último cónclave ,además, había procurado atraer a todos aquellos dubitativos con su voto a su bando.
Lo que le quitaba el sueño al Medici era lo cerca que el rey Carlos tenía la victoria en la guerra contra Francisco.
Su triunfo a bien seguro le daría el control de la península itálica.
El Habsburgo dominaba el sur en Nápoles y ahora también el norte desde que expulsase a los franceses del Milanesado.
No cabía duda de que el nuevo emperador se había convertido en un problema para sus intereses.