1. Roxelana
Roxelana
Roxelana no recordaba sus orígenes. Los rostros de sus padres antaño presentes en sus pensamientos se habían diluido como la nieve lo hace al final del invierno.
El primer recuerdo de su vida era aquel, en un día cualquiera, se encontraba en una aldea que debió ser su hogar, cordando una cesta junto a una anciana que tal vez fuese su abuela.
Reía junto a la mujer que le enseñaba, hasta que el temblor en la tierra alertó primero a los hombres, después a las mujeres y por último a los niños.
Eran cientos de demonios montados a caballo.
Aun siendo niña los bárbaros la agarraron a horcajadas para subirla a lomos de una de las bestias para así llevársela al galope.
Recordaba que luchó e incluso le mordió su asquerosa mano a uno de ellos.
Extendió sus pequeños brazos para volver con los suyos mientras el acero de los incursores rasgaba el aire, la carne y el hueso de todos aquellos que encontraban a su paso, envenenando los pastos con la sangre de los vencidos.
Su desesperación se elevó incluso por encima de los gritos de los que morían: tal vez entre los que perecían se encontrase un padre o una madre, sus hermanos, algún amigo de la familia.
Todas esas vidas se escapaban a través de la apertura de las gargantas cercenadas y las entrañas que emergían de los estómagos de moribundos y muertos.
Su siguiente recuerdo la llevaba unos meses después.
Con ese recuerdo le sobrevenía el aroma de las especias y el bullicio de la gente en un gran mercado en Estambul.
Roxelana se encontraba maniatada junto a tres mujeres y dos hombres.
La habían lavado y peinado y la exhibieron ante la multitud como un hermoso paño de fina seda.
Ahí los hombres hablaban en lenguas desconocidas hasta estrecharse la mano después de un pago.
La habían vendido como ganado. Roxelana no tardaría en darse cuenta de que su comprador pertenecía a la corte del mismísimo Selim, el Gran Sultán del imperio Otomano.
Sus siguientes años los pasaría entre las ricas estancias del palacio de Topkapi, las cuales se convertirían en su único mundo conocido: desde sus alturas se contemplaba el Bósforo en todo su esplendor, las suntuosas paredes y murales se convirtieron en su horizonte y la techumbre azul y dorada su cielo.
La Torre de la Justicia que daba acceso al harem, la entrada a su nuevo mundo.
Roxelana siguió luchando, resistiéndose mientras se hacía mujer.
Ignoró al principio los dictámenes de Ayse Hafsa, de belleza marchita y de modales exquisitos, pero demasiado estricta para hacer frente al temperamento casi salvaje de la recién llegada esclava.
Con esfuerzo trataría de moldear el carácter de la niña extranjera de cabellos de fuego, para así hacerla digna de la corte.
Ayse Hafsa era la mujer que dirigía el harén y madre del heredero al trono del imperio otomano.
Las otras mujeres se burlaban de ella, de sus cabellos rojos como el fuego, de su piel blanca indigna para el sol, de su mueca de disgusto que deslucía sus hermosos ojos verdes.
Todas ellas eran instigadas por Haseki Hürrem.
Roxelana reconocía la belleza de aquella mujer, de cabellos negros: su piel y sus ojos eran brillantes como los suyos, pero Haseki poseía la seguridad, el ingenio y la elegancia de las que ella carecía.
Roxelana solía pensar que Haseki hubiese sido alguien de la que aprender si no fuese porque la odiaba tanto: esa mujer los dominaba a todos, desde el último de los eunucos hasta al mismo Gran Sultán, Selim.
Las únicas armas que le quedaban a Roxelana eran su ingenio, su desparpajo, demasiado descarada para la severa Ayse.
Su único refugio se encontraba en los propios poemas que ella componía.
A sus diecisiete años, Roxelana se había convertido en una mujer y hasta ese momento no había sido mancillada por ningún hombre.
Llegó el día por el que tanto la habían preparado: habían bañado su cuerpo, la habían untado aceite y fragancias delicadas y la habían vestido con una transparente túnica roja que no dejaba a la imaginación ni la forma de sus pechos firmes y redondeados, ni el bello rojizo que coronaba su sexo.
Los días de un sultán se acababan para que, en poco tiempo, ascendiera al trono el príncipe heredero como nuevo gobernador del mundo — pronto habría una nueva sombra de Alá en la tierra — Roxelana iba a ser su regalo, su concubina.
Frente a las puertas de la gran cámara de Solimán, Roxelana se encontraba junto a Ayse, nerviosa, casi temblando.
Sabía que Solimán ya había tomado el cuerpo de Haseki ¿Sería ella suficiente?
¿Sería digna del príncipe heredero? Quería echar a correr y lanzarse por la primera ventana que encontrase en su huida, pero el miedo la paralizaba.
—La espalda erguida — advirtió Ayse —. Sonríe, estás muy seria, y recuerda que vas a estar en presencia de mi hijo, el próximo Gran Sultán.
Cuando las puertas se abrieron, la figura de Solimán aguardaba tras las cortinas que daban al balcón, estaba de espaldas, con el mentón elevado como si por melancolía contemplase la luna llena que, con su luz de plata, convertía en día la noche.
Las puertas se cerraron de subido a la espalda de la muchacha, acelerando así su respiración, era una presa asustada en la guarida de su depredador.
Solimán se volvió, atravesó las cortinas y se descubrió.
Ante ella, con solo una túnica se encontraba la próxima sombra de Alá en la tierra, el próximo gobernante del mundo, un hombre joven, muy joven y delgado con una mezcla de seguridad y gentileza en su mirada.
Ese era el hombre, sí, solo un hombre no diferente a todos aquellos que alguna vez habían seguido sus pasos gráciles con sus miradas llenas de deseo.
La concubina no encontró nada extraordinario ni divino en él.
Recuperó el ritmo sobre su respiración y sus movimientos, de hecho, ella misma podía ser quien diera el primer paso en aquella situación.
El sultán podría inspirarle respeto, pero no temor.
—Gran Solimán — Roxelana empezó a andar con pasos lentos pero seguros hacia el heredero. Las tornas habían cambiado, ahora era ella la que se sentía cazadora ante su presa.
—Me… me habían hablado de tu belleza, pero las palabras no le hacen justicia a la realidad.
Roxelana no tardó en darse cuenta de que tenía el control. La mirada desarmada del heredero dejaba el paso libre para sus líneas de ataque ¿De verdad había causado tal efecto en el príncipe?
Aquel era el hombre que debía dominar el mundo, pero solo era un hombre.
Seguro que con toda la fuerza de su imperio sería capaz de conquistar cualquier rincón de la tierra.
Pero ella, solo una esclava, se propuso en aquel mismo momento no solo tomar su cuerpo como haría cualquier otra como anteriormente habría hecho la misma Mahidevran.
Roxelana, desde ese mismo momento, se había propuesto conquistar su corazón.
Y al fin sonrió.