6. La traición a un hombre
La traición a un hombre
Francisco I se encontraba sentado en su trono. Estaba rodeado de paredes blancas como el marfil y doradas como el oro. Tapices elaborados y pinturas con las que los más prestigiosos artistas estaban llenado con su talento los espacios en blanco de su palacio.
A pesar de estar sentado, Francisco dejaba ver que gozaba de una gran envergadura.
Era orgulloso y arrogante, como hacía ver con la mirada que dirigía a sus cortesanos.
El rey se rascaba con impaciencia su barba negra, con sus ojos oscuros dirigidos a las puertas del salón.
Suspiró y miró a su madre, Luisa de Saboya.
Si el rey había heredado su gran estatura, no había sido por su menuda madre.
Ha diferencia de su hijo, que vestía con ricas ropas de telas azules, ella portaba un vestido oscuro al igual que la cofia que cubría su cabello.
Finalmente, las puestas del salón se abrieron, entrando por ellas un hombre de alta cuna, ataviado con un jubón dorado que parecía dar un color más vivo a sus cabellos tan cobrizos como su barba.
El hombre se dirigía al trono con paso decidido y seguro, apuntando con una fugaz mirada llena de rencor a la reina madre y con el mentón en alto y orgulloso al rey.
Finalmente enfrentó el primero de los cuatro escalones tapizados que ascendían al trono del rey e hincó la rodilla.
Francisco se tomó un momento para deleitarse al ver a aquel hombre arrodillado ante él, incluso dejó soltar un suspiro.
Hasta que finalmente, dirigiendo una mirada cómplice a la reina madre y tras dibujar una sonrisa de satisfacción en sus labios, ordenó:
—Alzaos, Carlos de Montpensier.
—Carlos de Borbón, majestad — respondió el recién llegado.
—¿Decís? — Francisco se levantó del trono dejando pequeño al noble al lucir su gran altura —. ¿De borbón decís? ¿Os atrevéis a corregir a vuestro rey?
—No es mi intención majestad. Solo hago valer uno de mis legítimos títulos. En honor a mí difunta esposa Susana, desearía ser llamado así y ser reconocido como tal.
El rey se acercó con zancadas medidas a su progenitora que observaba atentamente al noble que mantenía la vista al frente, manteniéndose firme y con el mentón elevado, llevando su orgullo a lo alto mientras una pequeña gota de sudor resbalaba desde su sien hasta descolgarse por su barbilla.
—El condado de Borbón y otros títulos que vuestra esposa Susana heredó de su padre no os pertenecen ¿No lo sabíais?
— Carlos de Borbón entorno los ojos al escuchar las palabras del rey, era como si un puñal rasgara su pecho—.
Susana no tuvo un heredero con vos, quien sí estaría legitimado a recibir su herencia: los condados de Clemont, Forez y la Marche; los ducados de Auvergne y de Borbón; el Principado de Dombes y el señorío de Beaujeu, sin duda les pertenecería a vuestros herederos con Susana, pero no habéis sido capaz de engendrar uno.
Carlos de Borbón tensaba su cuello. Su rabia presionaba su carótida para salir como el aliento contenido de un dragón por su boca, pero no podía porque delante tenía a su rey.
Sabía que si se dejaba llevar perdería algo más importante que sus posesiones, la misma vida.
Tragó saliva y se engulló con esfuerzo la rabia amarga que ardía en su estómago.
—Ma… majestad. Os estoy sirviendo como ningún otro general en la guerra lo ha hecho contra el Habsburgo.
—¿Y me estáis sirviendo bien?
Francisco se acercó lento y amenazante a Carlos. Bajando los tres escalones del trono, marcando cada pisada.
—Soy el rey y vos sois mi condestable. Vuestra obligación es servir a Dios y por ende servirme a mí.
Vuestra obligación es vivir y morir por vuestro señor.
— Francisco alzó la mano frente a Carlos de Borbón y señaló con su gran dedo índice a su madre Luisa, que satisfecha, contemplaba la escena —.
Mi madre, es la pariente más próxima de vuestra difunta esposa Susana ¿Acaso pretendéis ser un usurpador?
¿Es eso lo que queréis? — Francisco guardó silencio durante unos segundos, esperando una respuesta de Carlos de Borbón que no recibió —.
Por vuestro silencio diría que estáis de acuerdo con mi juicio.
Ahora marchaos. Seguid con la obligación de ganar la guerra por Francia y vuestro rey.
Carlos asintió despacio, masticando su furia a la par que su sien palpitaba con fuerza, marcando el ritmo del son de su corazón orgulloso y herido.
Dio media vuelta y asintió primero hacia el rey que se lo había arrebatado todo y después a la reina madre, clavándole unos ojos cubiertos por el velo traslúcido de la ofensa.
Francisco observaba altivo y con la satisfacción dibujaba en sus labios como su condestable se alejaba con paso ligero hasta salir de la sala del trono.
Cuando las puertas se cerraron sintió los pasos de su madre acercándose a su espalda.
Carlos suspiró, sabía que Luisa siempre le lanzaba alguna crítica que acababa por minar su humor.
—Has hecho lo que tenías que hacer hijo ¿Pero tenías que humillarle de esta manera?
Francisco se acercó a una mesa cercana y llenó un vaso de vino con la misma premura con el que se lo llevó a la boca.
—El condestable ya tiene a sus hombres para que le regalen con cumplidos los oídos.
Está ganando fama y prestigio. Está bien bajarle a la tierra y colocarle en su sitio.
Es una buena manera de hacerle ver cuál es su lugar, saber a quién sirve y para que entienda que yo, su rey, tengo la última palabra.
— Francisco resopló y se volvió a su madre —.
Por eso y porque la guerra contra ese maldito Habsburgo es cara y nos ha dejado las arcas vacías.
—La guerra, y los festejos, y las obras de los artistas que adornan este palacio — remarcó la madre recorriendo con sus ojos los lustrosos mosaicos, cuadros y esculturas.
—El poder no solo se atesora. El poder también se muestra — sentenció el rey con el pecho henchido.
Real Alcázar de Madrid. Unos días después.
El viejo alcázar se elevaba sobre una colina escarpada.
Desde las alturas un emperador ponía su vista en la planicie, llevando sus ojos hasta el horizonte, donde más allá, a cientos de miles de kilómetros, los soldados emponzoñaban sus heridas en lodazales o caían muertos, hundiendo sus cuerpos en el barro.
Más allá de donde alcanzaba su vista, sus reinos seguían extendiéndose.
Asomado en aquella balconada que daba a la inmensidad, Carlos visualizaba como aquel lugar podría convertirse en el nuevo núcleo neurálgico de Las Españas.
Pero, en cualquier caso, el Alcázar de Madrid, carecía de un aspecto homogéneo y atractivo a los ojos de los visitantes, y su interior estaba lleno de estancias oscuras y pasillos laberínticos.
Todo un emperador merecía más. Por ello mando a iniciar las reformas y las ampliaciones necesarias del edificio.
Pero aquella era una empresa más que el joven César se había propuesto en medio de una interminable guerra, y las guerras eran caras.
Escuchó los pasos que se acercaban a su espalda, eran conocidos por él, pues los había escuchado un millar de veces antes.
Mercurio de Gattinara acudía a Carlos portando noticias.
Carlos seguía con su vista puesta en la tierra castellana, elevando su voz sobre la brizna que peinaba los campos de trigo.
—Me acostumbraría a este lugar, a esta paz. Y pensar que hace solo poco más de un año, cerca de estas mismas tierras, estallaba el clamor de la revolución.
—Vuestros súbditos castellanos y aragoneses están empezando a aceptaros, César. Era cuestión de tiempo. El perdón general hacia los comuneros ha ayudado a que os vean como un soberano misericordioso.
—Cuando se pacifiquen las revueltas en Aragón pretendo hacer lo mismo— dijo Carlos.
—Estoy seguro en que Germana de Foix cumplirá como virreina en Valencia
Carlos sintió una punzada en el corazón al escuchar el nombre de Germana.
Había estado con otras mujeres como Johanna María Van der Gheynst: era la hija de un aristócrata de la flamenca Audenare.
Era un joven de gran belleza. De la fugaz pasión nació una niña que se llamó Margarita.
Hubo otras, pero ninguna como Germana, la primera, la que le instruyó en el placer, la que le hizo conocer los senderos sinuosos, ocultos a los ojos de Dios, por los que uno desciende dejando atrás los sacramentos.
Del pecado también nació Juana a quien Germana criaba con otro hombre.
—Mi deseo hubiese sido tener a mi hermana Leonor aquí en Castilla como virreina. Pero Juan, el nuevo rey de Portugal no quiere desprenderse de ella.
—Tal vez ese rey aún sienta algo por ella. Su propio padre convirtió a su prometida en su madrastra. — puntualizó Gattinara —. O tal vez quiera daros una lección por haber anunciado vuestro compromiso con la niña Tudor. Al fin y al cabo, habéis rechazado a su hermana.
—Mi hermana Leonor me ha hablado bien de la princesa Isabel de Portugal.
Reúne todas las cualidades que yo podría desear de mi reina — Carlos reflexionó en voz alta —.
He establecido las alianzas necesarias para ganar esta guerra y por ello estoy pagando un precio muy alto.
Tal vez cuando Francisco esté derrotado pueda desentenderme de la niña Tudor.
Gattinara tragó saliva, pues desconocía las verdaderas intenciones de su señor.
—Cautela majestad… cautela. Enrique Tudor es imprevisible, pero más aún lo es su favorito, Thomas Wolsey.
Carlos negó con la cabeza, no quería escuchar más a su canciller hablando sobre el asunto de su compromiso matrimonial, pues no le decía lo que deseaba oír. Trató de controlar el tono de su voz, templar sus nervios y se dirigió a Gattinara con otra pregunta:
—¿Qué buenas nuevas traías hoy, Mercurio?
Gattinara carraspeó una vez para aclararse la garganta. La pregunta le había cogido por sorpresa.
—Hemos recibido noticias de uno de nuestros informadores. Carlos de Borbón estaría dispuesto a unirse a vos para derrotar a Francisco.
—¿Y ese cambio de parecer en el condestable de Francisco?
—Una desavenencia debido a la herencia que debía recibir de su difunta esposa.
Carlos se llevó las manos a la espalda y cerró los ojos. Elevó el mentón, el aire fresco acariciaba su rostro, provocándole una agradable sensación de confort. Sentía que la victoria podría estar cerca.
—Es el momento. Enrique Tudor debe cumplir su parte del trato y atacar desde Calais. El Borbón debe hacer lo propio antes de que su señor descubra sus verdaderas intenciones. Aplastaremos a Francisco.