Carlos V. Trilogía Completa 44. La elección
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44. La elección

La elección

La torre más alta de San Bartolomé se veía en la lejanía como una lágrima petrificada suspendida en el tiempo en el momento de perderse en la tierra, dejando así, con esa estampa, el edificio santo.

A su alrededor los hombres de armas acampaban y velaban para que la reunión se llevara a cabo sin sobresaltos.

Más allá de los hombres armados, lugareños y caballeros paseaban curiosos ante el despliegue militar, expectantes de la decisión que estaba teniendo lugar dentro del edifico santo.

A diferencia de otros templos europeos que gracias a las luces que ofrecen los vitrales otorgan una luz mística en su interior debido a los colores de los vitrales por los que se plasmaban diferentes tonos, la catedral de Frankfurt ofrecía una atmósfera diáfana, alumbrando el coro donde los siete electores estaban reunidos: Los que más dudas albergaban eran el arzobispos de Maguncia, Alberto de Brandeburgo; el arzobispo de Tréveris, Ricardo de Greiffenklau; y el de Colonia, Germán de Wied.

Por otro lado se encontraban los electores no eclesiásticos: El rey de Bohemia, Luis; El Margrave de Brandeburgo, Joaquín; Luis, conde del Palatinado; y Federico duque de Sajonia.

Federico al que todos solían llamar el sabio por las inquietudes culturales que siempre había mostrado y por ser protector de humanistas o de incluso del propio Martín Lutero, estaba hablando en aquel momento, moviéndose entre los demás electores que le rodeaban en un semicírculo.

— Son buenas las razones que exponéis para que Francisco, rey de Francia, resulte elegido en esta votación: un rey con experiencia militar y con carisma que sin duda haría frente al poder del turco más allá de nuestras fronteras.

Esas son cualidades de las que por el momento carece el joven archiduque y rey de las Españas.

Es cierto que si eligiéramos a Carlos, no romperíamos la tradición de elegir a un emperador de origen alemán, pero no olvidemos que el joven rey es impulsivo, pues Federico, el hermano del conde del Palatinado aquí presente fue agraviado, expulsado de su corte, un acto que sin duda el rey Carlos ha querido mitigar con buenas palabras.

— Entonces no veo otra razón para elegir a Francisco — intervino el arzobispo de Maguncia.

— Todo lo contrario — replicó el duque de Sajonia —.

Puede que imprudente, pero la decisión de expulsar al hermano del conde del Palatinado, mostró un carácter que está por salir en ese joven rey.

Pero ¿qué hay de Francisco? Es fuerte, puede que demasiado, es ambicioso y puede que dicha ambición no conozca límites y también ha mostrado la arrogancia que el rey de las Españas no ha mostrado.

Hoy somos libres príncipes electores, pero nada nos asegura que mañana no nos convirtamos en vasallos de Francia.

Hoy decidiremos no solo nuestro destino, sino el de todo el mundo cristiano.

Ahora ha llegado el momento de dar a conocer nuestro voto.

Bosque de Fointainebleau. Unos días después.

Francisco I de Valois estaba destinado a ser emperador, así se veía él mismo, no había otro dirigente en Europa que pudiera hacerle sombra, era aguerrido, no rehusaba una batalla, ni una guerra, ni intervenir él mismo en el combate.

Era el rey soldado que todos esperaban. La corona imperial era suya por derecho.

A su causa se había atraído el favor de los príncipes electores como el del arzobispo Alberto y su hermano el Margrave Joaquín de Brandeburgo.

Había invertido tiempo y dinero para que todo saliera a pedir de boca, incluso tenía la ventaja de contar con el favor del Papa.

Al recibir la noticia sobre el resultado de la elección, salió a los bosques de palacio junto a un pequeño séquito para cazar.

No permitió que nadie le hablase. En aquel momento acechando entre los robles que poblaban el arbolado, un ciervo con una gran cornamenta, bebiendo en un arrollo, ajeno al peligro que sobre él se cernía.

Era un hermosa pieza. Francisco se acercó midiendo cada paso con tiento, despacio.

El animal estaba tranquilo. Sus orejas se movían agudizando el oído, captando todos los sonidos de su entorno, alzaba su esbelto cuello para mirar el bosque que le rodeaba, no vio peligro.

De nuevo sobrevino la calma, el silencio.

Despacio, muy despacio, Francisco armó su arco con una flecha, tensó la cuerda con sosiego y apuntó.

Dio un pequeño paso más… dos para asegurar el blanco.

Sus acompañantes no se movían, a penas respiraban, sabían que la ira del rey recaería sobre ellos en caso de que la presa se escapara por alguna imprudencia. Pero la torpeza la cometió el rey.

Una rama se quebró bajo la bota de Francisco.

El ciervo alzó su cornamenta, tensó todos sus músculos y miró hacia donde se encontraba Francisco.

Con un movimiento grácil empezó a correr adentrándose en el bosque.

Francisco soltó la cuerda de su arco y la flecha se perdió quebrándose en el suelo.

Otra corona, en este caso de asta,.se le había escapado.

— ¡Mierda! — maldecía el rey y vociferó, causando el temor de los siervos que le acompañaban.

Nada le salía bien aquel día. Su ánimo se había hundido desde el momento en el que se enteró de la elección.

Carlos, ese pequeño Habsburgo se había entrometido en sus planes ¿Cómo podía ser?

Ese reyezuelo que apenas había empezado a ser hombre.

Lo había subestimado. Sin duda era eso. Le llenaba de ira que ese chiquillo le hubiera arrebatado una corona, a él, siempre acostumbrado a ganar.

La obtención de la dignidad imperial ya no era una cuestión territorial, ni política, ni de prestigio.

Le hervía la sangre, se había convertido en una cuestión personal contra ese Habsburgo que de no existir le dejaría el camino libre para ser uno de los más grandes reyes cristianos que jamás hubiese existido.

— Esto no acaba aquí… no acaba aquí — se repetía Francisco para sí, como una promesa que pensaba cumplir.

Barcelona. Hala dels Draps.

Los días caían como hojas en otoño perdiéndose entre lluvias y jornadas claras hasta marchitarse.

Había visto casar a Germana de Foix, había conocido a su primera hija, Isabel, fruto de aquel fugaz pero intenso romance: una niña a la que no criaría.

Había visto partir en a su hermana. Tenía una corona, pero no con quién compartir la alegría.

— La ciudad lo celebra majestad. — Chièvres apareció tras su rey que estaba observando los festejos desde una de las numerosas ventanas del palacio.

— ¿Has organizado estos festejos Guillermo o es porque de verdad los barceloneses se regocijan por mi nombramiento? — Carlos preguntó pero no obtuvo respuesta de su consejero.

Gattinara también se encontraba en la habitación y se dirigió a Chièvres.

— 850.000 florines ha costado está elección. No es bueno que el rey se muestre eufórico. Debe mantenerse honrado y abrazar la dignidad imperial agradecido, pero también con la responsabilidad de emprender nuevas tareas. No es momento de justas ni de banquetes.

— El rey debe poder disfrutar de este momento — replicó el señor de Chièvres, sorprendiendo al propio Carlos al ver irritación en su voz, pues no era propio de su consejero el cual siempre se había mostrado afable.

Eran los celos los que hablaban, contenidos tras meses de ver como el canciller cada día estaba más cercano a su señor.

— Supongo que vos también queréis tiempo para vuestro disfrute.

— ¡Basta! — Carlos se interpuso entre los dos —. ¿Habéis olvidado que estáis ante vuestro rey? ¿Cómo ofrecéis este espectáculo en mi presencia?

Los dos hombres retrocedieron e inclinaron la cabeza buscando el perdón del rey. Antes de que Carlos pudiera reprochar nada más, las puertas de la habitación se abrieron. Francisco de los Cobos entró acompañado del antiguo tutor de Carlos, Adriano de Utrecht.

— ¿Me habéis llamado majestad?— preguntó Adriano.

— Así es. Mi elección ha cambiado todos los planes previstos. En un mes vendrá la delegación de los príncipes electores, habré de marchar para ser coronado y queda en suspenso mi viaje a Valencia para presentarme ante las cortes. Vos Adriano podríais ir en mi nombre.

— Majestad… es costumbre en Castilla y Aragón que sea el rey el que se presente ante las cortes — replicó Adriano.

— Los españoles nunca habían tenido a un rey emperador. — Chièvres hablaba con hastío —, deben entender que forman parte de algo mayor.

— Así se hará majestad — aceptó Adriano —. Pero tened en cuenta que vuestra ausencia no será del agrado de muchos.

Carlos asintió, sabía los riesgos de antemano, los había discutido con su consejero y su canciller.

Era consciente de ello. Pero la dimensión de su elección le obligaba a asumir esos riesgos.

Había llegado hasta ahí, no por su propio deseo, sino para hacer prevalecer la casa de Austria.

Era rey y un césar poderoso y más allá del basto océano, las fronteras de su imperio seguían creciendo en las tierras vírgenes del nuevo mundo.

Pero cuan más grande era su poder, mayores eran los peligros y más las manos que querrían despedazar sus dominios.

Se acababa de convertir en Carlos I de España y V de Alemania.