56. Traspasando el umbral
Traspasando el umbral
Carlos aun lloraba la muerte de su consejero más cercano, lo hacía sin saber quien había sido el responsable de su muerte, tal vez nunca lo supiese y ello llenaba de amargura sus pensamientos.
Cabalgaba junto a un gran séquito cortesano hacia el palacio de Malinas.
Lo hacía por aquella misma campiña que recorrió junto a Maximiliano y sus hermanas cuando era solo un niño, el día en que lo llevaban por primera vez al hogar de su infancia.
La diferencia es que no lo hacía bajo la lluvia, sino bajo el sol que dejaba bajo sus pies un mar de hierba seca.
Fernando de los Cobos cabalgaba junto a su rey. Habían hablado largo y tendido y se encontraban concluyendo una conversación.
— ¿Entonces dices que escribiste esas cartas a mi madre la reina Juana en mi nombre y por orden del señor de Chièvres? — Carlos interrogaba en un tono severo pero no fuerte mientras seguía cabalgando con la mirada al frente.
— Sí, emperador — respondió un arrepentido Fernando de los Cobos.
— Te agradezco que me hayas sido sincero al confesar esta treta, pero jamás vuelvas a actuar a mis espaldas.
— Si hay algo majestad que pueda hacer para emendar mi error… si queréis que escriba una carta de disculpa a la reina…— De los Cobos divagaba buscando el perdón de Carlos.
— ¡No! — atajo el emperador —. Tal vez Chièvres estuviese buscando lo mejor para todos en el momento de encomendarte dicha tarea.
— Carlos clavó los ojos llenos de autoridad en su secretario para comprobar que de los Cobos entendía sus órdenes —.
No le dirás nada de esto a nadie y solo me hablarás de este tema cuando yo te lo pregunte.
Lo mejor que podemos hacer, por el bien del reino y tal y como está la situación, es seguir como hasta ahora: sigue escribiendo las cartas en mi nombre.
Mi madre debe seguir en Tordesillas al menos hasta que tengamos un momento de paz.
«¿Un momento de paz?» De los Cobos estaba asimilando las palabras de Carlos.
El emperador tenía en su mano la llave de la libertad de su madre, pero la estaba sentenciando al encierro.
En parte de los Cobos había obtenido suculentas recompensas desde que Chièvres le hiciese escalar posiciones en la corte.
Consiguió que Carlos le nombrase su secretario, se convirtiera en uno de sus principales consultores en los temas relacionados con España y le nombrase miembro de la orden de Santiago ¿Pero acaso estaba vendiendo su alma al diablo?
Tras la muerte de Chièvres, y apelando a su conciencia, había confesado su complicidad.
Esperaba ser expulsado de la corte o algún castigo peor, pero aquella respuesta por parte del emperador le sorprendió. Tenía que continuar con esa falsa.
— ¿Habéis entendido? — la voz de Carlos hizo volver en sí a de los Cobos.
— En… entendido majestad.
Carlos ya divisaba a lo lejos el palacio donde aguardaba su tía, un lugar que le evocaba a una época más feliz. Tenía el mundo en la palma de su mano, sin embargo se sentía vacío, junto a él no estaban sus hermanas, muchos amigos se habían ido y muchos momentos ya no volverían.
Carlos y la archiduquesa Margarita paseaban por las jardines de palacio, como lo hacían antaño, cuando el emperador, alcanzaba poco más de la cintura de su tía.
El sol estaba cayendo y la temperatura era agradable, pero el emperador no se permitió destensar los músculos sabedor de lo que estaba aconteciendo en aquel mundo que tanto había cambiado.
Margarita erguida y disciplinada, pretendiendo como siempre había hecho, dar ejemplo a su sobrino, se mostraba serena y reflexiva.
— Pienses o no pienses en ellos, los problemas seguirán estando ahí, así que permítete descansar.
— No hay lugar para el descanso — suspiró Carlos mientras seguía paseando junto a Margarita —.
Hemos recuperado Navarra gracias a que a acabamos con la mayor parte de los rebeldes comuneros en Castilla, ello me dejó disponer de todas las fuerzas para concentrarme en lo que estaba sucediendo en Navarra.
Por suerte aún teníamos fieles ahí, un tal Ignacio de Loyola capitaneó la defensa de Pamplona y diezmo las fuerzas de aquellos que se sublevaron contra el poder de Castilla.
El resto lo hizo nuestro gran ejército comandado por el conde de Haro.
»Pero la guerra contra Francisco solo acaba de empezar y el Papa le va a dejar las puertas de Italia abiertas para hacerse fuerte ahí.
— Carlos se tomó un momento para secar el sudor de su frente —.
Y eso no es todo: Lutero tiene cada vez más seguidores en Alemania; los corsarios sarracenos son cada día más implacables en los mares del sur; y por si fuera poco me han llegado funestas noticias de mi hermana María, la reina de Hungría.
Ese nuevo Sultán, Solimán ha Cercado Belgrado y el rey Luis no es capaz de dar respuesta a la ofensiva del otomano.
»El ataque de este nuevo sultán llega en el peor momento, conmigo centrado en pacificar mis territorios y embarcado en mi guerra contra Francisco. La cruzada tendrá que esperar.
— Hiciste bien en seguir mi consejo y delegar e incluso ceder parte de tus territorios a tu hermano. Es lo más sensato y ayudará a limar asperezas — reflexionó Margarita.
— Lo hice porque no queda otra opción. Debo volver a España y no sé cuánto tiempo me demorará resolver los asuntos de sus reinos.
Por suerte cuento contigo para que te ocupes de los Países Bajos, pero en cuanto a Alemania, deberá ser Fernando quien resuelva lo que ahí sucede.
— Carlos se llevó sus dedos a las sienes —.
Aún así, habiendo delegado en él esos territorios, nos separa un mundo.
Margarita posó su mano con afecto sobre la espalda de Carlos, haciendo que el emperador sintiera un calor maternal como hacía años no lo experimentaba.
— Él y tú fuiste extraños durante muchos años, pero aun así sigue siendo tu hermano.
He podido conocerle bien y no sois tan diferentes.
Tú has sido el heredero del sueño de Maximiliano y él quien podría haber roto ese sueño.
Pero de buena o mala gana ha acatado cada una de tus órdenes y ha aceptado su papel en el mundo.
— Margarita se detuvo, provocando que el emperador también se detuviera —.
Son tiempos inciertos Carlos, tiempos de guerra, todos estamos en peligro, sin ir más lejos, Chièvres ha sido la última víctima de aquellos que quieren debilitarte.
Sin hijos, tu hermano Fernando es el heredero de todos tus dominios.
Carlos asintió y dejó que el sol bañase su mirada clara y que le acariciara con su calor, como si buscase la luz en medio de la penumbra como una manera de liberarse de la oscuridad que le invadía.
Tal vez una oscuridad necesaria, pues en más de una ocasión, Gattinara había hecho referencia a la falta de escrúpulos que poseía el rey Francisco de Francia, su enemigo mortal.
Un nuevo imperio, un rey en Francia que lo ansiaba.
Los herejes querían pervertir su mundo y el turco más allá de las fronteras de la cristiandad lo quería destruir.
Tal vez el nuevo mundo que se vislumbraba ante él, le exigiera no dejarse llevar por las emociones.
Si quería hacer frente a sus adversarios, debería ser implacable con ellos.
Carlos le dio la espalda a Margarita que lo contemplaba con la barbilla en alto.
Al fin había dejado de ser aquel niño tímido, nadie hablaría ni pensaría por él.
Era finalmente el emperador del sueño de Maximiliano.
Pero, con tantos enemigos, internos y externos, tantos frentes abiertos ¿Sería capaz de conservar su imperio?