49. Dos imperios
Dos imperios
A su llegada a los Países Bajos, Carlos se rencontró con su tía Margarita y su hermano Fernando, también con su viejo amigo Enrique de Nassau con quien, como no podía ser de otra manera, se fundó en un sincero abrazo.
Pero no hubo mucho tiempo para pasar a solas y cruzar palabras más allá de los saludos protocolarios.
Habían pasado solo tres años desde la partida de Carlos, pero Margarita se sorprendió al verle tan cambiado.
Había dejado de ser aquel muchacho caprichoso y se estaba convirtiendo en un hombre sereno.
El señor de Chièvres al que tanto temía Margarita seguía al lado de su sobrino, pero parecía que había perdido la influencia de antaño.
A penas hubo entre ellos palabras de afecto, Carlos estaba ocupado en recibir a los grandes señores de Alemania, incluyendo a los todopoderosos príncipes electores, que se habían acercado para rendir pleitesía al nuevo emperador.
Había llegado el día de la coronación imperial.
Aquisgrán, la misma ciudad que setecientos años antes había servido de escenario para la coronación del mismísimo Carlomagno, se había vestido para recibir al nuevo Rey de Romanos.
A lomos de un caballo blanco, como el salvador de la cristiandad y acompañado de toda su guardia personal, con el sonido de fondo de los tambores y los timbales, el nuevo emperador entraba en la urbe.
Carlos fue aclamado por nobles y plebeyos en su paso por la gran avenida que llevaba a la Capilla Palatina y que se alzaba sobre el resto de edificios con la techumbre del color del cielo, como si su alzada lo hubiera alcanzado y se hubiera impregnado de él.
La catedral albergaba orgullosa los restos de Carlomagno, haciendo que aquel que la observase no quedase solo intimidado por su belleza.
Carlos bajó de su caballo y subió la escalinata que daba acceso a la catedral. Antes de cruzar los portones y de entrar en el templo para encontrarse con su destino se detuvo, Carlos mandó a llamar a su tía Margarita.
Ella acudió desconfiada, pues no sabía si quedaba algún reproche más de tantos que en el pasado, Carlos le había dedicado. Se presentó ante él erguida y con la mirada estricta de una madre.
— No habría logrado nada sin vos. Nada — empezó diciendo Carlos —. No hablo solo de esto, sino también de todo lo que soy. Espero que en el futuro me sigáis contradiciendo para hacer prevalecer vuestro consejo de madre.
—Vos, vuestro hermano y vuestras hermanas sois la única sangre que me queda — respondió Margarita tensando su rostro para no mostrar sus emociones; algo natural en ella —. Lo he hecho lo mejor que he podido y lo seguiré haciendo.
Carlos dio un paso al frente y abrazó a Margarita cómo nunca antes lo había hecho, sintiendo su latido y su calor. La miró a los ojos y le habló.
— Tengo todo un imperio que atender y las noticias sobre las revueltas que vienen de España no son halagüeñas . No se me ocurre nadie más que vos para ser la regente en los Países Bajos. Reinad en mi nombre.
— ¿Estáis seguro? — Carlos asintió ante la pregunta de Margarita —. Si es vuestra voluntad así lo haré. Ahora marchad y tomad lo que os pertenece por ddrecho.
Carlos se separó de Margarita y reemprendió la marcha al interior de la catedral.
Dentro del templo todo estaba preparado, todos esperaban al emperador.
Los muros en su interior resplandecían como la plata y el oro a la luz de los vitrales, dignos de la que antaño fue la capital del reino carolingio.
Entre los cientos que le observaban se encontró con el rostro de su antiguo amigo, Federico de Baviera, el hombre al que Carlos expulsó de su corte por ese amor prohibido que procesaba hacia Leonor.
Federico le dirigió un rictus serio, ni Carlos ni él bajaron la mirada, hasta que el nuevo emperador asintió levemente.
Federico le devolvió el saludo de la misma manera, no fue cálido, Carlos pudo ver un hielo antes ausente en sus ojos, una frialdad que solo puede formarse por el dolor de la perdida.
En su lento recorrido hacia el altar y tras repasar las miradas de aquellos que lo contemplaban, tuvo tiempo para sorprenderse ante una pieza que presidía el edificio: era un pequeño trono al que se accedía mediante cuatro escalones de piedra, que según se decía, habían sido traídas desde el santo sepulcro de Jerusalén.
Estaba tallado por cuatro bloques de mármol unidos por grapas de bronce y descansaba sobre cuatro pilares.
Era austero y sencillo, era el trono de Carlomagno, sin ornamentos, ni piedras preciosas incrustadas y ahí se dio cuenta de que lejos de serle otorgado un honor, se le encomendaba un servicio.
Entre todo el esplendor de la nobleza presente se encontró al Santo Padre, León X, que quiso acudir para ser testigo en primera persona de la coronación imperial.
El arzobispo de Colonia y príncipe elector Germán de Wied lo esperaban en el altar. Ante él Carlos se postró, se tumbó en el suelo, con los brazos en cruz boca abajo ante los cientos de ojos que eran testigos de aquel acto de sometimiento. El arzobispo esperó unos instantes, hasta que final ordenó.
— ¡ De rodillas!
Carlos obedeció, hincó la rodilla ante aquel hombre y alzó la mirada, para dirigirla a sus ojos y responder a las preguntas del arzobispo.
— ¿Defenderéis como emperador a la iglesia?
— Ego volo
— Defenderéis como emperador la justicia?
— Ego volo.
— ¿Seréis el protector de los humildes, los oprimidos, las pobres viudas y los míseros huérfanos?
— Ego volo.
El arzobispo de Colonia impregnó sus dedos con el óleo santo y los llevó a la frente de Carlos. El nuevo emperador cerró los ojos para escuchar la consigna del arzobispo mientras deslizaba el dedo sobre su piel.
— Ungo te regem oleo santificato. In nomine Patris et Fili et Spititu Sangtu. Ahora alzaos emperador.
Carlos abrió los ojos, y obedeció la orden del arzobispo.
A su espalda sentía la atenta mirada de su tía Margarita, su hermano Fernando y el señor de Chièvres.
El arzobispo se acercó al altar y tomó el anillo imperial de oro y lo colocó en el dedo anular del nuevo emperador.
De nuevo el arzobispo tomó por las dos manos la espada de Carlomagno con su empuñadura en oro y se la entrego a Carlos.
— Esta es la espada con la que defenderéis a la cristiandad e impartiréis justicia.
Cuando Carlos la empuñó, el arzobispo de Colonia también le hizo entrega del cetro y del orbe imperial, ambos dorados.
El orbe decorado con una cruz representaba el mundo sobre el que gobernaba.
Finalmente el arzobispo elevó la corona de oro y la posó sobre la cabeza de Carlos.
El nuevo emperador se volvió con el centro en una mano y el orbe en la otra y las cientos de gargantas dentro de la catedral lo aclamaron al verle por fin con todos los símbolos que le legitimaban como el nuevo emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.
Carlos avanzo despacio, abriéndose paso entre las voces que gritaban “¡ Vivat, vivat Rex in aeternum!” Ascendió los cuatro escalones y tomó su lugar en el trono de Carlomagno para descansar sus espaldas del mundo que sostenía.
Palacio de Topkapi (Estambul)
Carlos desconocía cuanto estaba cambiando el mundo. Más allá de las fronteras cristianas, el Gran Sultán Selim moría y su hijo Solimán ocupaba su lugar. El azar quiso que la coronación de los dos grandes representantes de la cristiandad y el Islam casi coincidieran en el tiempo.
La antigua Constantinopla, rebautizada por los otomanos como Estambul, se recuperaba de la despedida del viejo sultán, pero daba la bienvenida a uno nuevo joven y lleno de vida a sus veintiséis años .
Hizir quiso acudir en persona a la capital del imperio otomano para mostrar sus respetos al nuevo sultán, era una manera de tratar mantener el favor que antaño le había dedicado su padre, tanto a él como a Aruj antes de él.
Hizir aún no había podido borrar la sorpresa en su expresión ante el lujo que ofrecían las salas de aquel palacio, con grandes estancias que no empequeñecían ante la presencia de los cientos de señores que se habían presentado para rendir pleitesía a Solimán.
Las salas estaban ornamentadas con teselas de diferentes azules y ocres sobre fondos rojos, resaltando aún más la riqueza del lugar y elevando su decoración hasta la cúpula.
En aquella sala donde los murmullos se elevaban hasta la techumbre se hizo el silencio cuando las puertas se abrieron para recibir al nuevo sultán.
Hizir pudo ver en él a un hombre que aunque joven, parecía poseer unos ojos que atesoraban en los secretos que solo una gran mente sabia podía contener.
El sultán Solimán se paseaba entre sus fieles con serenidad, reflexivo y parándose a escuchar todas las alabanzas que recibía con humildad.
Lo hizo con todos los señores presentes hasta que se paró frente a Hizir.
El corsario pudo contemplar así el rostro delgado de Solimán, casi cadavérico y que trataba de disimular con una espesa barba.
Su delgadez se acentuaba aún más con su gran kavuk .
— Hizir bin Yakub, majestad. El Baylar Bey de Argel. — Así fue presentado por el visir ante el sultán, como el gobernador de Argel, aunque sus más próximos le seguían llamando sultán de Argel. Hizir pensó que corregir al visir ante el Gran Sultán Solimán sería una imprudencia.
— Lamento profundamente la perdida de vuestro hermano Aruj. — El sultán se llevó la mano al pecho y bajó levemente la cabeza como muestra de duelo, algo que sorprendió a Hizir, pues ver a un hombre de su posición haciendo aquel gesto en memoria de su hermano era poco corriente.
— Gran Sultán, espero que las naves que hemos captursdo llenas de cargamento provenientes del nuevo mundo hayan sido de vuestro agrado — respondió Hizir.