53. Lutero ante el emperador #2
»El emperador ha tenido a bien, traer aquí a este hombre, para que sea escuchado.
A pesar de ello ¡Ese hombre! — Entonces alzó la voz y señaló con un dedo acusador a Lutero —.
¡Ese hombre que ven ahí! Ha seguido seduciendo con la palabra a todo aquel que le escuchaba incidentemente.
¡Seduciendo como Satanás hizo con la mujer, condenándonos a todos al pecado de la carne!
Con aquellas últimas palabras, Johann Eck de nuevo se tomó un tiempo.
Los murmullos habían aumentado su sonoridad, resonando entre los muros de la catedral, como una suave brisa que precede a la ventisca.
Les miró, con la duda en sus rostros, a otros les asomaba el arrepentimiento en su nerviosismo.
Pero Lutero estaba impasible, calmado y sereno, esperando a que Johann Eck terminase con su exposición.
El asistente del arzobispo de Tráveris se acercó al montón de papeles y con fuerza posó la palma de su mano sobre ellos.
— Martín Lutero. Como resultado de la magnificencia del Santo Padre, se os da una vez más la oportunidad de retractaros y poner fin de una vez por todas a esta farsa.
— Por primera vez en su intervención, Johann Eck se dirigió a Lutero—.
Martín Lutero ¿Son estos vuestros escritos?
— Martín Lutero se acercó a la mesa para ojear los papeles.
Mientras lo hacía, su interlocutor siguió preguntando —.
En el caso de que sean vuestros estos escritos ¿Todavía creéis en lo que enseñáis en estas obras?
¿Rechazáis estos libros y los errores que ellos contienen?
Martín Lutero sonrió con serenidad y se dirigió al emperador que le miraba con el rostro rígido.
— Aquí no están todos mis libros, ni mis escritos. — Lutero se volvió hacia Johann Eck —. Pero sí, son míos. Me preguntáis, pero mi respuesta no es simple.
Lutero como en uno de sus sermones en la catedral de Wittenberg, o en una de sus clases en la universidad, se dirigió a los presentes como lo haría con sus feligreses o sus alumnos, ignorando el contexto del escenario en el que estaba.
Llenó sus palabras de coraje y pasión y aprovechó su turno de réplica.
— Que Dios me ayude — musitó Lutero —. Mis libros no están escritos contra Dios. Mis obras, estas más las que faltan, se dividen en tres categorías: La primera de ellas es contra el Santo Padre, León X. Denunciando la tiranía que ejerce sobre Alemania desde Roma.
Aquel comentario encendió las protestas de los fieles al Papa que se manifestaron con todo tipo de descalificativos y malas palabras contra Lutero. Gatrinara se levantó del estrado y alzó las manos pidiendo silencio.
— Padre Lutero. — Carlos era el que intervenía. Habló cuando de nuevo reinó el silencio e hizo que Lutero se volviera hacia él —. Se os ha dado un lugar para ser escuchado. No malgastéis vuestro tiempo en injuriar al Santo Padre. Guardad silencio sobre este tema y pasad al siguiente.
Lutero asintió conforme y Carlos de nuevo tomó asiento, llevándose la mano a su mentón, frotándose su incipiente barba y llenándose de curiosidad, esperando las siguientes palabras de aquel hombre. Lutero se dirigió de nuevo al grueso de los asistentes y continuó su exposición.
— La segunda categoría de mis obras, va dirigida a mis críticos, en parte por la irritación que me causan todos aquellos que dan la espalda a la razón.
— Lutero miró resignado a Johann Eck —. Lo que más lamento es que son hombres notables de gran inteligencia, comprados con todo tipo de recompensas terrenales.
Esa vez Johann Eck se sumó a las protestas contra Lutero, lo que llevó a Gattinara de nuevo a intervenir, levantándose y pidiendo de nuevo el silencio.
En esta ocasión, el canciller tuvo que esperar mucho más tiempo a que se restableciera el orden.
Una vez conseguido que todos callaran, Lutero se volvió hacia el emperador y este asintió en señal de que continuara.
— La tercera categoría de mis obras trata sobre los evangelios.
Las santas escrituras y como las enseñanzas no están siendo aplicadas.
— Martín Lutero se dirigió a Carlos con un rigor serio y lo miró directamente a los ojos —.
A la pregunta de si me retracto de lo que he dicho o escrito en mis obras, la respuesta es que no daré marcha atrás en ninguna sola de mis palabras.
A no ser que alguien me demuestre en un debate público, que yo estoy equivocado.
Todo lo que hago no basa en una autoridad terrenal, sino en la palabra del Antiguo y Nuevo Testamento.
— Martín Lutero continuó hablando en medio de las protestas que se elevaban hasta la cúpula de la catedral —.
Lo único que os pido y os suplico emperador, es que mis escritos no dejen de difundirse, ya que ello no solo sería contraproducente para Alemania, sino también para el resto de vuestros reinos.
Carlos no dijo nada, quedó examinado a aquel hombre, incluso se sentía tentado a seguir escuchando su oratoria, pero precisamente de eso se trataba, de una maquinación del diablo para hacerle errar. Aún así, no veía maldad en él. En su lugar quien tomó la palabra fue Johann Eck
— Martín Lutero. Todo lo que estáis afirmando en vuestras palabras y vuestros escritos no son más que herejías.
Herejías ya condenadas en el pasado por diversos concilios.
— Eck dirigió una fugaz mirada a Aleandro, el legado papal sentado en segunda fila y que asentía satisfecho y después clavó sus ojos en el propio Lutero —.
Así que lo que veo ante mí no es más que un hereje que peca de falta de originalidad, pues todas las blasfemias que habéis pronunciado ya han sido condenadas en el pasado.
Si alguno de los presentes cree que este hombre dice la verdad, entonces debe pensar también que nuestros antepasados han estado equivocados durante mil años.
Si alguien cree que Lutero dice la verdad, debe pensar también que nuestros antepasados son herejes y sus almas no se han salvado.
— Eck miró al emperador —. Estamos hablando de un hombre de poca autoridad, emperador.
Un fraile con aires de superioridad que se atreve a poner en entredicho las palabras del Santo Padre.
Esta vez el que se adelantó a tomar la palabra ante el silencio de Carlos fue el propio Lutero.