52. Golpe a la insurrección
Golpe a la insurrección
El conde de Haro realizó un gesto autoritario con un leve movimiento de cabeza a uno de los funcionarios que le acompañaban, dándole así una orden preestablecida.
El hombre de armas dio varios pasos hacia la muralla donde aguardaban los comuneros y sus seis piezas de artillería. Desplegó su mandato y empezó a leerlo.
En lo alto de la muralla se encontraba Juan de Padilla, que afinaba el oído para escuchar lo que aquel hombre iba a decir a viva voz.
— ¡Por orden del rey de Castilla, se le encomienda a los insurrectos la rendición incondicional! ¡qué depongan las armas y abran las puertas de la ciudad! ¡A cambio se respetará la vida de todo aquel que colabore con la restauración del orden!
Juan de Padilla escuchaba aquellas palabras con desconfianza, pero debía ganar tiempo, ya que los refuerzos comuneros estaban de camino.
— Respondedles que necesitamos tiempo para debatir su propuesta. Preparad una guarnición para que defiendan las puertas. No podemos perder Tordesillas.
Con esas palabras Juan de Padilla se dirigió a la residencia de la reina Juana, donde esperaban los otros jefes de la rebelión.
Exteriores de la ciudad.
— Dicen que necesitan tiempo para pensárselo — le acababan de comunicar al conde de Haro que sobre su montura torció el gesto.
— Tratan de ganar tiempo para hacerse fuertes en la ciudad. Seguramente los refuerzos estén de camino. — El astuto conde de Haro escupió en el suelo —. ¿Qué diablos? Empezaremos ensordeciéndoles con nuestros cañones. ¡Qué la infantería se prepare para el asalto! pues esto acabará hoy mismo.
Residencia de la reina Juana.
— Si no ha firmado durante todos estos meses el documento, no creo que lo vaya a firmar hoy — indicó Zapata, mientras se dirigía junto al otro cabecilla, Juan Bravo, a la estancia donde aguardaba la reina.
El sonido de la artillería enemiga encogió el corazón de los dos hombres que reaccionaron con un respingo ante el primer cañonazo. Los realistas no iban a concederles tiempo alguno. El nerviosismo se apoderó de sus cuerpos y su ánimo.
— ¡Tal vez hemos sido demasiado delicados con esa zorra y su hija! —Zapata maldecía con los ojos inyectados en sangre.
Los dos hombres irrumpieron en la estancia donde Juana, junto a Catalina, contemplaban desde la balconada las columnas de humo que se comenzaban a erguir en la lejanía. Lo hacía intranquila, pero más le perturbaba aquella invasión en sus aposentos.
— ¿Qué significa esta intromisión? — Juana pedía explicaciones.
— ¡Tenéis que firmar de una vez! — Zapata sostenía los documentos en su mano.
— Ya os he dicho cientos de veces que agradezco vuestra lealtad, pero no firmaré nada que haga quedar a mi hijo como un traidor.
— ¡Necesitamos legitimar nuestra defensa hacia vos! — protestó Bravo —. Vuestra firma es lo único que podría salvar miles de vidas hoy ¡Firmad por Dios, firmad!
— Me niego.
— ¿Sabéis lo único que pueden hacer los hombres acorralados ante su muerte?
Son capaces de llevarse consigo la satisfacción de un último placer carnal ¿Queréis eso?
Un princesa serie apetecible para aquellos hombres a los que no les queda nada que perder.
— Zapata expuso aquellas palabras mirando con lujuria a Catalina quien con trece años aún no había dejado de ser niña.
— ¿Cómo osáis…?
— ¡Entonces firmad o jamás volveréis a ver la luz del un nuevo día! — gritó Zapata.
— ¿Qué significa todo esto? — Padilla irrumpió en la estancia de la reina, sorprendiendo a Zapata mientras lanzaba sus amenazas —. ¡Habéis jurado lealtad a la reina y a la princesa!
— ¡Tenemos al enemigo a las puertas de la ciudad, la situación es desesperada y la reina a la que le hemos jurado lealtad no colabora. Tal vez no sea digna de nuestra fidelidad — musitó Zapata.
— La situación es desesperada, sí, pero no por culpa de la reina.
Pedro Girón, al que nuestra Junta decidió de manera estúpida otorgarle el mando de nuestra causa, decidió, desoyendo mi consejo, dejar desprotegida la ruta hacia Tordesillas.
— Padilla apretaba con rabia los dientes —.
¡Si no fuese por la torpeza de Girón, la caballería enemiga aún trataría de cruzar campos embarrados de viñeros!
¡Incluso les podríamos haber superado con la fuerza de nuestra infantería!
Unos pasos acelerados, se acercaban por los pasillos de la residencia de la reina.
Ello alertó a los tres cabecillas del ejército de comuneros que resistían en Tordesillas.
No tardarían en averiguar que el dueño de aquellos pasos era uno de los hombres de confianza de Padilla, Francisco Maldonado.
Con su mirada desesperada, Padilla pudo anticipar que Maldonado no portaba ni mucho menos, noticias alentadoras.
— ¡Han entrado a la ciudad! — reveló Maldonado sin más preámbulos.
A la desalentadora noticia le sucedieron los gritos que anunciaban que se estaba llevando a cabo una encarnizada batalla en la ciudad, cuerpo a cuerpo, sin el orden y sin la estrategia que podría ofrecer un campo de batalla despejado en una campiña.
Sobrevino el fuego, solo los edificios santos se salvaban de la ira de los imperialistas que llegaban a la ciudad para restaurar el gobierno del rey, portando consigo su inclemente justicia, trayendo con ellos los gritos que precedían a la muerte de sus enemigos, aquellos comuneros insurrectos que habían osado alzarse contra el mismísimo nuevo emperador.
Zapata desenvainó su espada y miró con cólera a la princesa y a la reina haciendo que estas dieran un paso atrás. Las mujeres supieron leer en su rostro esa mezcla de miedo y desesperación que nubla la razón incluso de las mentes más lúcidas.
Antes de que Zapata materializará sus crueles intenciones, la mano providencial de Padilla le frenó presionando la muñeca de la mano con la que sostenía su espada sedienta.
Solo una mirada de Padilla bastó para aplacar sus ansias y tranquilizarle, pues como el resto de los hombres, incluso en la derrota le respetaba.
— Hoy perderemos esta batalla, pero la guerra está lejos de acabar.
No manches nuestra causa con sangre real.
— Padilla se volvió hacia Bravo —. Decidle a los hombres que nos retiramos por el momento.
Volveremos a Valladolid y planificaremos con tiento nuestros próximos golpes.
También tendremos tiempo para aprender de nuestros errores.
Tanto Zapata como Bravo asintieron y abandonaron la estancia de la reina para transferir las nuevas órdenes a las milicias. Padilla no se marchó sin hincar por última vez la rodilla ante la reina, decepcionado tal vez por no haber prestado un mayor servicio a su majestad.
Finalmente aquel Hidalgo se marchó, dejando a Juana y a Catalina solas, escuchando en las calles los compases cada vez más cercanos de la batalla, los ecos de los disparos menos lejanos y el choque de espadas resonando y anunciando los pasos de la lucha.
Fue solo cuestión de horas.
Por no traicionar a un hijo, por no abrazar el poder absoluto de la corona y entregarse a todos sus leales que pretendían demostrar que no estaba loca y era capacitada, por todo ello fue de nuevo liberado su captor, el marqués de Denia.
Y fue por ello, que tras haber sido acariciada por la suave brisa de la libertad, su mundo y su realidad de nuevo fueron sepultados en las cuatro paredes sin ventanas que como antaño la mantendrían cautiva.