55. Sin tiempo para la paz
Sin tiempo para la paz
— ¡Es una declaración de guerra! — En su cámara, el emperador frente a su consejero, el señor de Chièvres se mostraba furioso como nunca lo había hecho antes.
— Deberíamos, emperador, sopesar nuestras opciones. — Chièvres trataba de calmar a su señor —, debemos evitar caer en la paranoia.
— ¿Y cuando actuar? ¿Cuándo Navarra esté perdida?
Francisco me ha declarado la guerra ¿Crees que el ataque de Robert de La Marck en los Países Bajos ha sido casualidad?
Justo en ese momento, mientras yo estaba aquí en Worms escuchando las herejías de Lutero, mientras nuestras fuerzas en Castilla trataban de sofocar las revueltas de los comuneros nos atacan en dos frentes.
Solo Francisco puede estar detrás de una acción tan calculada y eso quiere decir que me ha declarado la guerra.
Pero ha cometido un error, no ha medido bien los tiempos y las revueltas en Castilla están prácticamente sofocadas.
— Una guerra con Francia no nos interesa emperador, siempre os he advertido de ello, el buen entendimiento… — incidió Chièvres.
— ¡El tiempo de las buenas palabras ha pasado!
— Carlos se levantó como un resorte —. Gattinara está en Inglaterra, tratando de convencer al rey Enrique de que efectivamente, Francisco ha roto la paz.
En las próximas semanas seré yo quien se entreviste con el rey de Inglaterra en persona: firmaré con él cualquier compromiso, incluso casarme con la niña Tudor.
Está claro que este mundo es demasiado pequeño para Francisco y para mí.
Sí yo no le destruyo antes, él me destruirá a mí.
Carlos se volvió a sentar en su silla. El señor de Chièvres, rodeó la mesa y se situó a la espalda del emperador como tantas veces había hecho antes. Posó sus viejas manos sobre los hombros de su señor y se inclinó, como la voz de su consciencia, tratando de sosegarle.
— La guerra nos empobrecerá a todos, majestad. En el fondo nadie la quiere.
— De esta guerra saldrá un emperador pobre y un rey de Francia aun más pobre, eso es seguro, pero habrá guerra. — Carlos sentenció —. Ahora por favor Guillermo, márchate. Aguardo la visita de mi hermano.
El señor de Chièvres se había olvidado por completo del hermano de su señor, Fernando.
Carlos había trasmitido a su consejero su intención de cederle a Fernando la parte suroriental de la herencia de Maximiliano: la Alta y Baja Austria; Estiria; Carintia y Carniola, situados a la frontera de Hungría y de los Balcanes.
La idea de que Carlos perdiera parte de su territorio en favor de su hermano no le agradaba a Chièvres.
El consejero trató en varias ocasiones, quitarle aquella idea de la cabeza a su señor, pero no lo consiguió.
Carlos alegaba que le resultaba imposible el gobierno de tantas tierras dispares.
Chièvres trató de mitigar las intenciones de Carlos, sugiriendo que Fernando simplemente se encargara de la regencia.
— Majestad ¿Precisáis de mi consejo?
— Ya escuché tu consejo Guillermo y no. La cesión se hará sin medias tintas ni regencias. No puedo hacerme cargo de tantos territorios y nadie mejor que un Habsburgo para gobernar lo que yo no puedo.
— Si me permitís la sugerencia…
— Este tema queda zanjado — dijo el emperador algo aborrecido. —. Ahora puedes retirarte.
El señor de Chièvres se marchó para dirigirse a su despacho, sabía que hacer en aquellos casos en los que Carlos se cerraba en banda, lo conocía desde que era un niño, había estado a su lado, velando su sueño y ocupando el lugar del padre que faltó: primero fue interés, pero poco a poco desarrolló un instinto de protección paterna por el emperador.
Cierto era que su posición de predominancia sobre Carlos le había permitido acumular cargos y rentas, al igual que vender dichos cargos a otros caballeros borgoñeses a su llegada a España.
Él no tenía consciencia de que las revueltas en España, en parte se produjesen por su culpa.
Había levantado recelos entre propios y extraños, por no tener escrúpulos en quitar de en medio a aquel que se interpusiera entre él y Carlos.
Con Gattinara no lo había conseguido, pero, ya llegaría su hora, al igual que con Fernando, el hermano menor de su señor.
Pensaría cuál sería su próximo movimiento, sentándose y degustando una copa de vino, con paciencia, como siempre había actuado, cuando menos lo esperase, la idea acudiría sin previo aviso a su mente y desarrollaría un nuevo plan.
Pidió el vino y se lo sirvieron. La sirvienta era una mujer nueva en la corte, de unos hermosos ojos verdes llenos de motas negras, no la tenía muy vista.
Su frondoso cabello negro desprendía un olor agradable.
Chièvres asintió agradecido y la hermosa muchacha se marchó.
Se llevó el vino a la boca, lo saboreó, era un buen vino, sentía su calidez en su paladar y a la vez entraba con suavidad por su garganta ¿Qué hacer con Gattinara?
¿Cómo evitar la guerra en Europa? ¿Cómo volver a deshacerse de Fernando?
Era él, el único que podría hacer virar el rumbo de las decisiones del emperador, como tantas veces había hecho antes.
Carlos lo escuchaba como un padre escucha a un hijo, como lo había hecho siempre.
El segundo trago le ayudo a abrir más la mente. Estaba cerca de dar con la solución cuando de repente le sobrevino una punzada, primero una presión y después una abrasión que se extiende por su torso, debajo de la piel.
El señor de Chièvres, el hombre que gobernaba al emperador, se llevaba la mano al pecho, no entendía que pasaba, cada vez le costaba más saciar su necesidad de aire.
Se puso de rodillas y dejó caer su copa al suelo, haciendo que esta rodase hasta detenerse a los pies de una mesa cercana, el poco líquido que quedaba en ella, se perdía en el suelo.
Uno de sus asistentes lo encontró ya tendido.
Chièvres trataba de gritar para pedir auxilio, pero no podía, el aire ni entraba ni salía.
Su asistente fue a buscar ayuda. El señor de Chiévres, cada vez más agónico, estaba empezando a apagarse.
En sus ojos y en su piel el pigmento le abandonaba junto a la vida.
Y miró aquella copa y aquel líquido desparramado en el suelo, el delicioso néctar que había tomado antes de la primera punzada ¿Le habían envenenado?
¿Quién lo había hecho? Podrían ser los herejes defensores de Martín Lutero, o los Castellanos que siempre se habían mostrado recelosos tanto de él como de su joven sobrino, el cual murió unos meses antes por una accidentada caída de caballo
«Podría ser alguien enviado por el Papa» llegó a pensar, por la tímida primera respuesta del emperador contra la amenazada de Lutero.
Tal vez algún asesino enviado por Francisco para desestabilizar a su enemigo o alguien cercano al emperador para eliminar la influencia que él siempre había ejercido sobre Carlos y dejar la vía bélica despejada para llevar a Europa a la guerra ¿Tantos enemigos se había granjeado?
Daba igual. A penas con un solo hilo de vida, todo daba igual.
Podrían haber sido todos o no haber sido ninguno.
Eran tantos los que tenían motivos para quitarle de en medio, tantos los enemigos que se había granjeado a lo largo de los años, que cualquiera podría haber sido la mano ejecutora.
Esos últimos momentos se habían llenado de interrogantes, pero ya le daba igual al consejero, pues su hora había llegado.
Cuando Carlos se encontró el cuerpo ya sin vida de Chièvres.
El emperador se dejó caer sobre sus rodillas y derrotado.
Un grito se perdió en su garganta, saliendo de su boca como un quejido.
Hundió su rostro en el pecho de aquel hombre y empapó de lágrimas su jubón.
Aquel hombre, con sus errores y aciertos, había estado siempre a su lado desde que tenía uso de razón.
Aquel hombre que le había guiado en sus decisiones, el hombre que gobernaba al emperador, ya no estaba.
Se rompían los hilos invisibles. El emperador debería, desde ese momento, hablar por si mismo.
La voz que ensordecía el dictamen de su propia consciencia se había callado por siempre.
A pesar de la definitiva emancipación del emperador, Carlos lloró desconsolado, como el hijo que pierde a un padre.
Carlos también se preguntó quién pudo ser el verdugo.
Eran tantos los que tenían cuentas pendientes.
Nadie pudo pararse a pensar que los motivos del asesinato estaban alejados de razones políticas: existen más causas que llevan a alguien a maquinar una ejecución de tal magnitud.
Nadie se paró a pensar en las motivaciones más primarias y personales, como las de un hombre que perdió a su amada por culpa de los intereses del consejero que en ese momento yacía muerto.
Cuando el amor no se olvida y es arrebatado, nace el rencor capaz de envenenar la sangre del más noble de los caballeros.
Una mujer de hermosos ojos verdes y un frondoso cabello perfumado había salido de la ciudad cabalgando un veloz corcel.
Atravesaba la campiña en dirección a un bosque cercano donde los grandes árboles que lo habitaban proporcionaban intimidad incluso a aquellos que pretendían ocultarse de los ojos de Dios en el cielo.
La mujer tratando de controlar sus nervios se acercó a una figura que parapetaba aguardaba su llegada.
Cuando salió de las sombras la mujer reconoció su identidad sin sorprenderse: era lo esperado encontrarse ahí mismo después de darle la copa a Chièvres.
Quien aguardaba su llegada era Federico de Baviera.
— ¿Has visto como se bebía la copa entera ?— preguntó Federico.
— He visto como tomaba el primer trago: suficiente para matarlo.
— ¿Ha sufrido?
— Seguro que sí.
Federico se sentía satisfecho por el trabajo realizado por la hermosa sacaria.
Se llevó la mano tras su capa y tomó una pequeña bolsa atada con un cordel y que lanzó a la mujer.
La falsa sirvienta lo atrapó con las dos manos.
En seguida pudo sentir el tintineo de las monedas en el interior de la saca.
Se permitió sonreír satisfecha. La mujer fue a abrir la bolsa para contar las monedas.
— Está lo acordado. No lo cuentes aquí, será mejor que te vayas ahora que puedes. — La sicaria escudriñó en Federico con desconfianza —. No me mires así, está todo lo acordado. Si has hecho bien tu trabajo no se me ocurriría dejar insatisfecha a una asesina implacable como tú.
— No creo que valiese pagar tanto por la muerte de ese viejo — dijo la mujer jugueteando con la bolsa entre sus manos.
— Te hubiese pagado el doble — se sinceró Federico —. Pues mi Leonor valía mucho. más.