53. Lutero ante el emperador
Lutero ante el emperador
— Lutero ha llegado ya a la ciudad ¿Cómo vais a proceder?
Aquella pregunta provenía de Aleandro, el legado papal se la formulada directamente al señor de Chièvres, Guillermo de Croy y consejero supremo del emperador .
Se encontraban en la robusta catedral de la ciudad, donde todo estaba organizado para escuchar las palabras de Martín Lutero.
El encuentro se produjo de manera improvisada en el exterior del edificio, frente a la capilla de San Nicolás, una nave anexionada al edificio central que mantenía el estilo gótico y las tejas azules del resto del templo.
Un lugar que aunque exterior, daba cierta privacidad frente al bullicio que se estaba viviendo en el interior de la catedral con la llegada del emperador, cardenales y de los propios príncipes electores.
— Os lo pregunto a vos señor de Chièvres porque sois un hombre razonable a diferencia de vuestro joven señor a quien su excesiva juventud le puede hacer errar.
— Por como habláis parece que habéis olvidado que mi joven señor es el emperador — respondió con desdén Chièvres —. El emperador ha reiterado su deseo en varias ocasiones de que Lutero goce de un salvo conducto, para que acuda aquí y se retracte de todas sus acusaciones y escritos.
— ¿Y qué creéis que pasará si no se retracta?
¿Qué creéis que pasará si sigue adelante con su herejía, si se escabulle y no es ajusticiado como debería?
Muchos hablarán y actuarán sin tener las consecuencias.
La intervención de Martín Lutero en este día se puede convertir en un precedente peligroso.
— Aleandro suspiró para sosegarse y adquirir un tono de pesadumbre—.
¿Sabéis? El Santo Padre se está empezando a arrepentir por apoyar en el último momento al emperador Carlos.
Cree que tenía que haber seguido sus instintos y dar su apoyo a Francisco de Francia.
Pero nunca es tarde para remendar los errores.
Tal vez apoye las pretensiones que el rey de Francia tiene sobre Italia.
— Decidle al vuestro Papa que si deja de inmiscuirse en nuestros asuntos conseguirá todo lo que quiere de nosotros, pero si sigue por este peligroso camino, se meterá en tantos problemas que le resultará difícil salir de ellos.
— Con aire altivo y dándose la media vuelta para dar por finalizada aquella reunión, Chièvres sentenció —.
No creo que sea tan difícil silenciar a ese Lutero.
Aleandro se mostró sorprendido ante la amenaza de Chièvres. Ni mucho menos se esperaba que aquel hombre tuviera las agallas de desafiar al mismísimo representante de Dios en la tierra.
— Tan sumiso que parecíais de vuestros enemigos, del propio Francisco y ahora qué vuestro señor es emperador habéis encontrado el coraje que andabais buscando.
— Aleandro alzó su dedo índice al cielo, parecía que iba a conjurar a las fuerzas celestiales para insuflarle algún tipo de castigo divino a su interlocutor —.
No sois consciente de que si no reaccionáis con rapidez, en poco tiempo el fuego se habrá extendido tanto que ni vuestro Mar del Norte podrá apagarlo.
— Adiós legado — se despidió Chièvres con una sonrisa —. Asegúrese de que el Papa se limita a sus obligaciones y que trata con nosotros con franqueza
Antes de marcharse el legado Aleandro recurrió ala última carta que le quedaba. Adquirió un falso pesar en su tono y expresión y se dirigió a Chièvres con las manos orantes.
— Entonces me marcho y comunicaré todo lo que me habéis dicho al Santo Padre. Y ahora de manera personal, antes de que se me olvide, permitidme daros las condolencias por la repentina muerte de vuestro sobrino, el arzobispo de Toledo.
Con aquel comentario, Aleandro metió una mano invisible en el vientre del consejero, apretando y retorciendo sus entrañas.
Chièvres no pudo ocultar el dolor que sentía al recordar a su sobrino que había muerto a principios de ese mismo año en aquella misma ciudad, tras caer de su caballo durante una cacería.
— Es una lastima — continuó el legado —, apenas contaba veinticuatro años, tan joven y sin tiempo para haber mostrado su talento al frente del arzobispado. Pero los accidentes ocurren, o tal vez se trate del juicio de Dios. Nunca lo sabremos.
Nada bueno saldría de la boca de Chièvres, quería hablar, pero calló, pues sería su cólera la que hablaría por él. Optó por la segunda opción, dar media vuelta y marcharse, haciendo un esfuerzo por tragarse el veneno que estaba segregando su odio.
Interior de la catedral.
Carlos se había acostumbrado ya, tras varios meses, a que sus súbditos se dirigieran a él como Emperador o César, estaba esperando a que diera comienzo aquella nueva sesión en la dieta de Worms. Desde hacía meses, en aquellas sesiones interminables, no solo se debatía en torno al tema de Lutero si no también de cuestiones tales como la usura, los monopolios y la legislación de nuevas leyes, pero el ambiente y los murmullos a la espera del inicio de la sesión, hacían presagiar que aquella jornada iba a ser especial.
El emperador contemplaba a los presentes que llenaban la gran catedral, eran más de los que habían acudido en las sesiones previas, pues se había organizado un gran revuelo por la llegada de aquel hombre, Martín Lutero.
Carlos ocupaba el lugar de la presidencia en el estrado ubicado en el coro.
Ante él había visto pasar día tras día aquella luz que parecía pintar de azul el aire que envolvía de una densa atmósfera al templo religioso y que se disipaba en las bóvedas cuadripartitas en una piedra tan blanca y pulida que parecía marfil.
A su lado estaba iniciando la sesión su canciller Mercurio Gattinara y al otro lado vio llegar a su consejero, llamándole la atención que trajera la cara desencajada.
— ¿Ha ido todo bien con el legado del Papa? — preguntó con cierta preocupación el emperador al ver a su consejero descompuesto.
— ¿Eh…? Sí, sí, todo bien. Le he vuelto a dar evasivas, como las anteriores veces.
— Bien — asintió Carlos —. Lo que menos necesitamos son más revueltas en Alemania. Con las que tenemos en los reinos de España, son más que suficientes.
— No obstante la idea de que ese Lutero venga aquí y se retracte no es más que una fantasía — añadió con acidez Gattinara —. Pero no queda más remedio que adaptarnos a las circunstancias.
Todos ocuparon sus asientos en el momento en que Gattinara daba inicio a la sesión.
Las campanas resonaron y retumbaron entre los sagrados muros, no solo anunciando la cuarta hora de la tarde, sino también la llegada de Martín Lutero.
Las puertas del edificio se abrieron de par en par y todos los murmullos que pudieran sobrevolar en aquella atmósfera se disiparon.
Solo se escuchaban los pasos de aquel hombre acercándose al estrado.
Así era, un hombre tal y como vio Carlos, sin ninguna aura extraordinaria, solo un hombre que se dirigía hacia él para ser escuchado, con el humilde hábito negro de la orden agustina y sin ningún adorno que acrecentará su dignidad ¿Aquel era ese famoso agustino al que tanto temía el mismísimo Papá de Roma?
En cualquier caso las reacciones a su llegada eran dispares.
Algunos como el príncipe elector Federico de Sajonia mostraban admiración, otros entre cardenales y enviados por el Papa mostraban rechazo y otros tantos, los más neutrales, mostraban por lo menos curiosidad.
Lutero se detuvo ante el emperador que le miraba atentamente y al que dedico una leve reverencia en señal de respeto.
Carlos asintió levemente. Entre el poder del mundo representado por Carlos y la persuasión de la palabra de aquel agustino, solo les separaba un austera mesa de madera con la superficie despejada .
Finalmente y ante la expectación de los presentes, Gattinara habló.
— Tiene la palabra el ilustrísimo señor Johann Mayer von Eck. Teólogo y asistente del arzobispo de Tréveris.
A la mesa se acercó Johann Eck. Un hombre de mediana edad, ataviado con una sotana negra y una gorra.
Tenía los hombros caídos y la mirada amable.
Portaba en sus manos un montón de papeles que componían varios tomos que dejó caer con todo su peso sobre la superficie de la madera, levantando una polvareda.
Se detuvo unos segundos mirando a Lutero, no mostraba rencor hacia ese hombre, más bien parecía que se prestaba ahí para disfrutar del debate que iba a entablar con el agustino.
— Cuando queráis podéis empezar vuestra exposición — indicó Gattinara, haciendo que Johann Eck asintiera y empezase a hablar sin más preámbulos.
Eck carraspeó para aclararse la garganta, preparándose para iniciar su elocución, miró a los presentes reunidos y dibujó una sonrisa en sus labios. Todos lo esperaban a él.
— Durante los últimos años el Santo Padre ha mostrado su grandeza.
Ha predicado precisamente con la palabra del señor y ha puesto en uso sus enseñanzas.
El mejor ejemplo lo tenemos con el padre Martín Lutero aquí presente: mientras que Lutero ha hecho libremente uso de su palabra para difamar a personas de fe como el mismo arzobispo de Maguncia, acusándole de corrupción o al mismísimo Santo Padre, definiéndolo nada más y nada menos como el Anticristo.
— Surgieron los primeros murmullos ante esas gruesas palabras.
Eck se detuvo, quería darle a los asistentes el tiempo suficiente para asimilar sus palabras y reanudo su ponencia —.
El Santo Padre ha optado una y otra vez por concederle el perdón a Lutero, siempre y cuando se mostraba arrepentido y se retractaba de sus palabras.
— Johann Eck se paseaba de un lado a otro frente a la mesa, dirigiéndose a todos los presentes menos a Lutero, hablando con serenidad, pero también con seguridad y autoridad.