Carlos V. Trilogía Completa 43. El último emperador de la vieja Europa
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43. El último emperador de la vieja Europa

El último emperador de la vieja Europa

Se había acostumbrado a vagar solo por el mundo.

A pesar de la numerosa corte que le acompañaba, Carlos se sentía más solo que nunca desde la marcha de Leonor.

Pero la soledad era una sensación a la que se había acostumbrado, incluso empezaba a sentirse cómodo en ella.

En su periplo por Castilla y Aragón había pasado de ser un chico que dejaba de ser niño, a un hombre que empezaba una nueva vida.

Había sido aceptado como rey en las cortes de Valladolid, también en las de Zaragoza. Su siguiente parada era Barcelona.

En un tramo entre campos de lavanda en el que el rey dirigía el paso de su corte, se detuvo.

Francisco de los Cobos, su secretario, se acercó a lomos de un caballo con un rictus serio en su rostro.

Al verle, Carlos esperaba que le diera alguna mala noticia e inspiró hondo, preparándose para recibirla.

— Majestad… siento…. Siento transmitiros.

— Adelante, deja de buscar las palabras adecuadas y dime lo que tengas que decir sin vacilaciones.

— Maximiliano, majestad. El emperador Maximiliano.— Se apresuró a autocorregirse de los Cobos al olvidarse de mencionar la dignidad imperial del abuelo del rey —. El emperador ha muerto majestad.

Conteniendo su emoción, Carlos descabalgó su montura ante la atenta mirada de sus cortesanos.

Se apeó del camino y sumergió sus ojos en el campo violeta.

Aquel bello paisaje le serenaba. Francisco de los Cobos, desmontó de su caballo para interesarse por su rey, pero en cuanto se acercó, Carlos alzó su mano.

Quería pensar sin interrupciones, había mucho que asimilar.

No era solo tristeza por perder a un miembro de la familia, sino que también se sentía abrumado, pues se acababa de convertir en la cabeza de la casa de Austria.

— ¿Estaré a la altura? — lanzó en un murmullo que se perdió con la brisa que acariciaba la siembra.

En unos meses se decidiría el futuro, el destino de la casa de Austria y de Europa.

De la decisión de los electores dependía el devenir de la casa de Habsburgo, pues sabía que si Francisco era el elegido, nada ni nadie le detendría.

Por ello había enviado misivas a los siete electores, regalos que hacían temblar las arcas de sus reinos.

Pero desde Flandes, su tía, Margarita hacia uso de una de las armas más poderosas. La diplomacia.

Palacio de Malinas (Países Bajos)

Entre tantas reuniones la archiduquesa Margarita estaba exhausta.

Aún así el tiempo caprichoso corría, el mundo seguía girando y no se detendría ni para siquiera permitirle llorar la muerte de su propio padre, Maximiliano, pues el enemigo también se movía hábil y con pasos firmes.

La archiduquesa se dirigía a la sala para mantener una reunión privada con dos se sus embajadores, Mathaüs Lang y Maximiliano de Zevwnberghem.

Fernando, el hermano menor de Carlos, trataba de seguir el ritmo frenético de su tía mientras recorría junto a ella os pasillos.

De hecho, desde su llegada a los Países Bajos fue bien recibido por Margarita y eran pocas las ocasiones en que se separaba de ella.

Desde el primer momento Margarita lo trató por lo que era, su sobrino y con la dignidad se un príncipe.

Se preocupó en que el príncipe aprendiera las costumbres borgoñesas y dominase bien el idioma.

Al cabo de unas semanas, Fernando había sorteado la aparente coraza con la que solía mostrarse Margarita.

Encontró en ella no solo disciplina, sino también cariño.

La relación se estrechó, como si entre ellos no hubiera habido olvido.

— Si mi hermano ha rechazado esa propuesta de que yo me presenté a la elección imperial ¿Por qué debo acompañaros tía? ¿No lo veis? Siempre seré el eterno príncipe. Nada más.

Sin pararse, erguida y sin dirigir sus ojos a su sobrino, Margarita respondió sin titubear.

— Nunca está de más el saber cómo funciona el mundo. Y sí, es cierto, hoy eres solo un príncipe. Mañana… nunca se sabe. El mundo cambia constantemente, más de lo que te puedas imaginar.

Margarita no esperó la réplica, continuó firme y abrió las puertas del salón de par en par.

En cuanto traspasó el umbral de la puerta sus embajadores sentados en la larga mesa se pusieron en pie.

Margarita se situó en la cabecera de la mesa.

Fernando permaneció a su lado. Solo cuando se sentó, su joven sobrino y los dos embajadores se acomodaron en sus butacas.

Solo cuando habló ella, los demás intervinieron.

— Os voy a pedir que dejéis las divagaciones a un lado. Os voy a pedir que habléis sin rodeos que seáis claros y que digáis como está la situación con los electores. Empecemos por vos, mi señor Lang.

— Veréis excelencia. — El embajador tomó una pausa para carraspear y miró contrariado al embajador Maximiliano—.

Sé que habéis pedido claridad en nuestras intervenciones, pero en estos días lo único que no tenemos es precisamente claridad.

— Lang se detuvo para comprobar si la archiduquesa tendría algún reproche que esgrimir, pero comprobó al ver su mirada atenta, que Margarita estaba esperando que continuase hablando —.

Se podría decir que un día los electores parece que apoyarán a Francisco y al siguiente al rey Carlos.

Además sé que los electores no solo tienen en cuenta los regalos o las riquezas que ha ofrecido el rey de Francia, los lectores también se muestran entusiasmados con su experiencia militar, recordad que capitaneó a sus tropas durante la conquista del Milanesado.

Es un rey más aguerrido y vuestro sobrino, con el debido respeto, no cuenta con la experiencia y el carisma del rey de Francia.

Los príncipes electores confían más en Francisco para plantarle cara al turco y emprender una nueva cruzada, el Papa también es de esa opinión.

— ¿Y los príncipes electores tienen en cuenta que en el caso de que Francisco llegue a ser emperador los tratará con despotismo y como meros vasallos?

— preguntó Margarita, tranquila pero con un tono de voz lo suficientemente alto como para dejar en alerta a sus embajadores —.

La fortuna que hemos gastado para comprar su favor no debe ser el único argumento del que debéis hacer uso.

No basta con llenar los bolsillos de los príncipes y de sus consejeros, pues Francisco también dispone de riquezas para contraofertar.

Debe haber algo más que a los príncipes le pueda interesar además de riquezas.

Sé que algunos son más avariciosos que otros, pero nos basta el voto de la mayoría para ganar la elección.

— Existen otras demandas que podrían ayudar sustancialmente a que ciertos electores se decanten por el rey de las Españas — intervino el embajador Maximiliano —.

Todos los electores agradecen las buenas palabras que les ha dedicado vuestro sobrino en los diferentes correos enviados, en especial el príncipe Felipe del Palatinado que agradece las disculpas del rey Carlos por el gravamen que supuso echar a su hermano Federico de la corte.

Pero otros van más allá. — En ese momento el embajador hizo uso de un pañuelo que sacó del torso de su chaqueta para secar el sudor de su frente —.

Federico III de Sajonia tiene una petición especial para el futuro rey de los romanos.

— ¿Qué desea el príncipe elector de Sajonia? — Margarita separó ligeramente su espalda del respaldo de la silla para escuchar atentamente las palabra del embajador.

— Hay un hombre… un párroco en Wittenberg… Martín Lutero.

— He oído hablar de él. —Margarita frunció el entrecejo al tiempo que acomodaba su espalda —: sus escritos están circulando por toda Alemania y están empezando a traspasar fronteras.

Está incomodando a muchos, incluido al Santo Padre que quiere acallar de una vez su voz.

¿Decidme de una vez que quiere el príncipe elector de Sajonia que hagamos con Lutero?

— El príncipe elector de Sajonia pide que se le dejé en paz — advirtió el embajador Maximiliano

— ¿En paz? Se supone que el emperador debe mirar hacia otro lado ante la herejía? — Margarita arqueó las cejas sorprendida, pero no perdió la compostura.

— Pide que ese hombre no sea juzgado hasta que al menos sea escuchado. Ve verdad en sus palabras.

Cuando el embajador finalizó su intervención, Margarita se tomó unos momentos para pensar sobre aquella extraña petición ¿ Por qué tenía tanta importancia aquel hombre para el elector de Sajonia?

Era cierto que muchos veían a Lutero como una amenaza, pero ¿Acaso sus palabras eran tan peligrosas como el más temible de los ejércitos?

¿Más amenazantes que las naves de los corsarios sarracenos que asolaban las costas del Mediterráneo?

Tal vez simplemente aquella petición que decidiría el destino de un imperio se basara en el afecto, fue por ello que Margarita tras darle varias vueltas al deseo del elector de Sajonia, respondió.

— En nombre de mi sobrino el rey, comunicadle al elector de Sajonia que aceptamos su petición.

Los embajadores, el príncipe Fernando y la archiduquesa, siguieron reunidos en el salón, tratando de desentrañar de qué manera podrían convencer a los príncipes electores, dejando olvidado a aquel hombre, Martín Lutero, ignorando que sus palabras penetraban en la mente de tantos y tantos fieles, envolviendo su consciencia, estrangulando su fe y abrazando un nuevo dogma.

No eran conscientes de que cada una de las letras en los escritos de Lutero era tan poderosa como el más valeroso se los soldados, capaz de derribar murallas de conocimiento y arrasar con los cimientos del cristianismo conocido.

No podían imaginar de cuánto más el mundo cambiaría.

Barcelona. Unos días después.

Carlos había llegado finalmente a la urbe de Barcelona, donde debería ser aceptado en sus cortes, como ya lo habían hecho anteriormente Castilla y Zaragoza.

Se encontró con la piedra caliza que levantaba las iglesias, las tejas rojas sobre las casas blancas y un sol cálido y agradable para aquel mes de enero.

Aquella ciudad entre montañas verdes se abría al mar.

En el puerto las naves mercantes solían marchar o arribar, pero no aquel día.

A Carlos no se le recibía con la dignidad que se le recibe a un rey, no había celebración ni alegra en los rostros de los barceloneses que salían a las calles, solo hastío.

Las columnas de humo aún se elevaban desde el puerto enrareciendo aún más el aire.

Era por ello que el rey decidió que tanto él como su numeroso cortejo deberían desviar la ruta que concluiría en su presentación en las cortes.

Los barceloneses miraban a la corte de ropajes extranjeros como su lengua extranjera, desfilar ante ellos.

Agachaban la cabeza para no mostrar su indignación.

Pero más extraño fue todo cuando llegaron a lo alto de la ciudad, pues de ahí el monarca tenía una mejor visión de lo que había acontecido: En el puerto muchos marineros se afanaban en apagar los incendios con cubos llenos de agua del propio mar.

El humo venía de las brasas que atestiguaban los virulentos incendios que habían precedido la llegada del rey.

Barcos y casas habían sido calcinadas. Una carretilla transportaba varios cuerpos y se detenía para que el conductor y su acompañante introdujera los restos de todo aquel que se encontraba sin vida.

El rey abría los ojos de par en par, aquella no había sido su llegada deseada.

Gattinara su canciller se acercó a lomos de su caballo.

— Algunos hombres de vuestra guardia han preguntado por lo sucedido a los lugareños. Un ataque, hace un par de jornadas, en día de mercado. Aún quedan los restos del desastre. El puerto no contaba con ni una sola galera para defenderse del ataque.

— ¿Un ataque de quién?

— Barbarroja. — Gattinara arrojó aquel nombre como si lo escupiera.

El rey se volvió hacia su canciller con los ojos aún más abiertos, casi como si de repente se hubiese despertado de una terrible pesadilla.

— Creía que habíamos acabado con él.

— Los que gustan de contar historias de miedo dicen que es su espíritu vengativo el que ha regresado para martirizar a sus verdugos.

Y lo está consiguiendo, ya que los ataques en las costas de España se han intensificado en los últimos meses.

Los más temerosos dicen que a Barbarroja no se le puede matar y los más razonables piensan que se trata de alguien que ha tomado su legado de sangre, un hermano, un hijo, quién sabe.

— Ni una sola galera para defenderse. — Carlos repetía las palabras de Gattinara mientas volvía a fijar sus ojos en la estampa de destrucción que ofrecía el puerto —, y nosotros vamos a venir aquí a pedir dinero para poder afrontar mi candidatura imperial, mientras ellos buscan los fondos para defenderse.

— Os recomiendo que no penséis más en ello majestad. Sino resultáis elegido, os aseguro que esos sarracenos serán el menor de vuestros problemas. Pues los ataques no solo vendrán por mar, sino también desde el norte donde se encuentra el rey de Francia.