4. El alfil, la reina, la torre y el caballo
El alfil, la reina, la torre y el caballo
La ciudad brillaba aún más que en la festividad más grande del Señor.
Las aguas del Támesis arrastraban la suciedad y los desechos que los londinenses habían vertido para recibir con sus mejores galas no solo a un rey, sino a dos.
Una gran corte seguía el trote solemne de los caballos qyñue portaban al rey Enrique VIII de Inglaterra y a su sobrino político y Rey de Romanos, Carlos de Habsburgo.
Los dos se deleitaban ante los clamores del pueblo que bullicioso y copando cada palmo de suelo, mostraba su cariño.
Entre los dos reyes se respiraba la concordia y se mostraba al desfilar el uno junto al otro, con ropajes de telas oscuras borgoñesas casi idénticas.
Pero no eran hermanos por mucho que algunos súbitos contemplasen las muestras de amor fraternal que el rey inglés le dedicaba a Carlos.
Carlos a sus veintidós años estaba en la flor de la vida.
A pesar de la inocencia que pudiese trasmitir, su mirada era decidida.
Se estaba dejando crecer una barba castaña como sus cabellos, escondiendo bajo ella su marcada mandíbula.
Era de figura delgada a diferencia del Tudor, que desde su último encuentro había ganado peso.
Su corpulencia ya no solo estaba concentrada en su amplia espalda, también su barriga estaba algo más abultada.
Solo tenía pelo en su rubia barba y su piel se tornaba aún más rosada al realizar el más mínimo esfuerzo.
A pesar de ser nueve años mayor que Carlos, se podría decir que en apariencia casi le doblaba la edad.
Muy de cerca les seguía la princesa María: a sus ocho años recién cumplidos cabalgaba con un pequeño caballo junto a la reina consorte de Inglaterra, Catalina, tía de Carlos y hermana de su madre Juana.
A su llegada, la reina recibió con el abrazo de una madre a su sobrino.
Carlos sintió su afecto, pero también sintió la tristeza que envolvía a su tía, una que no percibió en su última visita a Inglaterra.
Notó que Enrique se mostraba más distante con ella, quizás la causa de dicho distanciamiento fuese Ana Bolena quien en la cabalgata seguía de cerca a Catalina; la nueva dama de compañía de la reina gozaba de la belleza y la juventud marchitas en Catalina.
De hecho a los oídos de Carlos había llegado lo que muchos comentaban en la corte inglesa, sobre esa joven que tan pocos meses llevaba al servicio de Catalina: la reina la miraba con recelo y el rey de Inglaterra con deseo.
La aparente concordia continuó hasta las puertas de Hampton Cour, donde el cardenal Thomas Wolsey, favorito del rey, había instalado su morada.
Los cuidados jardines precedían el lustroso palacio del hombre de mayor confianza del rey Enrique.
La flor blanca sobre una roja, emblema de los Tudor y que simbolizaba la paz inglesa tras la Guerra se las dos Rosas, se extendía en banderas y estandartes de las torres blancas más altas del edificio.
En la entrada principal les recibió Wolsey junto a un gran séquito.
El cardenal vestía con ropajes cardenalicios, propios de su posición.
Bajo su capelo se apreciaba su cabello tan negro como sus ojos que resplandecían como dos diamantes ocultos en una profunda gruta, con una mirada altiva y ambiciosa.
A su lado esperaba el canciller imperial y hombre de confianza de Carlos, Mercurio Arborio de Gattinara.
El canciller tenía los cabellos totalmente blancos.
Sus facciones eran marcadas, su mirada le trasmitía seguridad a su señor en aquellos momentos en que las dudas invadían a Carlos.
Cuando los cuatro accedieron al interior del palacio, el emperador percibía aún más la ostentación de la que hacía gala el cardenal Wosley.
Los nervios de piedra laberínticos recorrían las paredes hasta cruzarse en las infinitas bóvedas que cubrían la techumbre.
Todo brillaba; el dorado, el blanco, el azul y las obras pictóricas que adornaban las estancias que sin duda eran dignas de un rey.
Carlos recorría con su vista todos los rincones del palacio, extrañado, por el poder que parecía poseer Wolsey.
Al entrar a una gran estancia iluminada por la luz solar que atravesaba los grandes ventanales, los cuatro tomaron asiento. La tensión y la rigidez asomaron en el semblante del rey Enrique mientras el servicio servía vino rebajado con agua. El rey inglés fue el primero en hablar:
—Dios os sonríe sobrino, Dios os sonríe.
Si no fuese así, Dios no hubiese iluminado con su luz al nuevo Papa, vuestro mentor Adriano de Ultrech.
O tal vez sea fortuna, pero lo que está claro es que gracias a la designación de Adriano como nuevo Papa, vuestro enemigo Francisco ha perdido a un poderoso aliado que vos habéis llevado a vuestra causa.
Carlos miró primero a Wolsey, quien se agitaba incómodo.
Se podría decir que aún le molestaba el resultado del último cónclave donde su candidatura pasó sin pena ni gloria.
Después dirigió su mirada a su canciller Gattinara y este asintió, parecía indicarle a su señor que aquel era el momento propicio para pronunciarse sobre una cuestión que habían tratado previamente, antes de su encuentro con el rey inglés.
—Vuestras palabras son reconfortantes — dijo finalmente Carlos —.
Pero la guerra es tan traicionera como el mar.
A veces, como ahora los vientos nos son favorables, en otras ocasiones la tempestad puede sorprender y hacer naufragar hasta al más robusto de los galeones, mi señor.
Es por eso que es bueno navegar con hombres más extraordinarios como vos.
— Enrique relajaba su semblante con cada palabra de Carlos, hasta que lo volvió a torcer con la siguiente pregunta —: ¿Cuándo tenéis pensado declararle la guerra a Francia?
Ahora era Enrique quien miró a su favorito, el cardenal Wolsey, para volverse a Carlos y responder:
—Vos mismo estáis experimentando en vuestras arcas cuan cara puede ser una guerra. De hecho me pedisteis prestado.. ¿Cuánto era, 150.000 ducados? — Enrique miró a Wolsey para que le confirmará dicha cifra y el favorito asintió —. Además me pedís una flota que os escolte hasta Castilla.
—Por desgracia el nombramiento de Adriano como nuevo Papa, hace que deba desatender su labor como regente en las Españas.
Debo volver a esos reinos sin saber cómo me recibirán mis súbditos, dejando a mi tía Margarita como regente de los Países Bajos y cediendo los territorios austriacos a mi hermano Fernando.
Tal vez sea este el precio a pagar por soportar el peso del mundo, pero al menos sé que si me pasase algún infortunio, los territorios de los Habsburgo seguirían siendo dominados por un Habsburgo y el emperador seguiría siendo del linaje de mi familia.
—No tenéis hijos y por eso habéis hecho testamento en favor de vuestro hermano, pero sería bueno no solo para vos, sino también para Inglaterra que os prometierais a mi hija, la princesa María.
— Ante la pretensión del rey Enrique, Gattinara tosió incómodo — .
Es cierto que ahora es una niña, pero pensadlo, los años pasan rápido y esta guerra no verá su fin de un día para otro.
Tal vez pasen años antes de que firméis una tregua con Francisco.
Cuando reine de nuevo la paz, con doce o trece años, mi hija, la princesa María, podría trasladarse a vuestra corte y daros un heredero.
Carlos se revolvió incómodo ante la idea de comprometerse con la niña, pero sabía que para salir victorioso de la guerra contra Francia, que se había iniciado poco más de un año atrás, necesitaba un poderoso aliado como era Enrique Tudor.
—Sí vos le declaráis la guerra a Francia, podremos formalizar mi compromiso con vuestra hija, la princesa María.
— Quiero que quede una cosa clara — respondió Enrique —. Si yo me uno a vuestra causa no pactareis paz alguna con Francisco de Francia sin consultarme antes.
—No habrá paz — zanjó Carlos —. Francisco perderá todo lo que posee. Es lo menos que se merece por sus maquinaciones. Sí vos atacáis con vuestros ejércitos desde Calais y yo lo hago desde Vizcaya…
—No adelantemos acontecimientos. — Enrique levantó una mano con autoridad —. Hablaremos de todos los detalles durante los banquetes y los juegos que servirán para celebrar vuestro regreso y nuestros lazos que se estrecharán aun más. Ya sabéis de que manera me gusta tratar…
Las puertas del salón se abrieron interrumpiendo la intervención de Enrique.
De ellas surgió la bella Ana Bolena. Carlos pensó que Enrique rugiría al verse sorprendido por esa intromisión, pero en lugar de eso se puso rojo al contemplarla.
Con una leve reverencia hacia los presentes, la joven se acercó con pasos gráciles al rey de Inglaterra y se acercó a su oído.
—Majestad… la reina os reclama.
Enrique asintió.
—Por… por favor sobrino, acomodaros. Nos veremos más tarde.
Enrique se levantó y se marchó siguiendo embrujado los pasos de la joven. Wolsey se dispuso a hacer lo propio para acompañar a Carlos que ya se había puesto de pie.
—Me permitís un momento a solas con mi señor — dijo Gattinara aguardando en su asiento.
—Por supuesto — Wolsey asintió y salió de la estancia.
Carlos volvió a tomar asiento al tiempo que escrutaba a Gattinara, quién sostuvo su mirada tranquila hacia la puerta esperando que fuese cerrada.
—¿Ocurre algo Mercurio?
—Majestad — empezó a decir Mercurio de Gattinara con férrea seguridad —. Estáis tomando decisiones con vuestro corazón en lugar de con vuestra cabeza. Quien le ha respondido hoy al rey Enrique ha sido vuestro orgullo herido y no la mente despejada de un estratega.
—No ves más allá Mercurio, las fichas están sobre el tablero. Tengo torres, alfiles y caballos que rodean a Francisco que solo dispone de peones. Es el momento de acabar con él. Sin duda pagará cara su traición.
—Si Francisco de Francia se encuentra en esta situación es porque pecó de ambición y de soberbia, justo la que estáis mostrando vos.
— Carlos pensó por un instante la réplica hacia su canciller, hasta que de nuevo Gattinara le interrumpió —.
¿Estáis dispuesto a cumplir todas las promesas que le habéis hecho a Enrique?
¿Os casareis con la niña Tudor? Recordad lo que os advertí en su día: Inglaterra no tiene ni amigos ni enemigos. Tiene intereses.
Carlos se levantó como un resorte. Tal vez Gattinara tuviera razón en su consejo, pero la oportunidad era demasiado buena para ser aprovechada.
Francisco había traspaso todas las líneas al atacar Italia y al prestar apoyo a Enrique de Albret, pretendiente al trono de Navarra.
A cambio de la alianza con Enrique Tudor, Carlos se prometía a una niña.
Muy posiblemente, si faltaba a su palabra, podría significar el inicio de una nueva guerra con Inglaterra ¿Pero que otra opción tenía?
Carlos no tuvo réplica para su canciller,se levantó seguido por Gattinara y se dirigió a la gran puerta del salón. Al abrirla se encontró cara a cara con la reina de Inglaterra Catalina. Sin decir nada, la tía abrazó al sobrino.
—No hemos tenido mucho tiempo para pasar juntos. — Catalina posó su mano sobre la mejilla de Carlos y lo miró directamente a los ojos —. Tenéis la mirada cansada.
—Ha sido un largo viaje — respondió Carlos.
En ese momento, Carlos deslumbró una sombra escondida en los ojos de la reina Catalina, como si las venas que recorrían su cuerpo se hubieran tornado raíces y la sangre que las transitaban espesa savia que envolvía su corazón hasta ahogar sus propios latidos.
—¿Estáis bien? — preguntó Carlos.
—Ahora no debéis preocuparos por eso — dijo la reina —, pero me pregunto si me prestareis auxilio cuando precise de vos.
Carlos respondió con un fuerte abrazo ¿Qué reconcomía la mente de la reina? ¿Qué le quitaba el sueño acentuando sus ojeras, qué mal castigaba su cuerpo? Y la pregunta más inquietante que sobrevino a su mente: ¿Era el hombre con quién iba a establecer una alianza el responsable de quebrar su paz?