40. La eternidad del mar
La eternidad del mar
— No quiso abandonar a uno solo de sus hijos. — Hassan les estaba relatando a un atento Hizir y a sus hombres de confianza, los últimos instantes que vivió junto a Aruj
Sancho había cumplido. No iba a abandonar a sus hombres a su suerte, por lo que decidió poner a salvo a Hassan en Argel.
Cuando el joven pirata recobró la consciencia se enfureció.
Él debería haber estado ahí, junto a Aruj, aunque fuese para morir.
Juró que se vengaría de todos aquellos cristianos, empezando por el propio Sancho, pero sabía que en esos momentos no había nada que hacer, así que dejó que el cristiano le llevase a la ciudad donde aguardaba Hizir.
La noticia sobre la muerte de Aruj, había llegado a la ciudad más rápido que lo que lo había hecho el galope del caballo que Sancho espoleaba.
La gran mayoría habían recibido la mala nueva con una tristeza que se reflejaba en el silencio de las calles y las plazas normalmente bulliciosas.
Había pesar por parte de muchos y había tristeza y rojez en los ojos de Hizir, quién recibió a Hassan y al cristiano en la ciudadela donde Aruj solía contemplar la eternidad del mar.
Mientras Hassan continuaba con su relato, Sancho posó su vista en el peñón, donde sus valientes hombres seguían aguardando tras un año. Se preguntó cuál sería el ánimo de los suyos y que sería de aquellos que aún permanecían en las mazmorras de la ciudad.
— Hubiese querido morir junto a él —. Los ojos de Hassan se humedecieron al decir aquellas palabras que concluyeron su relato.
— Cualquiera de nosotros hubiésemos deseado morir junto a mi hermano.
— Los pocos hombres que se encontraban junto a Hizir asintieron sin vacilar ante sus palabras —.
No se me ocurre muerte más digna que esa.
Hemos llorado a nuestros hermanos, pero sobretodo al gran Baba Aruj.
Para mucho de vosotros un padre. — Hizir apretó puños y dientes.
Enrojeció de furia. Sus palabras salían ásperas de su garganta, pero trató de contenerse —.
Ese español que profanó su cuerpo, dicen que ha ido desfilando portando la cabeza de mi hermano clavada en una pica.
La ha exhibido como un trofeo. Pero os diré algo…
— Hizir abrió sus brazos y empezó a pasear entre sus hombres —, puede que hayan destruido su cuerpo, pero su espíritu es inquebrantable.
Esos mismos embriagados, celebrando la muerte de mi hermano, no saben que lo volverán a temer y sus hijos…
— Y los hijos de sus hijos — secundó el pirata con la tez más oscura, llamado Dragut, provocando el asentimiento de sus compañeros.
— ¡Porque el mar es eterno y Aruj es el mar! — Hizir rugió de rabia y sus hombres hicieron lo mismo —. Recuperaremos sus conquistas y nos extenderemos aun más.
— ¡Sí!
— Seguiremos ayudando a nuestros hermanos musulmanes a pasar el estrecho desde Al-Ándalus
— ¡Sí!
— Haremos que esos cristianos se lamenten del día en que liberaron a Aruj de su cuerpo.
Asolaremos sus costas. De norte a sur y de este a oeste.
Dragut, Cachidiabolo y Salah Reis disponéis de cuántas naves os plazca para que los cristianos sepan en sus propias casas que Aruj no ha muerto, está más vivo que nunca.
Diezmad sus cultivos, matad a los hijos delante de sus madres, follaros a las hijas y haced esclavos a vuestra discreción.
— Así se hará — respondió Cachidiavolo que destacaba entre los demás corsarios además de por su gran barba blanca, por los colores vistosos de sus telas, como el turbante de un rojo tan vivo como la sangre derramada de infinidad de enemigos.
— Y tú Hassan, no llores más a Aruj. Haz que se sienta orgulloso. Permanece a mi lado como lo hiciste con él. — Hizir posó sus dos grandes manos sobre los hombros del joven corsario.
— Servirte es lo que él querría — respondió Hassan.
Hizir detuvo sus ojos en Sancho. Seguía contemplando aquel peñón donde sus hombres continuaban resguardados. Lo miró con asco. Su hermano, el gran Baba Aruj estaba muerto y él aún respiraba. Era algo inconcebible. Desenfundó su cimitarra y se acercó lentamente por su espalda.
— Echas de menos a tus hombres, a esos que aún resisten.
Tal vez tengan esperanza y conserven la moral alta.
— Sancho no se volvió, había cerrado los ojos con fuerza en el momento que escuchó el sonido del acero de la cimitarra deslizándose , incluso el olor de tantas vidas que pasaron por su hoja.
Un olor metálico que era capaz de penetrar en el paladar —.
Te daremos el último favor después de haberte colmado con todo tipo de comodidades.
— Él me ha salvado — protestó Hassan saliendo en defensa de Sancho por primera vez desde que le conoció meses atrás.
— Y le recompensaré en su justa medida. Le entregaré a los suyos, con desesperanza y desolación.
Sancho permaneció con los ojos cerrados, no tenía miedo, simplemente buscó refugio en la oscuridad.
En aquellos instante lo que le invadió fue la melancolía, aceptaba su destino, de hecho hacia meses que lo había aceptado, pero en sus últimos instantes se acordó de su familia, de los hijos que no tendría y de los momentos que no viviría.
Rodeado de enemigos, nadie iba a compadecerse él y de su fatídico final.
El último momento fue acompañado de las risas de aquellos piratas compañeros de Hizir, tal vez pudiera sentir algo de empatía en la respiración de Hassan.
La oscuridad le sobrevino tras un golpe rápido en la nuca donde solo pudo sentir por unos breves instantes el dolor inmenso que se perdió en el olvido, acompañado del líquido espeso y ardiente que deslizaba por sus cuello.
Tan rápido fue que ya había dejado de pensar.
Se sumergió en lo más profundo de las tinieblas donde sus párpados nunca más se abrieron.
Peñón de Argel. Unas horas después.
Desde el peñón habían avistado una pequeña Barça acercándose.
Tal vez se tratara de otro ciudadano de Argel dispuesto a traicionar a los sarracenos que desde hacía meses habían tomado la ciudad.
Hernán García, acompañado por cinco hombres, fue el primero en pisar la arena de la pequeña cala donde se dirigía el bote.
Pero cuando llegó, la pequeña embarcación se marchaba sumergiéndose en la noche, dejando solamente el sonido del vaivén de las olas sobre la orilla . No hubo tiempo a detenerla.
— ¿Quién sería? — se preguntó Hernán en voz alta.
— ¡Mire señor! — Uno de sus hombres estaba señalando un pequeño cesto en medio de la arena que aquella embarcación muy posiblemente había dejado.
Hernán se acercó sigiloso. Los hombres le abrieron paso.
Todos estaban expectantes por conocer el contenido del recipiente.
Era un extraño correo y podría tratarse de cualquier cosa.
Tal vez del mensaje de algún insurrecto de Argel o una broma macabra, como una alimaña o una víbora que se llevaría la vida del imprudente que abriera ese cesto.
Despacio, con cautela y procurando no delatar el sonido de sus pisadas Hernán se acercó hasta ponerse a pocos centímetros.
Sin pensarlo más propinó una pequeña patada al cesto, haciendo que este volcara.
De su interior rodó un bulto envuelto en una tela blanca hasta detenerse a pocos pasos.
Hernán miró a sus hombres buscando respuesta, pero nadie dijo nada.
Tal vez si Sancho aún estuviera con ellos sabría que hacer, pero hacía ya meses que había perdido a su superior, en aquella calamitosa derrota producida frente a los muros de Argel.
Finalmente se decidió, inspiró aire y agarró aquel objeto que parecía inofensivo. No se movía.
Examinó la tela blanca, pero lo primero que notó al agarrarlo fue como la parte inferior estaba mojada.
Hernán examinó el bultó con más detenimiento.
Ahí donde la tela estaba más mojada se teñía de rojo.
Hernán adivinó enseguida de que se trataba.
Desenvolvió la tela y descubrió frente a él aquel rostro conocido en una cabeza cercenada.
Era Sancho, pero no había vida en él. Un escalofrío recorrió su cuerpo y dejó caer la cabeza.
Hernán se apartó y vomitó su última comida.
El resto de hombres pronto descubrieron en tétrico hallazgo.
Hizir había cumplido. Había llevado a sus enemigos desesperanza y desolación.
No tendría reparos. El dolor por la perdida de Aruj debía compartirse.
Todos sus enemigos debían pagar de una manera u otra.
No habría compasión. El mar, el eterno mar, se convertiría en una perpetua tormenta que arrasaría costas y que engulliría a todo aquel imprudente que penetrara en él.
Ahora de verdad temerían aquel nombre que muchos no se atreverían a pronunciar. Barbarroja.