51. El plan de la salamandra
El plan de la salamandra
— Mi encuentro con Enrique Tudor no fue todo lo bien que cabría esperar.
— En medio de un claro del bosque que rodeaba el palacio, Francisco I, rey de Francia, se jactaba frente a su invitado, con quien había organizado una jornada de caza —.
Se podría decir que medimos nuestras fuerzas en un combate de exhibición sin armas, con nuestras manos y nuestro torsos desnudos.
Lo único de lo que podíamos hacer mano era de la propia fuerza que Dios nos ha concedido.
El Tudor salió mal parado, pero que más da.
Sabía que ya había entablado relaciones diplomáticas con el Habsburgo, quien ahora se mueve por Europa con toda su pomposidad, luciendo su nueva corona imperial.
— Con esa última frase, Francisco ocultó su resentimiento bajo un tono jocoso.
Aquel visitante al que el rey había acogido era ni más ni menos que Enrique II de Navarra, el pretendiente al trono.
Tenía el pelo recortado, despejando su cabeza, haciendo que sus pretensiones resultasen claras, aún así, era de mirada astuta.
Era tan delgado como ágil, había mostrado que se sabía mover entre las grandes potencias europeas, llegando a negociar con Carlos la devolución de su trono en Navarra, un hecho que no aconteció por consejo del canciller Gattinara.
No le extrañaba, desde que Francisco lo acogiera en su corte, era sabido que Enrique de Navarra podía resultar una amenaza para Carlos.
— Creo que esa corona imperial le va a salir cara — dijo el pretendiente al trono de Navarra —: revueltas en Castilla y Aragón, crisis de fe en Alemania con las envenenadas palabras de ese sacerdote llamado Lutero; corsarios en sus costas…
no me gustaría estar en el pellejo del joven emperador —.
A pesar de ser tres años menor que Carlos, Enrique hablaba con cierto aire paternalista.
Francisco había bajado el tono y cuidaba sus pasos, pues había escuchado un ruido en un arbusto cercano. No obstante no dejó de lado la charla con Enrique.
— Este cúmulo de situaciones adversas, hace que este sea el mejor momento para atacar. — Francisco tensó la cuerda de su arco que atenazaba junto a una flecha con sus dedos corazón e índice.
— ¿Atacar? Si atacáis toda Europa se os echará encima — señaló Enrique.
— ¡No! — De entre los arbustos salió una liebre.
La flecha tensada en el arco de Francisco salió disparada, atravesando de súbito el vientre del animal, provocándole la muerte al instante y dejando que un reguero de sangre alimentase la tierra húmeda.
Francisco sonreía satisfecho por haber acertado el tiro en un blanco tan pequeño—.
Vos atacareis. Este es el mejor momento para que recuperéis lo que por derecho os pertenece.
Yo no me puedo exponer a romper la paz en Europa: El propio Habsburgo, el Santo Padre, los príncipes alemanes o el Tudor se me echarían encima, pero si podría auxiliaros, como aliado, en caso de necesidad, ello no le daría legitimidad a Inglaterra para atacarme.
Enrique dirigió su mirada al cielo y quedó pensativo, procesando la propuesta de Francisco. Para nada estaba convencido y lo hizo ver con una sonrisa mientras negaba incrédulo con la cabeza.
— Yo abriría la brecha por vos para que penetraseis con vuestros ejércitos en España. Tenéis mucho que ganar, pero ¿Qué hay de mí?
— Decidme ¿Qué puedo hacer por vos? ¿A caso mi corte no os ha tratado bien?
— Por supuesto que me he sentido honrado por vuestra hospitalidad — se sinceró Enrique —.
No obstante, al cerdo también se le alimenta con generosidad antes de ser el plato principal en un buen banquete.
— Francisco tensó su faz ante aquel comentario del pretendiente al trono de Navarra —.
No os pediré nada ahora, tal vez en el futuro. Desearía que atendierais mis demandas.
Francisco avanzó con toda su envergadura ante Enrique,. Estrechándole el antebrazo, como si lo tratase como un igual.
— Así será. Diría que tenemos un trato.
— Tenemos un trato — respondió con rotundidad Enrique —. A vuestra orden, estaré preparado.
La jornada de caza no se alargó mucho más. El rey llegó a palacio con las botas embarradas y sus ropas polvorientas, antes de que pudiera cambiarse las prendas, la reina madre, Luisa de Saboya acudió a su encuentro cortándole el paso hacia su estancia.
La madre miró a su hijo con rigidez y autoridad.
— El legado del Papa, Aleandro, lleva un buen rato esperando. — La madre acompañaba al hijo hacia su habitación.
— Tenia que resolver el asunto con el pretendiente de Navarra. Todo ha ido bien.
Madre e hijo entraron juntos a la cámara del rey. No había tiempo que perder. Siguieron tratando los temas de estado mientras los sirvientes vestían a Francisco con nuevas ropas para recibir a Aleandro, el legado papal.
— ¿Qué hay de Robert de la Mark? — se interesó la madre.
— El señor de Sedan y de Florange me ha trasmitido su deseo de poner a mi servicio todos sus ejércitos contra cualquier enemigo, incluido el emperador. Con él de aliado, ese Habsburgo tendrá un nuevo frente en los Países Bajos.
— Bien, bien… — murmuraba la madre —, pero guárdate las espaldas, tus aliados son traicioneros y en un futuro se pueden volver contra ti.
En cuanto Francisco hubo mudado sus ropas, madre e hijo se dirigieron al salón del trono donde aguardaba la visita.
Aleandro se había quedado ahí contemplando aquella estancia minuciosamente ornamentada y donde no quedaba un solo rincón vacío: El ocre y el oro dignificaban el lugar.
El legado papal no tuvo tiempo para estudiar cada uno de los tapices, al percibir la llegada de Francisco.
— Disculpad la tardanza. — Francisco se estaba ajustando las mangas mientras se aproximaba a Aleandro.
— A penas la he acusado majestad. Estaba ensimismándome con la exquisita decoración de los salones de vuestro palacio. Percibo una fuerte influencia italiana.
— Bueno — Francisco suspiró—. Se trata de seleccionar bien a los artistas, a los escultores y arquitectos que están llenando de armonía este palacio.
Al final todo se reduce a tomar la elección correcta, tanto en la esfera privada como en estamentos más altos.
Una buena elección garantiza el orden ¿No creéis?
Como la elección de un buen emperador. — Una sonrisa amarga se dibujaba en los labios del rey de Francia.
— El Santo Padre no ha tenido ni voz no voto en la elección de Carlos de Habsburgo como emperador
— Voto tal vez no, pero sí voz — aseguró Francisco —.
Al menos con su voz, podría haber aconsejado mejor a los electores eclesiásticos.
Pero ese ya no es mi problema, al final esa disputa por la corona imperial era como sí dos hombres pretendieran a una misma mujer caprichosa.
El Habsburgo ya la ha conquistado, ahora la tiene que mantener.
— Os equivocáis — inquirió el legado —. El escenario que se cierne ante nosotros sí es vuestro problema y el de todo buen rey cristiano.
La herejía se expande y todo por un hombre, Martín Lutero, y el nuevo y joven emperador se muestra titubeante, incluso va a dejar que sea escuchado en Worms. El Santo Padre no ha perdido la fe en el emperador, pero necesita poderosos aliados a su lado.
Al Santo Padre le incomoda el control del nuevo emperador sobre Nápoles y esa es una cuestión que debe resolverse, al fin y al cabo, el emperador os atacará, al menos con la intención de recuperar para sus posesiones su preciada Borgoña, eso es inevitable.
Más vale que estemos todos preparados, por lo que pueda pasar.
— Decidle al Papa que en mí encontrará un leal servidor.
— Aleandro asintió ante aquellas palabras que provenían del orgullo herido de Francisco —.
Pero él también debe cumplir su parte: en primer lugar, debe posponer indefinidamente la coronación imperial del Habsburgo, y en segundo lugar, cuando de inicio esta guerra inevitable, debe privar a ese usurpador del reino de Nápoles, haciendo uso de la fuerza si fuera necesario.
Aleandro asintió y se marchó satisfecho de la reunión. Todos en el tablero de la tierra cristiana tomaban posiciones, porque todos sabían que la guerra entre Carlos y Francisco, los reyes más poderosos de la cristiandad, era inevitable.