45. El reencuentro
El reencuentro
Carlos se disponía a abandonar España para marchar a su encuentro con el imperio que se le había sido encomendado.
Presentaría sus explicaciones a las cortes en Galicia, donde muchos protestarían y reclamarían ¿Acaso Alemania era más importante que los reinos de España?
Pero antes de partir tenía un aparada que hacer.
Si había un respiro en su largo periplo, sin duda lo aprovecharía para verse con aquel vínculo de sangre que había dejado atrás en su camino.
El encuentro con su madre Juana y con su hermana pequeña Catalina había sido más frío de lo que cabría esperar.
Los nuevos cuidadores de su madre recibieron al rey sonrientes y diligentes, pero tanto Juana cómo Catalina se mostraban distantes.
Las dos iban vestidas de riguroso negro.
Parecía que tras su última visita Carlos se hubiera llevado consigo la alegría.
Juana se encontraba más desmejorada. Su belleza se había sepultado bajo jirones en su piel y los filamentos de plata que vencían a su cabellera oscura.
Catalina no podía disimular los surcos negros bajo sus ojos que pintaban su falta de sueño.
En aquel partió ajardinado donde vio a su madre por primera vez en tantos años paseaban junto a Catalina. Parecía que a Juana le molestaba la luz del sol, como si los últimos días los hubiera vivido en penumbra entre cuatro paredes, incluso se podría decir que estaba ausente.
— ¿Has visitado a tu padre ya? ¿Lo has visto?
Con lástima, así la miraba Catalina para después mirar la reacción de su hermano a cada respuesta que su madre le daba. La reina en ocasiones reía, pero su mirada era amarga.
El marqués de Denia había estado tratando de escuchar todos los detalles de la conversación.
Se había mostrado tenso en todo momento, debido la inesperada visita de Carlos .
Podría parecer que tenía algo que esconder — ni más ni menos que las órdenes directas de Chièvres: discreción incluso frente al propio rey — El marqués de Denia se acercó a la reina Juana y a sus hijos, en el momento que pasó por el lado de Catalina, la niña se encogió de hombros como si este fuese a golpearla, pero no fue así, el cuidador se mostraba exageradamente gentil, incluso cuando posó sus manos sobre los hombros de Juana, cuando la reina de Castilla trasformó su faz en miedo y empezó a temblar.
— Creo que la reina está cansada majestad. Mandaré a los sirvientes para que preparen su cama.
Y al tiempo que dos cortesanos la llevaban a dentro del palacio, el rey preguntó extrañado sin dejar de mirar a su madre que se volvía para encontrar el rostro de su hijo.
— ¿Cómo está así? Cuando la vi hace dos años parecía entera. Ahora es otra persona.
— No querría hablar más de la cuenta majestad… por respeto a la reina.
— Hablad sin miedo — insistió Carlos.
— Su enfermedad majestad, cada día que pasa causa más estragos en su mente. Pero como habréis comprobado en las cartas que os envía vuestra hermana.
El marqués de Denia miró de reojo a la hermana menor del rey provocando un respingo en la niña, pues ese hombre le obligaba a escribir aquellas cartas a Carlos para explicarle que todo iba bien y que a su madre no le faltaba cuidado alguno.
Todo lo contrario a la realidad, pues a Juana apenas le dejaban pasear en palacio ni en los jardines ni recorrer el riachuelo como solía hacer antes.
Llevaba vida de clausura, mientras que a Catalina la trataban como a una sirvienta y le golpeaban si se negaba a escribir esas cartas esperanzadoras y llenas de engaños a su hermano.
Era por ello que el marqués de Denia no había dejado a Catalina y a Carlos solos ni un solo momento y el porqué de ese sudor frío que hacía brillar la frente del cuidador.
— Hacemos todo lo posible para que la reina tenga todas las comodidades a pesar del mal que la mantiene en este letargo — concluyó el marqués.
Carlos miró a Catalina y está asintió corroborando las palabras del marqués. Y mintió una vez más, cuando Carlos se marchó al encuentro con su imperio y no gritó desesperada para irse con él. Le retuvo el miedo y la pena por dejar a su madre sola en aquel infierno.