Carlos V. Trilogía Completa 50. Larga vida a la reina
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50. Larga vida a la reina

Larga vida a la reina

Los comuneros alzados contra el gobierno del emperador Carlos se hacían día tras día más fuertes en toda Castilla, tornando las protestas en una situación descontrolada.

Desde el horizonte se veía el humo del fuego que dejaban a su paso y se escuchaba el choque de las espadas entre las milicias y las fuerzas realistas.

La rebelión se había convertido en guerra.

Uno de los hombres al frente de los comuneros enfurecidos era el Hidalgo Juan de Padilla.

Tordesillas no resistió la fuerza de los comuneros.

Juan de Padilla caminaba por los pasillos del palacio, pasando por encima de los cuerpos de los pocos hombres que habían decidido oponer resistencia y mantenerse fieles al emperador.

No bajaba la mirada para mirarlos. Con su cara afilada, al igual que su nariz y su barba dibujaba una flecha que cortaría el viento hasta llegar a su objetivo.

Con pasos firmes y la espada aún ensangrentada andaba hacia quien había ido a buscar.

— Hemos capturado al marqués de Denia — informó un hombre a su paso.

— Encerradlo entonces en una habitación oscura y sin ventanas, tal y como él ha tenido cautiva a su prisionera.

Padilla dejó en el aire aquella orden mientras avanzaba hasta llegar a una puerta entreabierta con uno de los milicianos apostado junto a ella.

No se detuvo a saludar y entró en los aposentos donde se encontró la prisionera del marqués de Denia, Juana a la que llamaban la loca, abrazándose a su hija Catalina.

Estaba asustada ¿A qué habían ido aquellos hombres?

¿Qué querían de ella? No sólo le habían privado de la libertad, sino también de la realidad.

Su falta de contacto con él mundo exterior, le impidió correr el telón para adivinar las verdaderas intenciones del ejército que había asaltado Tordesillas.

Temblorosa se interpuso entre ellos y Catalina.

Había escuchado lo que le pasaba a las mujeres que en el campo se batalla caían en manos enemigas.

Juan de Padilla se puso frente a ella con rigor serio y de súbito, no solo hincó una rodilla sino las dos, extendió los brazos hasta alcanzar su mano y se la llevó a los labios besándola.

— Majestad, muchos buenos hombres leales de la villa de Toledo, la de Segovia y la de Madrid, hemos acudido a vuestro servicio para liberaros.

— ¿Liberarme? ¿Qué decís?

— Con gusto os lo mostraré majestad.

Juan de Padilla se levantó y salió de la habitación. Juana miró confusa a Catalina y ella respondió asintiendo, de alguna manera algo le decía que aquel hombre no traía malas intenciones. La reina decidió traspasar el umbral para salir de su jaula.

Madre e hija siguieron a Padilla recorriendo los pasillos donde hombres armados inclinaban la cabeza con sumisión ante su paso.

Finalmente llegaron a uno de los corredores exteriores donde la luz diurna alumbraba intensamente.

Ahí mismo se detuvo Padilla para contemplar bajo la balconada, permitiéndose sonreír satisfecho.

La curiosidad hizo que la reina Juana avanzara casi a zancadas y dirigiera su vista hacia donde lo había hecho Juan de Padilla.

La reina Juana abrió los ojos de par en par, se los frotó dudando por aquella locura en la que la habían inducido.

No sabía en aquel momento si aquello que veía era fruto de una ilusión o realidad: miles de hombres a pie y a caballo llenaban la plaza.

Cuando vieron la silueta de la reina asomarse en el balcón, bramaron a viva voz.

— ¡Larga vida a la reina! ¡Larga vida a la reina!

La reina Juana buscó respuesta en él semblante de Juan de Padilla.

Pocas veces la habían aclamado de tal manera, a ella, reina desde hacía tantos años y que le habían privado de su dignidad.

Sonreía satisfecha. En la comisura de su boca sintió la sal de sus lágrimas.

Su sabor era diferente, no tan amargas como las que solían acudir a sus ojos.

Esas lágrimas eran de alegría. Catalina jamás la había visto tan radiante a su madre.

— Todas estas gentes están aquí por vos, majestad. El mal gobierno de vuestro hijo y el de sus asesores y la desatención a las cuestiones del reino nos han obligado a acudir a vos, la única y verdadera reina a la que han privado de toda libertad. Solo os pido vuestro perdón.

— No tenéis que disculparos mi buen señor — decía Juana tratando de recomponerse y contener su emoción —. Tenéis mi beneplácito para castigar a aquellos que hayan hecho mal

Juan de Padilla vio como se acercaban los demás cabecillas de la rebelión: Juan Bravo de Segovia; y Juan de Zapata, venido de Madrid. Los dos se personaron ante la reina y se arrodillaron. Tras cumplir el protocolo, Zapata preguntó a Padilla.

— ¿Ha firmado ya? — Padilla extendió la mano para frenar aquella pregunta, dejando que se disipara en el aire, pero fue inútil, pues nada podía evitar que la cuestión no llegase a oídos de la reina.

— ¿Firmar, qué debo firmar?

— Majestad, aunque noble, nuestro movimiento es ilegal a los ojos de las autoridades — señaló Juan Bravo —. Si plasmaseis vuestra firma real defendiendo nuestra causa nos legitimaríais.

A Juana de nuevo lo envolvió el escudo de la desconfianza, borró su sonrisa y una vez más abrazó a su hija para sentirse más protegida.

—Esa… esa firma ¿Qué consecuencias tendría para Carlos?

— Esa firma convertiría a vuestro hijo Carlos en un usurpador y a vos en la única y verdadera reina — sentenció Padilla.

La reina no volvió a responder. Casi arrastrando a su hija se retiró despacio, dejando a los tres cabecillas de la rebelión hundidos en un mar de dudas.

No esperaban aquella respuesta irresoluta.

Juana se dirigió a su habitación, la que había sido su prisión.

En la palma de su mano le habían entregado la llave de su jaula, con ella podría recuperar la libertad de la que tantos años había sido privada, pero ello implicaba traicionar a su propio hijo.