Carlos V. Trilogía Completa 3. La frontera entre dos mundos
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3. La frontera entre dos mundos

La frontera entre dos mundos

A las orillas del río Moldava se erguía el gigantesco castillo de Praga imponente desde su planta hasta el más alto de los pináculos.

Era tal su inmensidad, que sus murallas albergaban en su interior la basílica, el convento de San Jorge y el Palacio Real.

Fernando de Habsburgo no era la primera vez que visitaba aquel lugar, pero siempre se quedaba fascinado por sus dimensiones.

Se había celebrado la boda entre su hermana María y el rey de Hungría, Luis, el segundo de su nombre.

Desde que su hermano Carlos le cediera los territorios de la Alta y Baja Austria, Estiria, Carintia y Carniola, había estrechado relaciones con los Jagellón, la familia real húngara, sobre todo después de casarse un año atrás con Ana, hermana del rey Luis.

La unión matrimonial le ayudó también a acercarse mucho más a su desconocida hermana María.

María tenía el cabello recogido, de un castaño oscuro haciendo palidecer más su piel, nada que ver con el intenso cabello negro de Fernando.

A pesar de que María fuese solo dos años menor que él, la distancia entre ellos parecía mayor, otorgándole un aspecto más juvenil a María.

Podría ser que ello fuese debido a la jovialidad que irradiaba.

Fernando pudo apreciar que su hermana estaba verdaderamente enamorada del joven Luis, como pocas veces había visto en una reina hacia su rey.

Luis tenía dieciséis años el día de su boda, uno menos que María.

El joven rey correspondía a su reina con cariño y ternura.

A pesar de su juventud mostraba modales y cordialidad hacia sus invitados y súbditos, pero ante todo mostraba respeto y cariño hacia María, algo que Fernando verdaderamente agradeció.

A pesar de su juventud, Luis se había preparado para el ascenso al trono prácticamente desde el mismo momento de su nacimiento: su madre Ana había muerto por los esfuerzos del parto y su padre el rey Vladislao, fue perdiendo la cordura poco a poco a causa de la trágica perdida de su esposa, hasta su muerte hacía ya seis años.

Luis era de mirada afable, llamaba la atención por sus cabellos largos y rizados, rojos como el corazón del fuego de un hogar. Se podría decir que los rasgos del rey Luis eran casi idénticos a los de su hermana mayor Ana, esposa de Fernando.

Los cuatro presidían el banquete que estaba dando lugar en una noche invernal en uno de los salones del interior del palacio.

Los músicos y el baile amenizaban la cena dibujando una sonrisa en los labios del rey Luis, que se contagió en el resto de los invitados.

En todos menos en Fernando que sentado junto a Luis, apenas había probado bocado durante el día.

—¡Alegraos archiduque! — la voz de Luis hizo que Fernando huyera de los pensamientos que le habían mantenido ausente durante la velada —.

Vos casasteis con mi hermana el año pasado y yo lo he hecho hoy con la vuestra.

Eso nos convierte en hermanos por partida doble, o algo parecido.

Me llena de dicha. Sin duda, lo debemos celebrar.

Fernando reflexionó en silencio sobre las palabras expresadas por el rey de Hungría, tras unos segundos, se levantó lentamente de su silla ante la atenta mirada de todos en el salón y alzó su copa.

—Quisiera decir unas palabras. — Se hizo el silencio en el salón haciendo que los músicos dejasen de tocar sus instrumentos —.

Si me permitís decirlo majestad, hoy la alegría es doble: hoy no solo veo a mi hermana convertida en reina de Hungría, sino que también la veo feliz y enamorada y eso me llena de gozo.

Os deseo a los dos una larga vida juntos —.

Y con esas palabras, Fernando bebió, apurando su copa de vino hasta la última gota.

Entre aplausos Fernando volvió a tomar asiento. El joven Rey se llevó la mano al pecho e inclinó la cabeza en señal de agradecimiento al tiempo que los murmullos se acrecentaban y los músicos volvían a tocar.

—Gracias — susurró María, la nueva reina de Hungría, llevándose la mano al corazón.

Sin embargo el rostro de Fernando hacia ver que no estaba por la labor de unirse a muchos festejos y eso fue algo que supo detectar el rey Luis.

—Decís que estáis feliz, pero no veo la desdicha en vuestro rostro.

—No deseo estropear la celebración de este día con mis preocupaciones. Solo es que… disculpad majestad… olvidaos.

—Por favor hermano, si hay alguna cuestión que os preocupe compartidla conmigo. — Luis se acercó más a Fernando para hacer más secreta la conversación.

Fernando se removió en su silla incómodo. Era cierto que no quería arruinar la celebración, pero finalmente ante los ojos insistentes del joven rey de Hungría, se explicó:

—Hoy he recibido noticias del avance de los Otomanos y eso perturba mi tranquilidad. Desde el ascenso de Solimán, su imperio ha ido avanzando con pasos certeros. El año pasado su ejército arrasó Belgrado, demostrando así la fuerza de sus tropas.

—¿Creéis que no pienso en ello? — dijo el rey de Hungría borrando con ello la sonrisa que le había acompañado durante toda la celebración —.

Lo hago cada día. A pesar de ascender tan joven al trono no creáis que solo me preocupo de lo mundano.

De hecho, estoy esperando la ayuda de vuestro hermano Carlos, el Rey de Romanos, no he dejado de escribirle pidiendo auxilio.

—La guerra con Francisco de Valois mantiene ocupado a Carlos. A veces pienso que ignora que Hungría es la puerta del resto del continente para esos paganos. Lo cierto es que, si cae vuestro reino, después lo hará Viena y después el resto de la cristiandad.

Luis suspiró y arqueó las cejas, mostrándose superado por la situación que planteaba Fernando.

—No soy un rey querido por todos mis súbditos. En Bohemia los checos no me ven como su rey. Tal vez debería ceder por el momento, pagar los tributos que solicita el turco para ganar tiempo, al menos hasta que vuestro hermano gane su guerra.

La reina María que se sentaba junto a Luis forzó una tos seca para interrumpir la conversación.

—Querido hermano, hoy la situación no cambiará por mucho que os preocupéis. Celebrad conmigo este día, mañana será otro día.

Tanto Luis como Fernando asintieron y respondieron con una sonrisa.

María tenía razón nada cambiaría. Fernando entendió que debía dejarse vencer en aquellos pocos momentos de tregua que brindaba la vida.

Mañana sería otro día para tratar de hacer frente a todas las preocupaciones que mantenían en vilo a toda la 1 marca oriental.

Pero el nombre de Carlos seguía martilleando su sien.

Seguía pensando que su hermano no era capaz de dar prioridad a las cuestiones realmente importantes.

Notas

1. ↩ También conocida como Marca de Austria.

Las marcas servían como fronteras entre reinos o zonas neutras que podían estar controladas por dos estados.

En este caso también serviría como frontera entre los territorios cristianos y las poblaciones musulmanas o poblaciones eslavas.

Se empieza a usar esta denominación en el Imperio Carolingio, S.VIII. Solían estar gobernadas por un marqués.