Carlos V. Trilogía Completa 5. A la espera de un rey
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5. A la espera de un rey

A la espera de un rey

Desde las terrazas de palacio se vislumbraban las naves comerciales que iban y venían surcando el Tajo.

Ahí estaba la princesa Isabel de la casa de Avís, respirando la brisa marina que acariciaba sus cabellos Castaños y su delicada piel blanca.

Llena de las comodidades y acostumbrada a los lujos de palacio, la joven princesa sentía una envidia ilógica para los más humildes de sus súbditos.

Incluso pensaba que las garzas que altas emprendían el vuelo eran mucho más desdichadas que ella.

Antes de morir, el deseo de su madre era que casara solo con un rey.

Era lo mínimo que se podía esperar de la mayor de sus hijas, de lo contrario su destino debía ser tomar los hábitos y pasar el resto de sus días clausurada, dedicándose únicamente a la fe.

Pero no había perdido la esperanza por recibir la petición del joven rey Carlos de Habsburgo.

Sin duda se trataba del candidato ideal, solo tres años mayor que ella.

Pero Isabel sabía que el tiempo corría en su contra, a su edad ya tendría que estar casada y con uno o dos hijos, pero Carlos estaba enfrascado en su guerra con Francisco de Francia y el asunto de su compromiso debía ser cuestión secundaria para él.

—Sabía que estarías aquí.

La princesa se volvió, encontrando a su espalda a su madrastra, cuatro años mayor que ella, además ,se trataba de su mejor amiga en la corte lusa, Leonor de Habsburgo.

Eran cierto todo lo que se decía sobre la belleza de Leonor.

Isabel se deslumbró el primer día en que la vio, hacía ya cuatro años.

Era de grácil figura, piel blanca como la nieve y cabellos oscuros.

Una joven risueña que mostraba su cultura con el don de la palabra.

Llevaba en brazos a su hija de un año y de la que nunca se separaba porque pensaba que era lo único que le quedaba.

La niña era de idénticos rasgos a los de su madre

Isabel recordaba con añoranza aquel tiempo en el que su hermano Juan se sentía afortunado por estar prometido a ella: no solo casaría con una princesa bien posicionada, sino también hermosa, era todo lo que un príncipe que lo tenía todo podía desear, pero el compromiso se torció y con ello su carácter que se volvió más agrio y amargo.

El viudo rey Manuel, su padre, también quedó prendido por el encanto de la joven Leonor.

Se cambiaron las condiciones del acuerdo para que fuese Manuel y no Juan quién casara con Leonor.

Leonor pasó de prometida a madrastra de Juan, Isabel y del resto de sus hermanos que en ese mismo momento recelaron de ella.

Leonor en cambio trató de ganar el afecto de todos, pero nada podía hacer ante la amargura del príncipe Juan.

Incluso después de la muerte de Manuel dos años después de que la joven Habsburgo contrajera matrimonio con él.

Juan, convertido en el nuevo rey de Portugal, seguía manteniéndose frío y distante con ella y su hija, la última semilla de Manuel, María.

Leonor era así, una reina extranjera en una corte extranjera.

Vestía el negro en recuerdo de su difunto marido.

Pero su corazón seguía latiendo por Federico de Baviera.

El hombre que su hermano Carlos apartó de ella al sentirse traicionado tras conocer la relación amorosa que habían llevado en secreto.

Para consuelo de ambas, se tenían la una a la otra.

—He recibido otra carta de mi hermano — dijo Leonor apesadumbrada.

Isabel se acercó a Leonor con algo de duda.

Normalmente Leonor solía dirigirse a ella con alegría, sobretodo a la hora de hablarle del correo que intercambiaba con Carlos.

En sus cartas, Leonor alababa las cualidades que atesoraba Isabel.

Carlos en ocasiones respondía con indiferencia, en otras entusiasmado.

Pero por la expresión que guardaba Leonor en el rostro, Isabel intuyó que las palabras de aquella última carta no le agradarían.

—Por favor, Leonor… dilo ya.

—Mi hermano… ha anunciado su compromiso con María Tudor.

—¿Una niña?

Al sentir que se humedecían sus ojos, Isabel dirigió su vista al río para darle la espalda a Leonor.

No quería que la viera llorar. Se sentía tonta, como una niña a la que la habían roto la ilusión.

No había motivo para llorar y menos por mostrar las lágrimas derramadas por un hombre al que ni siquiera conocía.

No obstante, Carlos era la llave que le liberaría de una vida de clausura en el caso de que casara con él.

—Sí. Una niña a cambio de ganarle la guerra a Francisco de Francia — respondió Leonor con desasosiego.

Una niña por una guerra. Una niña por garantizarse el apoyo del rey de Inglaterra.

Isabel sentía el consuelo de la brisa de primavera que le acariciaba por debajo de su vestido para consolarla.

Era lo único que le quedaba además de un destino que le sepultaba bajo días idénticos los unos de los otros hasta marchitar en la sombra.

Pero mientras su destino le alcanzaba, Isabel no se rendía. Seguía esperando y esperando.