Carlos V. Trilogía Completa 2. El cónclave
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2. El cónclave

El cónclave

El cardenal Giulio de Medici no las tenía todas consigo.

Hacía ya un mes de la muerte de su primo, el anterior Papa, Lorenzo de Medici que fue conocido durante su pontificado como León X.

A pesar de la insistencia del rey inglés por colocar a su favorito, Thomas Wolsey, en el trono de San Pedro, tampoco se le veía como favorito ya que el dinero corría más que las buenas palabras: los agentes tanto del rey Carlos, como los de Francisco, habían agasajado a casi cuarenta cardenales para que se hiciese su voluntad.

Parecía que esos dos hombres que solo habían vivido la guerra estaban de acuerdo en que un Medici volviese a ser Papa.

En las calles de Roma, entre tabernas y burdeles; entre corredores de apuestas y prostitutas, también se movía el dinero.

El cardenal Giulio había escuchado que la elección estaba entre él y Alejandro Farnese.

En el interior de una gran sala del palacio y cerrados bajo llave, los cardenales que llevaban con sus ropajes de rojo la habitación seguían debatiendo.

Llevaban un par de semanas en reuniones con votaciones frustradas; ninguno de los elegibles contaba con dos tercios de los votos.

Incluso Farnese intentó manipular la votación, pero fue descubierto y quedó desacreditado.

Eso le dejaba vía libre a Giulio de Medici para convertirse en el nuevo Papa frente a Thomas Wolsey que por su juventud no había recibido el apoyo suficiente.

Giulio podía acariciar el poder, se veía así mismo convertido en el padre de la iglesia; no podía ser para menos, él mismo era un Medici.

Su familia había prosperado, pero en aquel espinoso camino muchos de los suyos cayeron debido a la rivalidad con otras familias que ansiaban tanto como la suya el poder: Su propio padre Juliano se fue muy pronto a causa de una conjura hurgada por unos de sus muchos rivales, los Pazzi.

Ellos fueron los que, durante una misa en Santa María de la Fiore, acuchillaron a su progenitor hasta la muerte, dejándolo huérfano y desamparado.

La mejor de las armas para combatir a los malvados era el poder y el ascenso en la carrera eclesiástica era bien garante del poder.

Su tío Lorenzo adoptó a Giulio como hijo propio y lo crío como un hermano para su hijo de mismo nombre, el anterior Papa León X.

En cuanto a los Pazzi, fue el propio Lorenzo quien se encargó de callar las palabras de los Pazzi y de borrar toda huella e impronta de la memoria de todos; nunca más volvieron a ser un problema para los Medici.

Precisamente siguió los pasos en la carrera eclesiástica de su primo y gracias a ello fue nombrado arzobispo de Florencia y cardenal.

Él, un huérfano, se iba a convertir en Papa, extendiendo el temor entre sus enemigos, algunos tan cercanos que incluso podía sentir su hedor: ahí estaba el cardenal Pompeo Colonna entre sus iguales.

Lo veía con aires de grandeza, paseando un linaje construido a base de falacias.

En alguna ocasión Giulio de Medici le había escuchado decir que los Colonna descendían del mismísimo Hércules, de Octavio Augusto y de Trajano.

Ahora sería él mismo, como nuevo Papa, quién borraría a los Colonna de la faz de la tierra.

Pero entonces la aguda voz proveniente de la boca de una cara redonda y de ningún tipo de bello, penetró en sus oídos, envolviendo su espina dorsal:

—Tengo la solución a este enquistamiento. — Colonna se había dirigido a todos los cardenales —. Yo propongo a Adriano… Adriano de Utrecht.

—¿Adriano? — Giulio de Medici frotaba su barba mientras todos en el salón esperaban expectantes sus palabras —. Adriano está como regente en Castilla, además, no se encuentra entre los presentes… no… no ha acudido a este cónclave. No creo que él sea la mejor elección.

—Pero sigue siendo elegible — insistió Colonna, dirigiéndose de nuevo a todos los cardenales — ¿Quién puede ser mejor padre para la iglesia que alguien que no pretende serlo? La humidad puede ser una virtud muy poderosa.

Colonna los estaba convenciendo a todos: Giulio así lo pudo comprobar, viendo como asentían.

Pero el Medici no veía virtud alguna en el nuevo elegible, sino más bien una jugada maestra del rey Carlos o más bien de su canciller Mercurio de Gattinara, quién podría haber influido sobre las palabras de Colonna.

Sabía bien de las buenas relaciones de los Colonna con el imperio, más aun la que se había forjado durante la última guerra en Italia contra Francisco, rey de Francia.

Adriano de Utrecht había sido primero mentor de Carlos de Habsburgo durante su niñez y después uno de sus hombres de mayor confianza.

Carlos sentaba con la elección de Adriano una pieza clave en el trono de San Pedro y afianzaba el favor de la iglesia, en su guerra contra Francisco.

Era demasiado poder para un rey tan joven.

Giulio de Medici se veía perdedor; el rey Habsburgo le había privado de su victoria.

Sin duda Carlos de Habsburgo era un peligro, estaba atesorando demasiadas influencias.

Pero con resignación, Giulio de Medici asintió. Aceptó a Adriano. Su momento aún no había llegado.

Días después en Camerino (Noreste de Italia)

El gélido aire de los montes Apeninos, había teñido de blanco la pequeña urbe de Camerino.

Cuando Giulio de Medici quería ocultarse del mundo, lo hacía en esa pequeña ciudad que también le servía de recuerdo para saber que cualquier hombre, fuese de la iglesia o no, podía pecar.

En esa ciudad era donde los niños Medici se formaban para seguir el legado familiar y prosperar como los más poderosos del mañana.

Desde la distancia, en la altura que le ofrecía la segunda planta de la escuela, observaba a Alejandro: era fácil distinguirle, tenía la tez oscura de su madre Simonetta, una antigua criada de la familia a la que no había podido olvidar: doce años atrás, el cardenal se había recreado con sus exultantes caderas y sus pechos generosos.

Alejandro era el fruto de aquel pecado, de aquel secreto que le hizo desprenderse de su sotana y su fe y ser arrastrado por el deseo de todo hombre.

Todos creían que Alejandro era el hijo ilegítimo del gran Lorenzo de Medici, el mismo que había adoptado a Giulio. Muy pocos sabían la verdad.

Cuando Giulio bajó la escalinata que daba al patio se encontró con Alejandro. El niño se acercó al cardenal y le hizo una reverencia.

—Excelencia… Es… es un honor siempre veros.

Giulio acercó su mano al niño y este la besó. El niño no tardó en encontrar la decepción en el rostro de su padre. Las preguntas que no se atrevió a lanzar fueron respondidas al momento por el propio Giulio.

—No seré Papa, al menos por el momento — confesó el cardenal Medici con pesar y hundiendo sus ojos en la nieve —. Dos delegados están viajando a Castilla en este momento para transmitirle la noticia al nuevo pontífice. En Roma le espera el anillo del pescador.

—No… no pasa nada excelencia. Algún día lo conseguiréis serlo. Estoy seguro.

Giulio entornó los ojos, sonrió y acarició los cabellos negros y rizados de su único hijo.

—Te prometo la gloria, Alejandro de Medici… te prometo que más pronto que tarde, tú estarás gobernando Italia desde Florencia y yo, el mundo desde Roma.