41. El umbral del nuevo mundo
El umbral del nuevo mundo
No era uno de aquellos días de exhibición de toda la riqueza y extravagancia que llenaba habitualmente de lujo la corte francesa.
Los adornos dorados que recorrían las paredes del palacio habían perdido todo su brillo y el cielo, a pesar de estar despejado de nubes, parecía que se había oscurecido y que el sol que lo iluminaba de había apagado.
La tristeza invadía el corazón del orgulloso Francisco, aquel rey siempre fuerte, altanero e implacable con sus enemigos estaba herido.
Su pequeña hija Luisa, con tan solo tres años, había muerto tras unas fiebres.
Francisco llevaba días sin dormir. Pasaba la mayor parte del tiempo en la capilla de palacio, arrodillado frente al altar.
No lo hacía para orar. Lo hacía por estar solo y porque detestaba escuchar los sollozos de su esposa, la reina Claudia.
Había acudido ahí porque sabía que nadie le molestaría.
Quería estar aislado del mundo y que no se le viera hundido.
No le permitiría que nadie le molestase, exceptuando a una sola persona, su madre, Luisa de Saboya.
Francisco se percató de los pasos decididos de su progenitora: eran las pisadas firmes de un pie pequeño, que se elevaban y retumbaban sobre las paredes.
El rey de Francia se levantó y se volvió para recibirla.
Luisa primero se santiguó frente al altar y después miró fijamente a su hijo.
A pesar de la envergadura del rey de Francia, Francisco se arrugaba frente a la presencia de la mujer que le había dado la vida, no importaba que a Luisa le sacase tres cabezas, la reina madre era la única a la que le permitía estar a su misma altura e incluso sobrepasarle.
— ¿Cuánto tiempo más permanecerás escondido?
— Como todo padre tengo derecho a llorar a mi hija — respondió Francisco volviéndose al altar y apartándose de los ojos auditores de su madre.
— No eres un padre cualquiera. Eres el rey ¿Las lágrimas devolverán a tu hija? ¿Crees que el mundo se ha parado por qué mi nieta haya muerto? Debes recomponerte Francisco y mostrarte fuerte, no solo ante tus enemigos, sino también ante tus aliados.
— He trabajado duramente todos estos años para poder permitirme el luto en estos días de infortunio.
Todo va según lo previsto madre, cuando muera Maximiliano la corona imperial será mía.
— Francisco cerró sus grandes manos con fuerza, como si ya atenazase entre ellas la corona —.
He procurado atraer hacia mí a los príncipes electores, con cuantiosos regalos y generosas promesas.
Ese Habsburgo no supondrá un problema. — Francisco torció el gesto al referirse a Carlos —.
Ese pequeño Habsburgo está demasiado ocupado en los problemas que atañen a sus nuevos reinos.
Un extranjero tratando de ser aceptado por sus súbditos, es patético.
— Son muchos los que trabajan par él. — Luisa trató de rebajar la euforia de su hijo —.
Aún no has ganado la corona imperial. La archiduquesa de Austria está trabajando en nombre de su sobrino desde el consejo de Flandes.
Además el Habsburgo tiene ahora a su lado a Gattinara y él no será tan benevolente contigo, como lo ha sido hasta ahora Chièvres.
Puedes ir olvidándote de la cesión pacífica de Navarra.
— Luisa desplegó una carta que portaba en sus manos —.
Por cierto, ha llegado una carta del Habsburgo, te envía las condolecías por la muerte de nuestra pequeña.
Quiere seguir manteniendo la alianza matrimonial mediante tu hermana Margarita.
Francisco dibujó una risa amarga en su rostro y se volvió a su madre, como si la inquina que sintiera hacia Carlos le hubiera recompuesto los pedazos del alma rota por la reciente muerte de su hija.
— Mi hermana es mucha mujer para ese niño.
Le diré al escribano que envíe una carta agradeciendo sus condolencias.
Además le instigaré a reunirse conmigo, en persona, para resolver los asuntos que tenemos pendientes.
Y si veo la oportunidad. — Francisco golpeó con el puño la palma de su mano —, lo prenderé y ese mequetrefe hará todo lo que yo le diga.
— No será tan sencillo atrapar a ese Habsburgo. — De nuevo Isabel trató de bajar los pies de su hijo a la tierra.
Francisco I, rey de Francia, se marchó de la capilla, erguido, con pasos firmes, fuertes y con el pecho henchido.
No quería perder el tiempo en seguir lamentándose por la muerte de su hija.
De hecho la inquina hacia aquel Habsburgo era más fuerte que el dolor de la perdida, ello le dio fuerzas para retomar su labor, una meta ¿Cómo se atrevía ese joven rey a hacerle sombra?
El príncipe más poderoso de la cristiandad.
De una manera u otra iba a tomar el poder de la vieja Europa y para ello no había lugar para sentimentalismos.
Zaragoza. Palacio de la Aljafarería.
— Pronto te marcharás y me gustaría que antes de tu partida, pasemos juntos todo el tiempo posible.
— En su despacho Carlos, con las manos apoyadas sobre el escritorio , como si tratase de descansar sus espaldas de aquel mundo que cargaba en ellas, se dirigía a Leonor que reaccionaba con gestos fríos —.
Hemos estado toda nuestra vida juntos. Has sido mi compañera desde que tengo uso de razón.
A pesar del distanciamiento de estos últimos meses no creas que no acusaré tu ausencia. A saber cuándo nos volvemos a ver.
— Entiendo
— ¿Eso es todo lo que tienes que decir?
— Que me marche lejos de ti ha sido tu voluntad como rey y de nadie más. Podrías tenerme cerca si hubieras aceptado la proposición de Federico de desposarme con él.
— ¡Otra vez Federico! — Carlos abandonó el tono conciliador —.
Actuó… actuasteis a mis espaldas, los dos me traicionasteis.
Todos tenemos un deber que cumplir. Yo tenía mi compromiso con la princesa Luisa de Francia.
Si las negociaciones prosperan, tal vez mañana lo tenga con Isabel, una princesa portuguesa a la que no conozco.
Nos debemos a nuestras alianzas, a nada más.
— Mientras aleccionaba a Leonor, a Carlos le sobrevino el recuerdo de Germana de Foix, la mujer a la que debió renunciar.
Sin duda Carlos compartía con su hermana la amargura que provoca la renuncia de la pasión, pero él ya lo había asumido por un bien mayor.
La réplica de Leonor quedó suspendida en el aire cuando las puertas del despacho se abrieron.
El canciller Gattinara había irrumpido, se quedó en el umbral y carraspeó varias veces.
A Carlos ya no le sobresaltaban las interrupciones de su canciller.
Sabía que era un hombre que hacía y decía lo que pensaba en todo momento, sin miedo a reproches.
La seguridad que proyectaba no dejaba lugar a réplica.
— ¿Ocurre algo Mercurio?
— La reunión con vuestro consejo majestad. No podemos demorarnos más.
Carlos se irguió, inspiró profundamente y aceptó asintiendo con la cabeza.
Gattinara tenía razón. El gobierno de tantos reinos provocaba que el tiempo se convirtiera en un bien escaso y eso era algo que Gattinara siempre le recordaba, un hombre que sabia hacer uso de la palabra y que se había ganado la confianza de Carlos en pocos meses.
Sabía siempre que decir en el momento exacto.
— Si me disculpáis hermana.
El despacho de Carlos quedó vacío al marcharse los tres. Carlos y Leonor tomaron direcciones opuestas en los pasillos de palacio tras una fría despedida . Quedaba poco más que decir entre ellos más que reproches. El rey avanzaba junto a su canciller donde su consejo le esperaba.
— ¿Algún punto nuevo a tratar hoy? — preguntó Carlos.
— Más allá de la elección del próximo emperador. Nada.
— Esa cuestión en agotadora Mercurio — Carlos hablaba con zozobra.
— Pero necesaria majestad. El título de emperador legitima la adquisición del mundo entero.
— Mi abuelo es emperador y aún así no es dueño más que de sus dominios.— Carlos detuvo su marcha, provocando también el paso de Gattinara.
— El título de emperador que utiliza vuestro abuelo no es más que un espejismo. Vuestro abuelo no ha sido coronado por el Santo Padre y solo conserva el título que conceden los príncipes electores, el de Rey de Romanos, el único que puede ser coronado emperador, pero sin la voluntad del Papa…
— ¿Por qué no coronarlo? — inquirió Carlos.
— Veo que os saltasteis alguna lección de vuestro tutor Adriano.
Para ser el emperador se requiere ser coronado dos veces, una por los príncipes electores y otra por el Santo Padre.
— Gattinara dejó soltar una risa condescendiente —.
En el juego de la política el Santo Padre es un rey más, con sus intereses e inquietudes.
Vuestro linaje ha adquirido mucho poder y eso es algo que preocupa al mismísimo Papa.
Que los príncipes electos os elijan a vos no significa que el Papa os ciña la corona.
Pero vayamos paso a paso, primero debemos conseguir la elección.
— Con esas palabras Gattinara retomó la marcha.
— Ese imperio Habsburgo… es el sueño de mi abuelo, no sé si es el mío o si ni siquiera estaré a la altura. — Carlos siguió con esas palabras a Gattinara cabizbajo.
— El Sacro Imperio Romano Germánico no solo lo ambicionáis vos, también vuestros enemigos.
Para ser más exactos Francisco. Si él se hiciera con la corona, el legado y las posesiones de vuestra familia serían destruidos.
En otras palabras, el rey de Francia no dudaría en aplastaros.
Francisco intuye que a vuestro abuelo Maximiliano le queda poco tiempo, ha tejido sus redes con tiento.
Lleva tiempo en contacto con los príncipes electores, otorgándoles buenas palabras, promesas y regalos…
cuantiosos regalos. Francisco sabe lo que está en juego, ni más ni menos que el mundo, un mundo que ha cambiado rápido en muy poco tiempo.