53. Lutero ante el emperador #3
— Pensad lo que queráis. Meted en este debate a todos nuestros antepasados si es preciso, pero a menos que se me pueda convencer mediante el testimonio de las santas escrituras o razones evidentes, dado que no creo ni en decretos ni en papas, ni tampoco en concilios donde es bien sabido que han errado o se han contradicho así mismo.
— Lutero escupía sus palabras encendido por la rabia, provocando incluso que esta vez el emperador se levantase de la tribuna y fuera él mismo y no Gattinara, quien alzará las manos para que se respetase el orden, pero su voz se perdió entre un mar de voces que enfatizaban continuas palabras que clamaban en contra y a favor de Lutero.
Pero Lutero continuó haciendo oídos sordos hacia todos los presentes —.
No puedo ni quiero retractarme de nada ya que no puedo y es pecado actuar en contra de la propia consciencia.
Esta es mi única opción y mi única postura.
Eck trató de rebatir a Lutero, que con su oratoria parecía haber erosionado la elocuencia de su interlocutor como el oleaje embravecido. Eck titubeaba, buscaba argumentos, pero antes de que pudiera hablar, el emperador que hasta ese momento había guardado silencio, le interrumpió.
— ¡Ya basta! ¡No quiero oír nada más de alguien que niega la autoridad de los concilios! Reanudaremos mañana a la misma hora.
Carlos se retiró. Pero en el momento que abandonó el salón acompañado por sus consejeros se hizo el caos. Los contrarios a Lutero empezaron a gritar:
— ¡Al fuego con él!
Pero no pudieron hacer nada contra los partidarios del agustino, más de los que muchos pensaban, en su mayoría alemanes y que hicieron un escudo en torno a él, permitiendo que Martín Lutero saliese del edificio, entre ellos se encontraba el elector Federico de Sajonia, quién ya había ordenado a sus hombres que defendieran la salida de Lutero, antes incluso de que se diera inicio la sesión, previendo lo que podría suceder.
Carlos no durmió aquella noche. La magnitud de la amenaza de ese simple hombre sin títulos, se acrecentaba con más rapidez de la esperada.
Sus seguidores se sumaban por cientos a cada día que pasaba.
Eran solo las palabras de un fraile, pero aquellas palabras desquebrajan su imperio, el sueño de Maximiliano.
Era tal la oratoria de aquel fraile, que incluso él, el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, había dudado por unos instantes.
Él era el escudo que debía defender la unidad cristiana y él debía reaccionar.
Así fue como a la mañana siguiente, se había reunido con los siete príncipes electores, en ese mismo salón, ahora vacío y cerrado para la reflexión.
Carlos se dirigía en especial a Federico de Sajonia , el principal defensor de Lutero, el resto, a excepción de los tres electores eclesiásticos: los arzobispos de Maguncia; Tréveris!
y Colonia, mostraban sus dudas sobre cómo se debía proceder con Martín Lutero.
— Os quiero decir mi parecer — interrumpió el emperador las discusiones que se estaban empezando a agravar entre los electores —.
Pienso en las palabras de Johann Eck, asesor del arzobispo de Colonia, Germán de Wied aquí presente.
Los que nos han precedido han sido fieles hijos de la iglesia, han defendido sus sagradas ceremonias, decretos y costumbres.
Visto así, un solo fraile debe estar equivocado si habla en contra de lo que han creído los cristianos en los últimos mil años.
— Carlos dirigió una mirada feroz a Federico de Sajonia —.
Soy el emperador y estoy dispuesto a dedicar mis reinos, mis señoríos, mis amigos, mi vida y mi sangre a combatir está herejía.
— Disteis vuestra palabra — protestó Federico.
— En efecto — respondió Carlos —, di mi palabra y mantendré el salvoconducto a Lutero, siempre y cuando Lutero deje de predicar su herejía. Lo único que lamento es no haber actuado antes, pero tras escuchar ayer en primera persona la perversa respuesta de ese hombre, lo tengo más que claro.
— Es una decisión contraproducente — replicó Federico de Sajonia.
— Tal vez deberíamos tener algo más de tiempo para sopesar nuestras opciones y no precipitarnos. — El conde del Palatinado, Luis, se unió a la protesta del príncipe de Sajonia.
— Lutero ha acudido a vuestra llamada y ha dado la cara, aún a riego de que le condenarais a la hoguera tras su participación en esta dieta — volvió a replicar Federico de Sajonia.
El emperador no dijo nada más, no quería malgastar más energías en aquella reunión, debía mantener sus fuerzas centradas en otros asuntos que asolaban los reinos de un imperio que parecía desquebrajarse por momentos: por una nueva fe; por su ausencia en España; por su falta de dominio en el mar; o por aquel otro rey cristiano, Francisco, que ansiaba lo que Carlos poseía.
Mientras Carlos se marchaba de la reunión, llevándose consigo sus preocupaciones, Federico, el príncipe elector de Sajonia, estaba maquinando en su mente el plan para poner a salvo y lejos del alcance del Papa o del emperador a Martín Lutero.