Carlos V. Trilogía Completa 7. La fuerza del Sultán
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7. La fuerza del Sultán

La fuerza del Sultán

La brisa marina, la sal en sus labios, el sol encendiendo su piel.

Sus ojos negros se habían acostumbrado a la luz cegadora del gran astro que en el horizonte era engullido por el mar, como una bola de fuego que se resistía a apagarse.

Sus cabellos negros conservaban toda la intensidad de su adolescencia, pero su cuerpo estaba curtido tras tantas batallas bajo las órdenes del mismísimo Barbarroja: primero de Aruj y después de HIzir.

Hassan no deseaba más riqueza que la que pudiera ofrecer la sensación de libertad que le brindaba el mar. No recordaba su anterior vida cristiana, ni quería hacerlo: aquella donde vivía en servidumbre a las órdenes de un porquero hasta que el legendario Baba Aruj Brazo de Plata le liberó de ella.

Añoraba a Baba Aruj, quien le había adoptado como un hijo.

De él aprendió todo lo que tenía que saber en el manejo de la espada y las naves.

También heredó del corsario su amor por el mar.

Cuando Aruj murió, su hermano Hizir recogió el testigo para que así, el temor que tenían los cristianos hacia aquel al que llamaban Barbarroja persistiera.

Podían haber matado al hombre, pero su leyenda era inmortal.

De hecho, después de que la cabeza de Baba Aruj fuese paseada en procesiones por la Berbería tras su muerte, o de ser grabada en blasones españoles, muchos de los que tuvieron la mala fortuna de cruzarse con Hizir en el mar, pensaron que se trataba del mismo fantasma del Barbarroja que temían y al que habían dado por muerto.

Los cristianos lo decían en sus costas y en las cubiertas de sus barcos: a Barbarroja, el señor de Argel, no se le puede matar, y si alguien lo hace, aunque su cabeza sea cortada, volverá de entre los muertos con una furia implacable.

Hizir tal vez no era tan propenso a embarcarse a los dominios marinos como lo fue Aruj en el pasado.

Pero era un hábil e inteligente diplomático, que supo ganarse el respeto del nuevo Gran Sultán, Solimán.

Hizir poseía una gran flota y hombres fieles y con coraje que no dudaban en embarcarse hacia puertos inciertos.

Uno de esos hombres era Hassan, al que llamaban 2 ibn Aruj.

Hacía ya más de cuatro meses de la llegada a Rodas de las más de cuatrocientas naves lideradas por Mustafa Pasha.

Habían fondeado al norte de la isla. Cien mil hombres habían navegado para llegar a la plaza controlada por los Caballeros Hospitalarios de San Juan.

Aquel era el último bastión cristiano que quedaba en el Mediterráneo Oriental.

El propio Hassan había ayudado a los hombres bajo su mando a llevar las bombardas a tierra y que quedarían alineadas junto a los enormes y cilíndricos basiliscos frente a las murallas de Parambolino.

Hassan pudo ver en la preparación del asedio como los cristianos se habían esmerado en la defensa de la ciudad: habían cerrado la entrada al puerto con grandes cadenas de metal para evitar el asedio de las naves otomanas; habían cavado grandes fosos junto a las murallas; y habían demolido edificios para tener una mejor visión de tiro para abatir a los invasores incautos que se acercasen a las murallas.

Seguramente habrían recolectado agua y comida en abundancia para aguantar el asedio durante meses.

Pero por muy fuertes que fuesen sus defensas, aquellos ilusos cristianos no tenían nada que hacer contra la fuerza del Gran Sultán.

Los corazones de los defensores apostados en sus murallas se habían encogido al contemplar el despliegue de hombres y de medios que habían arribado para tomar la isla.

Pero más habrían palidecido al escuchar las palabras que a pleno pulmón entonaba un emisario frente a la muralla, escritas por puño y letra del mismísimo Solimán.

—Este es un mensaje del gran Solimán para Villiers de L'Isle-Adam, gran maestre de Rodas, para sus caballeros, y para todo aquel que habite en esta isla.

— El emisario carraspeó durante un segundo y tragó saliva antes de recitar las palabras de Solimán, pues sabía que, desde lo alto de las murallas, cientos de flechas y cañones le estaban señalando —.

3 Las monstruosas heridas que han causado a personas afligidas han despertado en mí lástima e indignación.

Les ordeno, en consecuencia, que entreguen inmediatamente la fortificación y la isla de Rodas, y les daré la gracia de partir en seguridad con sus más preciadas pertenencias; o si desean permanecer bajo mi gobierno, no les exigiré ningún tipo de tributo, ni habrá disminución alguna de sus libertades, ni acción alguna en contra de su religión.

Si son sabios, preferirán la amistad y la paz en vez de la guerra cruel.

Pues, si deben ser conquistados, tendrán que padecer todas las miserias que suelen infligir los victoriosos a los vencidos, miserias de las que no los protegerán ni sus propias fuerzas, ni ninguna ayuda externa, ni siquiera la fuerza de sus fortificaciones pues las despedazaré hasta sus cimientos.

Esto lo juro por Dios en el cielo, creador de la tierra; por los cuatro evangelistas; por los 4000 profetas, quienes han descendido del cielo, de quienes el principal es Muhammad, a quien se debe la mayor reverencia entre todos; por las sombras de mi abuelo y de mi padre, y por mi sagrada, augusta e imperial cabeza.

La advertencia del Gran Solimán no fue escuchada por los cristianos que respondieron lanzando una flecha a los pies del emisario. Este alzó con fe la mirada hacia las murallas, dio media vuelta y se marchó tras las líneas de las fuerzas otomanas.

Hassan cavó túneles junto a sus hombres; se unió con el fuego de los cañones a la toma de la guarida de los caballeros.

Los cristianos resistían y las murallas seguían erguidas como si desafiasen la voluntad del mismísimo Alá.

Y cuando se pudo hacer brecha tras meses y meses de bombardeos, los cristianos repelían cada uno de los ataques del ejercito otomano.

Tras meses de asedio, Hassan pudo ver que los ánimos habían disminuido no solo entre sus hombres, sino también entre el resto de los invasores.

Los cristianos permanecían tras los muros, agotados, sin aliento, viendo cómo los viñeros ardían, el hambre se acrecentaba y la sed secaba sus labios.

Maldecían a los reyes cristianos: Carlos y Francisco, enzarzados en una guerra que parecía no tener fin, mientras los paganos, los verdaderos enemigos de la cristiandad, asolaban sus tierras.

Habían pasado unos meses de desgaste mutuo donde solo un hombre, Solimán, parecía mantener una inquebrantable fe en la conquista del bastión cristiano que desde hacía más de doscientos años dominaba la isla.

Los cristianos decían que sus mártires convertidos en santos protegían la ciudad de cualquier invasor.

A Hassan le habían llegado los rumores de algunos de sus hombres que empezaban a dudar de su propia fe.

Aunque nadie se atrevía a promulgar la duda, ya que sabían que el mismo Hassan, pasaría la afilada hoja de su daga por las gargantas de esos infieles, para evitar que la blasfemia se propagase por el resto de las tropas.

Cuando todos pensaban que la paralizada conquista de Rodas se alargaría hasta que el sol saliese por occidente y una extensa nube negra cubriese el cielo, los vigías vislumbraron con la primera luz de la mañana, a un reducido grupo de cristianos portando una bandera blanca.

Se rendían, eso era lo que comunicaban los generales otomanos.

Se rendían, entregaban la ciudad, el último bastión cristiano en el Mediterráneo Oriental, las aguas eran ya del Gran Imperio Otomano y muy pronto lo sería la tierra.

Los cristianos agotados solo pedían que se les respetase la vida y que se les permitiera partir en paz, y así lo concedió Solimán, el misericordioso a los ojos de unos.

Muchos le llamaban el Magnífico: no solo permitió marchar a los caballeros que defendían la isla; les dejó ir con sus armas, sus reliquias cristianas y el tesoro de la orden.

También dejó a los más humildes marcharse con sus posesiones más preciadas.

Eso sí, los cruzados también se marchaban con la vergüenza y la deshonra reflejada en sus rostros mientras desfilaban ante la atenta mirada de los otomanos que, desconfiando de la palabra de los cristianos, aún no habían envainado sus cimitarras.

Rodas fue conquistada porque era la voluntad del gran Solimán, la sombra de Alá en la tierra. Así lo creía Hassan, así lo creía el resto de los hombres que veían con el mentón en alto y el pecho hinchado de orgullo como los cristianos se marchaban.

—Que sigan luchando — dijo junto a Hassan un veterano de barba grisácea y con una gran cicatriz que recorría su mejilla —, que sigan luchando entre ellos esos estúpidos reyes cristianos. Que miren hacia otro lado mientras se hace la voluntad del Gran Sultán.

Hassan reflexionó sobre esas palabras y asintió dándole la razón al viejo otomano. Mientras los reyes cristianos seguían con sus intestinas guerras. Solimán avanzaba con la zancada de un gigante. Habían tomado el mar y pronto tomarían la tierra ¿Sería alguien capaz de pararles?

Pronto descubriría la respuesta a su pregunta y su nombre, Andrea Doria, sería pronunciado con el mismo temor con el que los cristianos pronunciaban el nombre de Barbarroja.

Notas

2. ↩ Hijo de.

3. ↩ Misma carta enviada por Solimán al Gran Maestre de la orden de San Juan, Villiers de L’Isle Adam.