Carlos V. Trilogía Completa 41. El umbral del nuevo mundo #2
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41. El umbral del nuevo mundo #2

»En la época de vuestros abuelos eran varias las potencias que mantenían el equilibrio entre los reinos cristianos: Castilla, Aragón, Borgoña, Francia, Inglaterra y los estados de Maximiliano.

Pero ese mundo no volverá. — Ahora era Gattinara quién detenía su paso para captar toda la atención de su rey —.

Ahora solo estáis vos, Francisco el Francia y Enrique VIII en Inglaterra. Nada más.

—Será difícil ganar el favor de todos los electores, sin ir más lejos veo difícil el voto del príncipe del Palatinado, Luis. Eché a su hermano Federico de mi corte antes de partir de Zelanda. Hice lo que debía hacerse, me traicionó con ese romance que llevaba en secreto con mi hermana.

— Ha llegado a mis oídos esa historia que Federico tuvo con vuestra hermana Leonor.

Permitid deciros que fue un error expulsarlo de la corte por muy traicionados que os sintierais.

Pero no os preocupéis. — Gattinara dibujó una amplia sonrisa en su cara que acostumbraba a ser sería —.

Un imperio no se gana, se compra y como Francisco, además de tiempo ya hemos invertido bastantes cientos de miles de florines para materializar la elección.

El resto lo hará vuestra tía la archiduquesa Margarita.

— Aunque no ganase en la elección, tenemos buenos contactos con Inglaterra, además, las relaciones que los ingleses han mantenido con el reino de Francia pocas veces han sido buenas.

— Majestad, hablo con conciencia y con la experiencia adquirida tras ser embajador de Maximiliano en el pasado.

Inglaterra no tiene amigos ni enemigos… tiene intereses —indicó Gattinara reanudando la marcha —.

No obstante, podemos sacar provecho a la ambición de los Tudor.

Tal vez una alianza matrimonial entre vos y la hija del rey Enrique, la princesa María…

— ¿Otro compromiso con una niña? Tendrá dos años.

Carlos y Gattinara estaban llegando a la puerta que daba entrada a la sala del consejo.

Ahí estaba esperando el señor de Chièvres, trataba de afinar el oído para saber lo que estaban hablando el rey y el canciller.

Tenía el gesto torcido, preocupado por la influencia que había adquirido Gattinara sobre el joven rey desde su llegada y que iba en detrimento de los planes del consejero.

Aun no había encontrado la manera de neutralizar a Gattinara, por lo que solo le quedaba tragar con su presencia.

— Majestad, como bien habéis dicho, María Tudor no es más que una niña.

Para formalizar el matrimonio tenemos muchos años por delante, en los que y depende de las circunstancias, podéis faltar a vuestra palabra…

No, no me miréis así. os faltan los escrúpulos de vuestros adversarios ¿Acaso creéis que Francisco y Enrique son ejemplos de hombres honorables?

— Tal vez tengáis razón — respondió Carlos —. Deberíamos preparar también mi encuentro con Francisco, tal y como sugirió en su última carta.

— Estoy de acuerdo majestad. — Chievrës se había acercado sigiloso al canciller y al rey irrumpiendo de esa manera en la conversación —. Siempre será bueno entendernos con nuestro vecino el rey de Francia.

— Mi consejo es que os replanteéis dicho encuentro — Gattinara contradijo a Chièvres —. Como bien os he dicho Francisco, tiene tan pocos escrúpulos como los que os sobran a vos.

— Tal vez majestad, podríais considerar a vuestro hermano Fernando como candidato a la elección imperial. Si se presenta Fernando en lugar de vos, es probable que consigamos destensar nuestras relaciones con Francisco. — dijo un dubitativo Chièvres

Carlos inhaló aire, no tenía por costumbre contradecir el consejo de Chièvres, solía dejarlo todo en sus manos. Miró el rostro serio y sereno de Gattinara y después miró la expresión nerviosa del consejero que había estado a su lado toda la vida. Finalmente expulsó el aire y con ello sus órdenes.

— Ese no es el deseo de Maximiliano y tampoco el mío.

Francisco tendrá que aceptar mi candidatura y su lugar en el mundo en el caso de que yo resulte elegido.

— Con cada palabra el rey se sentía más liberado —.

Esa reunión que solicita Francisco se llevará a cabo.

Pero no iré yo. Mercurio y Guillermo. Partiréis en mi nombre para reuniros con la delegación francesa.

El señor de Chièvres se mostraba hastiado, como si la cuestión imperial le agotase, mientras que Gattinara cabeceaba satisfecho.

— Sabia decisión, majestad. Montpellier puede resultar un punto de encuentro intermedio que satisfaga a las dos partes — sugirió Gattinara.

— Así será. Le diré a de los Cobos que remita nuestra respuesta al rey de Francia.

Las puertas del salón del consejo se abrieron para recibir a su rey.

Tal vez por un corazón endurecido, por la amargura de la soledad o por el espíritu curtido del viajero que pasa tanto tiempo lejos de su hogar, Carlos de Habsburgo se mostraba más seguro, como nunca antes lo había visto Chièvres.

Estaba rompiendo los hilos que sustentaban las manos de su consejero supremo.

El futuro de Europa se debatiría en salones, en consejos privados, en reuniones, durante días, semanas y meses. Carlos había dejado de ser una marioneta, estaba dispuesto a asumir su papel en el mundo.

Su papel en la historia.