Carlos V. Trilogía Completa 47. El señor del otro lado del mar
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47. El señor del otro lado del mar

El señor del otro lado del mar

En aquel rincón del mundo donde parecía que el mar casi podía besar el cielo, Carlos se adentraba a lo desconocido.

La bruma emergía de las aguas impidiendo divisar nada a pocos metros de la proa.

Tras siete días, finalmente pudo ver aquella tierra que se encontraba al otro lado de sus dominios, en el Mar del Norte, Inglaterra.

El puerto de Dover recibía al rey de España en un escenario sobrecogedor por aquellas grandes paredes rocosas que se alzaban orgullosas sobre las aguas, como si aquella tierra hubiese emergido del mar por voluntad divina.

Cuando la nave del emperador ancló, el cardenal Thomas Wolsey, el consejero más cercano del rey Enrique Tudor, aguardaba en tierra.

Pudo contemplar como Carlos desembarcaba con sus mejores galas, un jubón de un rojo intenso a juego con su gorra roja, cubierto por una gruesa capa de blanca que le abrigaba del frío.

Le seguían Chièvres, Gattinara y su secretario Francisco de los Cobos, sus cientos de cortesanos y caballos, llenando de grandeza su entrada en aquella nueva tierra.

Wolsey no se impresionó, arqueó sus cejas pobladas de canas hasta tocar su capeto cardenalicio. Cubrió con la palma de su mano el escaso sol de aquella mañana, pues su piel rojiza era sensible a unos pocos rayos de luz y se acercó con pasos medidos a Carlos para plantar una reverencia ante él.

— Majestad.

Carlos se inclinó levemente aunque abrió los ojos con sorpresa al comprobar que el cardenal no se refería a él como emperador.

También paseó su vista entre todos los hombres que habían acudido a recibirle, muchos de ellos con estandartes donde una rosa roja y blanca era representada, símbolo de la casa Tudor y que referenciaba la unión entre las dos casas que años atrás habrían protagonizado una cuenta guerra civil en el reino; la casa Lancaster de la rosa roja y la casa York de la rosa blanca.

Carlos siguió oteando, sin conseguir localizada al rey de Inglaterra e Irlanda entre todos aquellos hombres. No se encontraba en el lugar. Antes de que Carlos preguntase por la ausencia del monarca, Chièvres se adelantó.

— Cardenal Wolsey, esperábamos que el rey Enrique recibiera aquí al emperador.— Chièvres hizo especial énfasis en la palabra “emperador”.

— Unos asuntos de estado han tenido ocupado al rey — respondió Wolsey con aire desenfadado y restando importancia a la ausencia del Tudor —. No os preocupéis majestad. En cuanto os acomodemos recibiréis al rey Enrique.

No hubo más pregunta. Carlos y su séquito siguieron a los ingleses hasta la cercana ciudad de Canterbury, ahí, en una de las residencias reservadas para la corte visitante, se habían adecuado unos aposentos para el rey de España.

El ambiente estaba enrarecido y ello era algo que impedía al rey pegar ojo en su alcoba: tal vez era el viaje, o el clima, o aquel recibimiento frío realizado por los ingleses, impropio para un monarca.

No hubo tiempo para pensar más, después de que el gallo anunciase un nuevo amanecer y el aviso a través de las campanas de la robusta catedral, la llegada del rey.

Carlos salió al patio, finalmente sería él, como un vasallo quien recibiese al rey de Inglaterra.

Enrique había acudido a lomos de un caballo blanco, no era la primera vez que Carlos lo veía: la primera vez que vio a Enrique fue en Calais, cuando Carlos tenía trece años, en un encuentro entre el propio Enrique y su tía Margarita.

En aquel entonces el rey de Inglaterra conservaba el vigor de su juventud y una figura esbelta, pero siete años después aquel aguerrido rey inglés parecía haberse abandonado a la buena vida: Su cabello empezaba a abandonarle y sus pequeños ojos y nariz se habían achicado más debido al peso que estaba ganando.

Al rey Enrique le acompañaba su esposa, la reina Catalina, tía de Carlos, hermana de Juana.

El rojo y el negro daban color grácil a aquel vestido que bien encajaba con sus cabellos oscuros.

A diferencia que a Enrique, era la primera vez que Carlos veía a la hermana más pequeña de su madre.

A los dos les acompañaba su pequeña hija María.

Carlos se acercó a los reyes de Inglaterra, se llevó la mano al pecho e inclinó la cabeza lentamente, mostrando sus respetos a Enrique Tudor.

— Majestades — dijo Carlos —. Rey Enrique, querida tía, me llena de orgullo conoceros por primera vez.

Catalina asintió y Enrique dio un paso al frente, extendió los brazos y abrazó a Carlos de una manera paternalista.

— ¡Miraros bien! ¡Erais un niño la última vez que os vi y ahora sois un hombre! un rey poderoso. Es un honor recibiros y ser vuestro anfitrión. Celebraremos este encuentro como es debido.

— Es un honor conoceros al fin, sobrino — añadió Catalina.

El rey había organizado un torneo de justas y un banquete para honrar a su invitado.

No faltaron ni la comida ni el vino, tampoco las muestras de afecto de su tía Catalina.

Pero para Carlos aquellas eran demasiadas distracciones que le alejaban del objetivo que le había llevado a Inglaterra y no era otro que sellar una alianza.

Durante el banquete, Enrique se deleitaba con los músicos a medida que Carlos se impacientaba.

La mesa estaba repleta de bandejas con suculentas piezas de carne y el vino no faltaba.

El rey Tudor percibió en seguida el ceño fruncido de su sobrino político y cambió la alegría por la preocupación, dejando a medio comer en su plato una Costilleja de jabalí que tiró a desgana.

— ¿Es todo de vuestro agrado? — preguntó Enrique haciendo volver en sí a Carlos.

— Es más de lo que podría esperar y me siento honrado. Quisiera deleitarme con más en estos días pero el tiempo apremia.

— ¿Qué queréis decir? Hablad — El tono jovial que había acompañado a Enrique desde su encuentro con Carlos se tornó áspero.

— Me pregunto cuando tendremos un momento para hablar junto a nuestros consejeros.

— ¿Consejeros? — Enrique sonaba aborrecido —.

Hablad de lo que queráis cuando queráis, ya sea en esta mesa o mientras jugamos un partido de tenis.

Es más, prefiero que habléis mientras bebemos, pues es cuando más sincero se muestra un hombre.

Somos familia, hablad sin más. Somos familia y tal vez en un futuro estrechemos nuestros vínculos.

— Enrique miró en aquel momento a su hija María,.

la pequeña de cuatro años que recogía en una trenza un grácil cabello castaño.

— Disculpadme alteza — Carlos de nuevo se inclinó levemente y se llevó la mano a su pecho —. No soy más que el afectuoso sobrino de la reina de Inglaterra, vuestra señora. Brindemos por el reencuentro.

Enrique se levantó y tomó su copa. Miró a Carlos y la sostuvo con la mano en alto hasta que el nuevo emperador se levantó.

— ¡Bien dicho! — Enrique miró a los cortesanos —. ¡Por el reencuentro con mi sobrino!

Todos bebieron de su copa, incluido Carlos y tras ello vino un gran aplauso. Enrique y Carlos volvieron a tomar asiento y el anfitrión recuperó la sonrisa. Carlos aceptó de buen grado que tal vez aquella era la manera que tenía de negociar sus alianzas el rey Tudor.

— Mañana saldremos temprano a cabalgar — dijo Enrique como una sentencia.

Carlos pensó en un primer momento que aquella actividad ociosa seria otra perdida de tiempo, pero finalmente forzó una sonrisa, asintió y aceptó.

En aquel momento cayó en la cuenta de que todas aquellas muestras de afecto no eran más que un espejismo, una farsa más dentro del juego de la política.

A su mente sobrevinieron las palabras de su canciller Gattinara:

«Inglaterra no tiene ni amigos ni enemigos, tiene intereses». A aquel juego también podría jugar él.

Llegó un nuevo día y un paseo matinal a caballo.

Los dos reyes cabalgaban juntos y un paso más atrás la tía de Carlos, Catalina de Aragón.

Lo hacían lejos de consejeros y cortesanos, solo les acompañaba el sonido del trote de los equinos y el canto de los pájaros.

No había nada más que un campo despejado, poblado se margaritas hasta donde alcanzaba la vista, sin nada que esconder bajo la sombra de las nubes Un paraje ideal para que dos hombres poderosos hablasen con sinceridad.

Enrique se mostraba más pausado, sereno, algo serio en su semblante y con un tono más sosegado del que había hecho gala la noche anterior.

— No os quiero robar más tiempo, sobrino. Vuestra visita ha sido grata tanto para mí como para el rey Enrique — indicó Catalina.

— No quisiera mostrarme impaciente y agradezco la hospitalidad que me habéis brindado, pero las circunstancias y la urgencia dominan mi ánimo— respondió Carlos, parándose a pensar cada una de las palabras que iba a dirigir al rey de Inglaterra.

Enrique escudriñó con su mirada al sobrino de su reina. Vio trasparencia en su mirada, aún percibía la inocencia del niño que fue, asintió para sí mismo y finalmente habló.

— Iré directamente al grano: Inglaterra no establecerá ninguna alianza ante la posibilidad de una futura guerra, sino por preservar la paz.

— Ambos deseamos la paz — atajó Carlos.

— En unos días viajaré a Calais para entrevistarme con Francisco y así averiguaré que intenciones tiene Francia.

— Enrique descabalgó y se mantuvo de pie, Carlos hizo lo mismo —.

Mientras tanto y para que esté encuentro familiar no se quede en nada ¿Qué os parece si establecéis un embajador permanente en mi reino y yo hago lo propio en vuestros dominios?

— Estoy de acuerdo — respondió Carlos.

— Seria bueno reunirnos de nuevo antes de dos años y así concretar un compromiso matrimonial entre vos y la princesa María. — La reina Catalina intervino, aquella propuesta no era del agrado de Carlos, pero debía aceptar para tener más amarrado el favor de Inglaterra.

Carlos asintió levemente, pues no estaba convencido. En ese momento Enrique se quitó su sombrero. Al descubrir su cabeza, Carlos lo imitó para fundirse en un gran abrazo. Eran aliados, una alianza fraguada en el calor de un encuentro familiar.

— Sí algún enemigo os ataca, tendréis a Inglaterra de vuestro lado — musitó Enrique al oído de Carlos.

— Lo mismo podréis esperar de mí — respondió Carlos como un sobrino afectuoso.

Carlos había obtenido una victoria diplomática, en caso de que estallara la guerra no estaría solo.

Esperaba que el rey Enrique cumpliera su palabra, si no era por él, que lo hiciera por el afecto y amor que podría tener sobre la reina Catalina.

Pero había dos verdades: Inglaterra no tenía amigos, tenía intereses y que algunos amores y algunas alianzas no duran eternamente.