54. Luchar como castellanos
Luchar como castellanos
Juan de Padilla había pasado toda la noche pensando en los errores cometidos.
El primero de ellos fue confiar en los seis mil hombres que en aquel momento le seguían, la mayoría no eran soldados, eran hombres que habían permanecido a su lado, persiguiendo intangibles sueños y carentes de disciplina militar.
Fue por ello que en cuanto los realistas les sorprendieron de camino a Toro en una noche lluviosa, desmoralizados tras días de asedio, empapados y con el barro hasta las rodillas huyeron con deshonra, desoyendo sus órdenes.
Los más fieles que permanecieron a su lado como Bravo o Maldonado, dejaban de luchar por un ideal para empezarlo a hacerlo por sus vidas.
Lo hacían en medio del desorden y sin ninguna disposición táctica.
Con la fuerza de una avalancha, muchos fueron arrollados por la caballería enemiga.
Entre los desertores y los caídos en el bando comunero, las fuerzas de Padilla se vieron reducidas considerablemente.
La batalla fue más bien breve, pero dejó una estampa que sus ojos no pudieron soportar: heridos llamando a sus madres, ahogándose por la lluvia, cuerpos desmembrados y destrozados de todos aquellos con los que había compartido tanto.
En su maltrecha carne no quedaba nada de ellos.
Padilla no iba a ser un cobarde como los que huyeron, quería morir junto a los suyos.
Si esos iban a ser sus últimos momentos, no los viviría con miedo, él decidiría como iba a morir y quería morir luchando.
Que su mujer María Pacheco y todos los que le querían le recordasen con orgullo, como un hombre de honor.
La busco, busco aquella muerte honorable, en un grupo de caballeros que en la distancia le encaraban.
Padilla tomó una lanza y empezó a correr, soltando con un grito toda rabia y duda que pudiese enquistarse en su garganta. Corrió hacia ellos, dispuesto a llevarse una o dos vidas, antes de abandonar el mundo de los mortales.
Con arrojo, impulsado por unas fuerzas que él desconocía, dejando boquiabierto a sus enemigos, con mechones de su cabello cubriendo sus ojos y la lluvia resbalando por su piel, Padilla derribó a uno de los caballeros, clavándole la lanza a su caballo.
Pero cuando iba a rematarlo, un infante se adelantó, atravesando su pierna con una alabarda.
Juan de Padilla sintió como las fuerzas le abandonaban, se escapaban entre tendones y músculos desgarrados por los que brotaba la sangre del hidalgo.
No había sido lo suficientemente rápido para provocar su muerte, aquel había sido su segundo fallo, no haber tenido la sangre fría para alzarse y seguir luchando, de no ser así no se encontraría preso, encerrado entre las frías paredes del castillo de Villalba.
Junto a él estaban encerrados otros capitanes comuneros, que habían sido capturados aquel fatídico día, sus amigos Juan Bravo y Francisco Maldonado.
Ellos aún se encontraban más enteros que Padilla, que había empezado a padecer las fiebres por la herida de aquella alabarda que había desgarrado su pierna.
También les habían comunicado su sentencia: serían decapitados al amanecer.
— 50.000… 50.000 ducados si nos dejas ir — propuso Maldonado desde la celda al carcelero que pasaba. Como respuesta solo obtuvo una carcajada que sepultaba toda esperanza.
Las horas pasan rápido cuando están contadas.
Si hubo o no conversación entre los condenados durante aquella noche de agónica espera, Padilla no lo recordaba en el momento de su llegada en el patio del castillo ni tampoco el más mínimo dialogo con sus compañeros en la celda, tal vez debido en parte a causa del dolor y la fiebre.
Fue hacia el tablero donde esperaba el verdugo, trato aunque cojeando, hacerlo con dignidad, erguido, mostrándose orgulloso entre la decena de hombres armados que le custodiaban. Juan Bravo le seguía y detrás iba Maldonado.
— !Que me ejecuten a mí primero¡ — pedía Bravo a uno de los soldados que hacía oídos sordos a su petición.
— Moriremos igual — dijo resignado Maldonado.
— Lo que yo no quiero es ver morir a Padilla — confesó Bravo que tras tanto tiempo acompañando a alguien a quien consideraba el líder de las revueltas. Sabía que con su muerte también moría el sueño comunero.
Juan de Padilla sonrió brevemente por primera vez desde la batalla. Miró a la soldadesca que le contemplaba, al verdugo que cubría su cara y aquel cura que oraba por sus almas. Respiró hondo, para percibir el olor que dejaba la lluvia después de regar la tierra y con eso se quedó, nada más.
— Bravo, Maldonado. Ayer era día de pelear como castellanos. Hoy es día de morir como cristianos.
Aquellas fueron sus últimas palabras. Lo último que sintió fue el filo de una hoja cortando el aire y el impacto seco sobre su nuca. Lo demás se tiñó primero de rojo y después del negro de aquella oscuridad que quedaría suspendida en la eternidad.
Si había cielo, quería por años esperar en las puertas de San Pedro por su María.