Carlos V. Trilogía Completa 46. La chispa de una rebelión
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46. La chispa de una rebelión

La chispa de una rebelión

— Partiréis a Castilla. Os ocupareis del gobierno en mi ausencia. Mi coronación no debe demorarse más.

Carlos había reunido a parte de sus hombres de confianza antes de embarcar a su viaje a Alemania para ser coronado como Rey de Romanos.

El rey había dirigió sus palabras a Adriano de Utrecht que con su expresión parecía que se atrevía a desaprobar la orden del rey.

Gattinara siempre serio e impasible, suspiraba.

El secretario del rey, Francisco de los Cobos escuchaba expectante y el señor de Chièvres asentía ante las palabras del rey y respiraba aliviado al saber que su señor no había descubierto nada sobre las órdenes dadas al marqués de Denia, tras su visita a Tordesillas.

— Majestad ¿Creéis que es buena idea poner a un extranjero como regente de Castilla en vuestra ausencia?

Reconsiderad esta cuestión, pues los ánimos están crispados.

Habéis prometido no otorgar más honores a los extranjeros y ahora pedís que yo ocupe la regencia.

No olvidéis que tenemos revueltas en Valencia y en la isla de Mallorca, con el alzamiento de los líderes gremiales que quieren tomar el poder en ausencia de aquellos nobles que huyeron de la peste.

— El rey callaba y escuchaba atentamente a Adriano, pero la tensión se palpaba en su sien —.

Por no hablar de los nuevos subsidios que habéis pedido para emprender este nuevo viaje.

No podemos permitirnos que las revueltas se extiendan al resto de los reinos.

— Lo españoles deben aprender a dispensar lo que el emperador precise — intervino Chièvres con un aire condescendiente.

— Dios proveerá. — Adriano señaló por encima del techo tapizado del salón.

— Cardenal Adriano. A pesar de vuestro capeto cardenalicio, todos aquí somos hombres de Dios y todos sabemos que el dinero para emprender el viaje no caerá del cielo.

— El señor de Chièvres sonreía maliciosamente mientras esgrimía dichas palabras —.

Vos más que nadie deberíais saber que Dios no obra así.

— Dios obra de maneras insólitas — aseveró Adriano —.

Como a finales del pasado año cuando llegaron a este reino las riquezas de las indias gracias a Hernán Cortés.

Y más vendrán gracias a las nuevas rutas que encontrará en su viaje Fernando de Magallanes.

Solo debemos tener fe y no poner en duda su poder, pues de lo contrario el castigo podría recaer sobre nosotros.

— Dejadme a solas con el cardenal — ordenó el rey con los brazos en jarra, aún contrariado por las réplicas de Adriano a su decisión.

Todos obedecieron. La sala se quedó vacía rápidamente dejando solo a Carlos y Adriano, alumno y maestro, como en los años de infancia del nuevo emperador.

Pero Carlos ya no era aquel muchacho distraído.

Cuando la puerta se cerró tras de los Cobos, Carlos habló.

El rey suspiró y bajó los hombros, como si se rindiera ante Adriano.

— A pesar de todos los títulos obtenidos, de la dignidad con la que me trata el resto, incluso a pesar de que algunos me teman, vos seguís tratándome como vuestro pupilo, incluso aún me aleccionáis delante de mi secretario, mi canciller y mi consejero supremo.

— Siento si os sentís importunados majestad pero sigo reiterándome en mis inquietudes — respondió Adriano sin amedrentarse.

— Os agradezco que así lo hagáis. A veces la sinceridad se queda enmascarada tras los protocolos y el trato regio.

Mis oídos siempre estarán esperando vuestro consejo y encontraré un instante de privacidad para recibir con agrado lo que tengáis que decirme, pero no delante de algún otro miembro de mi consejo.

— Entonces ahora es buen momento para hablaros sin tapujos.

— Adriano se acercó a una silla próxima y se sentó sin esperar el permiso del rey, todo lo contrario, fue Adriano quién extendiendo su mano y señalando una silla, le pidió al rey que tomara asiento para darle una nueva lección.

Carlos como un buen alumno cumplió la orden —.

Creo que no sois consciente de la magnitud del peligro que se cierne sobre vos majestad.

Cuando me enviasteis a Valencia recibí a los líderes de la revuelta: no os querían como rey , de hecho no querían ningún rey.

Es cierto que hemos podido mitigar algo los ánimos gracias a la fuerza del ejército y descabezando la insurrección dando ejemplo con ejecuciones.

Pero en la isla de Mallorca los insurrectos están ejecutando a hombres de prestigio en el castillo de Bellver.

— Todo se irá resolviendo a su tiempo como en Valencia — respondió el joven rey.

— No sería grave si las revueltas se produjeran de una a una y fuesen el único de vuestros problemas.

— Adriano había alzado la mano interrumpiendo al rey —: La amenaza de Barbarroja sigue latente, ha reconquistado Tremecén con el apoyo del sultán otomano y dentro de vuestro imperio las palabras de ese Lutero siguen atrayendo a más y más fieles.

Se ha atrevido a tildar al mismo Papa de Anticristo.

Os recuerdo que como emperador sois el escudo de la cristiandad.

— Adriano extendió su dedo y señaló al rey como el maestro que reprendía a su alumno —.

¿Y qué hay de Francia? ¿Acaso habéis olvidado al rey de Francia?

Francisco acecha como un lobo. Se relame esperando la menor oportunidad para lanzarse al ataque y ¿Qué mejor momento cuando os encontréis ocupados tratando de apagar todos los fuegos de vuestros reinos?

— No tendré piedad contra quien rompa la paz en Europa — respondió Carlos elevando su tono —.

He pensado en todo ello Adriano, por ello no puedo posponer más este viaje y es por eso es que te pido que te ocupes del gobierno de Castilla en mi ausencia, porque aunque extranjero en estas tierras no confío en alguien mejor.

Antes de recibir mi corona debo hacer una parada, estableceré un cerco alrededor de Francisco.

Claustro de la Iglesia Mayor de Toledo.

La luz del sol se asomaba por los arcos que rodeaban el patio del claustro.

Ahí mismo una turba de ciudadanos protestaba enfurecidos.

Habían llevado hasta ahí a Juan de Padilla como regidor.

Padilla los contemplaba serio, escrutando su reacciones y escuchando todas sus demandas.

Empezaron a ser cientos los que le llegaron hasta el claustro, para finalmente acabar por ser miles.

Cada vez se unían más y todos tenían una consigna común, echar a los extranjeros del reino, incluido el rey.

Bravo permanecía junto a Padilla, tratando de disimular la satisfacción que sentía mientas escuchaba atentamente lo que su amigo le decía.

— El momento ha llegado. Más subsidios y poner sus territorios alemanes por delante de los intereses de Castilla — musitó Padilla —.

Te dije que debíamos dejar que fuese ese mismo rey quien cometiera sus errores y que fuesen nuestros vecinos los que abriesen sus propios ojos.

Hoy se alza Toledo contra el rey, pero no será la única.

Padilla la buscó entre todos aquellos que le aclamaban.

Ahí estaba María, su esposa, sonreía orgullosa, solo tenía ojos para él.

Movía lentamente su cabeza de manera afirmativa, llevándose sus dos manos orantes al torso.

Efectivamente el momento había llegado, lo haría por el pueblo, lo haría por ella.

Padilla alzó la mano al cielo y miles de gargantas furiosas lo aclamaron.

No transcurrieron muchos días desde que Carlos se hiciera a la mar, dejando atrás a sus súbditos españoles, algunos leales y otros no tanto.

Tal y como había predicho Adriano, antiguo tutor del rey y desde su partida regente, todo explotó.

Demasiados cargos y privilegios para los borgoñeses, demasiado dinero que salía de las arcas para afrontar las empresas que exigía todo un emperador.

Primero se levantó Toledo, después Segovia y finalmente la mismísima Valladolid.

De norte a sur el rey dejó atrás una guerra civil en ciernes.

El fuego se propagó y la sangre manchó las manos de los milicianos insurrectos y del propio Adriano que trató de detener con el acero de las espadas y la pólvora de los cañones la rebelión.

Pero era inútil, tarde o temprano los malos consejos de Chièvres y la venta de cargos que había establecido habían sembrado el odio entre muchos y esa semilla había germinado extendido sus raíces de rencor bajo toda la tierra española del nuevo monarca.

Nobles y plebeyos que se habían unido contra aquel extranjero que se hacía llamar su rey, tenían una premisa clara. Debían liberar a su reina legítima, aquella a la que trataban de loca. Solo la reconocían a ella como soberana. La reina Juana I de Castilla.