Carlos V. Trilogía Completa 42. La hermana obediente
27%

42. La hermana obediente

La hermana obediente

La despedida había sido fría, distante como el espacio que en los últimos meses se había distendido entre Leonor y Carlos.

No hubo palabras, solo un gélido abrazo y un tibio meso en la mejilla, nada más.

Nada más después de toda una vida juntos, apoyándose mutuamente, criados sin el calor del regazo de una madre, o la seguridad de los brazos de un padre.

Poco amor se llevaba la princesa hacia unas tierras extranjeras donde en unos meses se iba a convertir en reina.

No por deseo, sino por deber y obediencia hacia su hermano.

El rey Manuel de Portugal la recibió en Lisboa, en la gran explanada que precedía al palacio, situado en la orilla occidental del Tajo.

Muchos curiosos , en su mayoría burgueses se apelotonaron hasta los límites que imponían los guardias reales para conocer a su futura reina.

En el río las naves comerciales que lo transitaban, bajaban la marcha para contemplar aquel remolino de gente .

Entre los intercambios de impresiones de una corte y otra, los dos desposados se miraron.

Leonor iba ataviada con un vestido verde oscuro ornamentado con ribetes dorados.

Su piel pálida resplandecía en aquel día otoñal, muchos se impresionaron por su belleza.

Leonor trató de dibujar una sonrisa en su rostro, pero su mirada mostraba unos ojos tristes que no podían engañar a nadie, más cuando se encontró cara a cara con Manuel, su nuevo rey y marido, un hombre veintisiete años mayor que ella, al que no deseaba pero al cual debía guardarle fidelidad.

Eran evidentes los surcos de la edad en su piel, los filamentos de plata que cubrían su espesa barba y su oscuro cabello.

No lo deseaba, pero cuanto antes aceptase su condición más fácil sería para ella.

El rey Manuel hizo el amago de inclinarse para besar la mano de la joven, pero los huesos y la edad le dolían. Leonor tragó saliva y alzó su mano para facilitarle el acto de bienvenida al monarca. Finalmente la mano de la joven novia fue besada.

— Aunque ya estemos casados por poderes, estoy ansioso por formalizar nuestro matrimonio. — Las palabras del rey arrancaron el aplauso de los cortesanos que contemplaban la escena.

Todos eran felices. Los testigos estallaban en jubilo.

Pero Leonor se sentía ajena a la celebración, no compartía la alegría.

Sentía asco, en unos pocos días se casaría, debería entregarle su cuerpo al viejo rey y eso era algo que repudiaba.

Ella que había vivido en sus propias carnes la verdadera pasión, aquel fuego que no quemaba, pero daba el calor de un sol.

Mirando a su alrededor, pronto reparó en unas caras desoladas vestidas con ropas principescas, que la observaban desde la escalinata: Eran seis muchachos, cada uno mayor que él otro y dos mujeres jóvenes de no más de dieciséis años.

Por su parecido todos ellos debían ser hermanos, entonces reparó en el mayor de todos ellos, la miraba con rechazo, como si Leonor le hubiera provocado una herida que le causará una hemorragia incesante.

El mayor de todos hablaba entre dientes sin apartar la mirada fija en Leonor, mientras que la mayor de las chicas trataba de apaciguar sus ánimos.

Pronto Leonor adivinó quienes eran. El largo matrimonio de su tía María con el rey Manuel había dado todos esos frutos.

Los dos hermanos mayores debían ser el príncipe Juan y la princesa Isabel.

Leonor enseguida entendió el pesar y el enfado sobretodo de Juan, pues en un principio iba a desposarse con él.

Además, venía a sustituir a su madre como reina consorte de Portugal.

No todos la aceptaban en la familia real.

Por sus miradas y sobretodo por el ceño fruncido del príncipe Juan, supo adivinar que no era bienvenida.

Lejos quedaba ya el hogar y atrás los días junto a su hermano Carlos.

Había recabado en una corte que parecía vivir un luto permanente por la perdida de la anterior reina.

No era estimada por sus hijastros y debía cumplir con aquel hombre que había decidido desposarse con una mujer que le sacaba solo un par de años a la mayor de sus hijas.

Ser la hermana obediente y cumplir con el deber a veces exigía un trago demasiado amargo.