Carlos V. Trilogía Completa 48. Oídos para palabras tristes
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48. Oídos para palabras tristes

Oídos para palabras tristes

Le había llamado Carlos, como a su tío. Aunque Leonor se había distanciado de su hermano, se había propuesto que su primer hijo llevase el nombre de aquel junto al que había crecido, tal vez con la intención de que algo le quedase de aquellos añorados días.

No tenía otro deseo que ese, por lo demás no quedaba nada de aquella alegría suya, de esa muchacha que cantaba y bailaba con el único afán de divertirse.

Había llegado como una extraña a la corte portuguesa y un año después seguía siendo una extraña a los ojos sobretodo de los hijos del rey Manuel, más hostiles aún ante las últimas decisiones que Carlos había tomado en sus reinos: El tomar al navegante Magallanes bajo su protección se considero una afrenta, no solo para el rey Manuel sino también para el mayor de sus hijos, el príncipe Juan.

Pero más desprecio sintieron cuando llegaron los rumores de que Carlos se había comprometido con la princesa Inglesa, la niña María Tudor.

El rey mantenía la esperanza en que fuese su hija Isabel la elegida por Carlos.

Desde su noche de bodas y debido al deseo del rey por tener más herederos, Leonor le entregaba su cuerpo con la intención de cumplir su deber como esposa.

Trataba de abandonar su piel mientras el viejo rey la poseía.

Pero su olor y su tacto quedaban impregnados en ella y en las sábanas cuando Manuel abandonaba la alcoba.

Tal vez por esa falta de deseo, ella en plena edad fértil tardó meses en concebir.

Al menos tendría un sustento con aquella nueva vida que vendría y que sería carne de su carne.

Fueron meses felices, notando como aquel niño crecía en su vientre, meses en los que al menos no debería yacer con su viejo marido.

Hasta que el día llegó y le sobrevino el miedo. Ella inexperta no sabía si sería capaz de traer una nueva vida al mundo en ese mismo escenario, la cama donde había muerto su tía y su predecesora como reina de Portugal.

Desde el primer momento pensó que aquel lugar aún guardaba el surgimiento y la tristeza del último parto, y el dolor no ayudaba.

Era como si el espíritu de la vieja reina estuviera ahí mismo, atravesando su vientre con sus manos invisibles con cada contracción, abriendo sus carnes y retorciendo sus entrañas.

Pero no, era una nueva vida que luchaba por llegar al mundo: Carlos, su primer hijo, al cual, recuperándose aún por el alumbramiento, colocaron en su regazo y mirándole a los ojos supo lo que era el verdadero amor.

Un momento fugaz de felicidad que se convirtió en tristeza, pues a la segunda noche, el niño no despertó nunca más.

Leonor descubrió el verdadero dolor, aquel que no se siente ni en la piel ni en la carne y que provoca heridas para las cuales no hay cura.

Era el dolor del alma que amputa una parte del espíritu, la perdida de un hijo al cual no había empezado a conocer.

No había consuelo, trataba de ahogar sus lágrimas en la almohada, pero no, no había consuelo alguno, ni calma, ni paz en el descanso.

Volvía de nuevo a ser la reina fértil con el deber de concebir, pero esta vez le acompañaría la secuela que deja una gran perdida.

Leonor se recuperaba en su habitación, con la vista puesta en un techo blanco y el crucifijo que no la había protegido en el cabezal de la cama. Los ojos rojos y las ojeras marchitaban su belleza, tal vez su aspecto desaliñado resultaría ser un alivio y dejaba de ser apetecible para el viejo rey.

La reina de Portugal se reincorporó en su cama cuando alguien tocó a la puerta.

Pensó que sería el servicio, puesto que los únicos que se habían preocupado por su estado impulsados por el deber fueron los sirvientes, nadie más de la familia real.

El olor a caldo traspasaba el umbral, pero estaba tan desganada que aquel aroma le provocaba náuseas.

Se incorporó aun más al ver quién abría la puerta, portando en sus manos un plato de caldo humeante.

La princesa Isabel colocó el plato sobre una mesa auxiliar y se sentó a los pies de la cama. Leonor la miraba desconcertada, extrañada al ver que la princesa realizaba una labor que no le correspondía.

— Estáis muy débil mi reina — dijo Isabel sin mirarla a los ojos —. Sé que no tenéis apetito pero deberíais comer, aunque sea despacio, yo estaré aquí para ayudaros.

— Isabel, os pido por favor que no os dirijáis a mí como reina. Podéis llamarme Leonor.

— Bien Leonor… entonces comed.

— ¿Para qué? ¿Para pasarme la vida preñada y pariendo? ¿Para perder a mis hijos sin que a nadie le importe nada? — Leonor arrancó a llorar en aquel arrebato de sinceridad.

Distante en un principio, Isabel se levantó de la cama y se acercó a la reina. Primero le ofreció su mano y después la llevó a sus ojos para secárselos.

— Comed para poder vivir. Entre estas cuatro paredes ya ha muerto una reina. — Leonor comprendió que Isabel aún guardaba el luto por la muerte de su madre, de hecho toda la corte aún lo guardaba.

— Disculpad mi comportamiento, no… no es propio de mí y me doy cuenta que desde mi llegada aún no os he dado las condolencias por la perdida de vuestra madre.

— Yo también debo disculparme por no haberos recibido con los brazos abiertos, también os pido perdón en nombre de mi hermano, el príncipe Juan, pues para él son dos las razones que le llevan a ignoraros: ocupar el puesto de nuestra madre y la desilusión de no haber llevado a terminó vuestro compromiso con él.

En todo caso nada justifica que no nos hayamos puesto en vuestro lugar y que os hayamos tratado como a una intrusa.

Sois nuestra reina y no hemos obrado bien.

Durante horas charlaron, se contaron confidencias y compartieron el llanto.

La una de la otra fueron oídos para las tristes palabras.

Isabel le acabó contando a Leonor su frustración, su madre antes de morir dejó por escrito que su hija mayor debería casar con un rey, de lo contrario, debería tomar los votos y guardar por siempre celibato.

Ella esperaba a Carlos, el pretendiente más óptimo, no había otro, pero el hermano de Leonor tenía otros planes.

Leonor también le reveló sus secretos, aquel amor que dejó atrás, sus inquietudes.

Aquella noche aún eran hijastra y madrastra, solo se llevaban dos años, pero con el pasar de los días, las semanas y los meses, se convirtieron en amigas y confidentes.

La una a la otra se dieron aquella alegría que les faltaba en sus días tormentosos.