49. Dos imperios #2
— Siempre habéis colmado con obsequios a mi padre y espero que os hayáis visto recompensados — atajó Solimán —, pero valoro más vuestras conquistas, en Tremecén y vuestro gobierno en Argel.
Estamos en guerra contra los infieles cristianos y eso es algo que muchos señores que se han acomodado han olvidado.
— Y Solimán paseó sus ojos ante sus siervos, comprobando que sus palabras eran escuchadas —.
Por Alá que ese debe ser el camino a seguir.
La fe verdadera debe prevalecer bajo este imperio.
No solo debemos conformarnos con el dominio del mar, presente en todas esas capturas y las jornadas de castigo en las costas de los enemigos de Alá.
Debemos consolidar nuestra fuerza. Avanzar en el este de Europa y en el norte de África ¿Puedo contar con vos cómo lo hizo mi padre?
Hizir sonrió ampliamente, lo hizo de manera sincera y asintió.
Nada le satisfacía más que castigar a todos esos cristianos que habían acabado con la vida del gran Baba Aruj.
El nuevo sultán era joven, pero hablaba con convicción.
Parecía capaz de alcanzar su ambición. Mostraba paciencia, calma y sabiduría.
Si alguien podía doblegar el poder de los cristianos era él e Hizir, desde aquel primer momento, se sintió gustoso de servir a Solimán el Magnífico.
Capilla Palatina de Aquisgran.
— Larga vida tengáis emperador. — Federico de Baviera mostraba así sus respetos a Carlos, que recibía a sus súbditos sentado en el trono.
Carlos asintió solemne. El señor de Chièvres al lado del rey, dibujó una sonrisa maliciosa que no pasó inadvertida para Federico.
— Os veo bien, Federico.
— Y yo a vos mi señor, dejasteis de ser un niño hace mucho tiempo. — Federico hizo una breve pausa para reunir todas sus fuerzas y formular la siguiente pregunta —: ¿Cómo está Leonor?
Carlos torció el gesto, aquella pregunta le amargaba la celebración de su coronación imperial al recordar la traición. No contestó, pero sí lo hizo Chièvres:
— ¿Seguís en la soltería? Ese es un riesgo que sin duda y dados los precedentes os puede hacer caer en los pecados de la carne. — Chièvres seguía con aquella sonrisa perversa dibujada en sus labios —. Deseo que encontréis pronto una esposa a la medida justa de vuestras posibilidades.
Federico abrió los ojos de par en par, si hubiese abierto la boca en aquel momento hubiera dejado escapar una llamarada.
El odio le corroía por dentro. El hombre que había provocado la separación entre él y Leonor se dirigía a él con sorna.
Federico se llevó la mano a la empuñadura de su espada, si su lengua bífida emitía un siseo más, estaba dispuesto a rebanársela.
Antes de que Chièvres dijera otra palabra, Carlos posó su mano sobre su antebrazo, pidiéndole que se detuviera.
Tanto Federico cómo Chièvres se contuvieron.
El de Baviera asintió y se despidió.
Tras Federico siguieron desfilando más y más personalidades. Aquella tarea era agotadora. El emperador se llevó las manos a la sien, hasta que una voz profunda le hizo volver en sí.
— Estoy seguro que cumpliréis con vuestro nuevo cometido… emperador.
León X había esperado a que Carlos atendiera a gran parte de sus súbditos desde el trono de Carlomagno para finalmente presentarse ante él con una amplia sonrisa conciliadora. Carlos se levantó como un resorte ante él e hizo una reverencia, besando el anillo del Santo Padre.
— Así será su santidad. No dudéis que pondré todo mi empeño en ello.
— Debo reconocer que tuve mis reticencias por vuestro nombramiento.
Francisco me hubiera parecido un emperador más decidido.
Pero precisamente su falta de escrúpulos hizo que finalmente me decantará por vos.
— El Papa bajó la voz para que sus palabras veladas no llegasen a los oídos de los curiosos que se encontraban a pocos metros de la conversación, pero no pudo evitar que el elector de Sajonia, Federico, se acercara para intervenir en la conversación.
— Os lo agradezco — respondió Carlos —. Como os he dicho, trataré de estar a la altura del deber que se me ha encomendado.
— Bien. Entonces esto nos lleva a vuestro primer cometido.
— León cambio a un rictus serio —. El cardenal Adriano de Utrecht ha puesto en mi conocimiento las revueltas que están asolando a España, pero aún tenéis…
tenemos un problema más grave en Alemania y que merece ser tratado de manera prioritaria.
Se trata de ese hereje… Martín Lutero. Mi deseo es que ese Lutero sea llevado a Roma para ser castigado.
Carlos escuchó atentamente las palabras del Papa.
Federico de Sajonia también había alcanzado a oír la petición de León X.
El príncipe elector quedó a la espera de la respuesta de Carlos, a quien dio su voto para proclamarle emperador a cambio de la protección sobre Martín Lutero.
El emperador desde la serenidad dio finalmente su respuesta.
— En sus cartas Adriano de Utrecht me ha alentado a que atienda el problema que está generando Martín Lutero en el mismo corazón del imperio, así que no penséis que ignoro dicho asunto. En cualquier caso, di mi palabra de que Martín Lutero sería escuchado antes de ser juzgado.
— ¿Qué queréis escuchar; como me llama anticristo delante de todos? — La piel del Papa se encendía por una ira que contenía en su interior y que no podía mostrar ante tal cantidad de asistentes en la catedral.
— Di mi palabra — repitió Carlos acentuando cada sílaba.
León X no se despidió, se marchó mascullando maldiciones al ver desatendidas sus demandas.
Carlos miró a Federico de Sajonia y este asintió conforme.
Carlos estaba cumpliendo con su palabra.
El nuevo emperador sabía que debía estar prevenido por sus enemigos, más allá de las fronteras de sus dominios, pero aún más de aquellos que surgían cada día dentro de su imperio.
Sin duda el mismísimo Papá podía convertirse en un temible adversario.