39. La soledad del rey
La soledad del rey
Era una mañana soleada, pero a diferencia de otros días donde el rey hubiese salido de caza, decidió quedarse en palacio.
Se encontraba apesadumbrado. Había visto ver partir a su hermano Fernando, la despedida fue gélida, como había sido la relación que habían mantenido en aquellos meses fugaces, pero como bien le solía decir el más cercano de sus consejeros, el señor de Chièvres, lo mejor era alejar al príncipe de los reinos de Castilla y Aragón, donde muchos veían en él, al verdadero sucesor de los reyes católicos.
Por lo menos le quedaba, eso sí, el calor de Germana.
Los encuentros en los últimos meses se habían producido con mayor frecuencia.
Cada vez más cómplices, más cercanos. Carlos sin duda había aprendido mucho de las artes amatorias gracias a las enseñanzas de su amante, más experimentada.
Pero cada vez era más difícil verse, el vientre de Germana había empezado a crecer, ella había tratado de disimularlo, pero todos en la corte se habían percatado de su estado. Había quedado en cinta.
Pero lo que más le pesaba era la discusión que durante la cena de la noche anterior había mantenido con Leonor, de la cual se había distanciado desde su partida del puerto de Zelanda.
Era como si el cariño que se procesaban, jamás hubiera embarcado con ellos.
Aquella compañera de vida que había crecido junto a él se había convertido en una desconocida.
Sin duda la semilla del rencor había germinado.
Una vez más Leonor había protestado por la decisión que había tomado su hermano de desposarla con el rey portugués.
Pero Carlos no aceptó ninguno de sus argumentos.
— Sea pues, sí es la voluntad del rey — dijo Leonor con frialdad, dejando su plato de caldo sin apenas probar sobre la mesa —.
La hermana obediente cumplirá, para que tú puedas seguir gozando de tu libertad —.
Carlos sabía bien que Leonor hacía referencia a la íntima relación que tenía con Germana de Foix.
Antes de que el rey pudiese responder, Leonor se levantó de la mesa y la abandonó, dejando a Carlos solo, sumido en aquellas dudas que le habían estado acompañado noche y día, hasta llegar una vez más a la sala del trono, donde el señor de Chièvres le esperaba para ponerle al tanto de las últimas novedades.
El joven rey estaba irritado, pasó por delante de su consejero sin apenas realizar saludo alguno y se detuvo para escuchar las noticias.
— El primer orden del día es encontrar un nuevo canciller tras la muerte del señor Jean de Sauvage. Permítame sugerirle un par de nombres que…
— Prefiero tratar ese punto más tarde — respondió Carlos.
— Como deseéis. — El consejero percibió en seguida que el rey no estaba de humor aquella mañana.
En los últimos tiempos había manejado con más tiento los hilos que controlaban a su señor, ya no era un niño, se había convertido en un hombre y temía que el hilo invisible se acabase de romper.
Carraspeó y trató de seguir relatando las novedades—.
Bien… el siguiente punto, ah sí… Como sabréis, el capitán García Fernández de Tineo fue quien dio muerte a ese pirata…
Barbarroja. El capitán ha pedido permiso para representar la cabeza del pirata en su escudo de armas como muestra de que él fue quien acabó con ese mal que nos asolaba.
También ha pedido llevar la túnica de ese pirata al obispo de Córdoba.
— Que se le conceda lo que pide — respondió Carlos.
— En otro orden de cosas majestad. El enlace de Germana de Foix con Juan de Brandeburgo, sería una buena solución para acallar ciertos rumores.
He conversado con el señor de Brandeburgo y estaría conforme, a cambio de nombrarle Capitán General del reino de Valencia.
Por supuesto si os parece, a vuestra abuelastra le podríais encomendar un cargo de responsabilidad, como por ejemplo ser virreina de dicho reino.
Podríamos anunciar el compromiso cuando lleguemos a Barcelona — Carlos entreabrió la boca y miró con una mezcla de ira y estupefacción a su consejero.
— ¿Habéis arreglado ese matrimonio sin consultarme a mí o a Germana?
— Majestad le he consultado a la señora de Foix y también está conforme.
La corte y el pueblo tienen ojos y oídos.
Los rumores se extienden más allá de estos muros.
No os juzgaré majestad, Dios me libre, también he sido joven, y sé lo que es la intensidad y la impulsividad de la juventud por la experiencia de mis actos. Pero debemos limpiar vuestra imagen.
— ¿De qué me sirve ser rey? — Carlos golpeó el trono con su puño, sorprendiendo a su consejero —. ¡No puedo hacer feliz a mi hermana! ¡Mi hermano me odia! ¡Debo renunciar a Germana! ¿De que me sirve ser rey? ¿Por qué no puedo traer conmigo a mi madre? ¿A mí hermana Catalina?
— Majestad… la… No sería bueno para la reina Juana salir de Tordesillas ni separarla de vuestra hermana.
— Entonces ¿Cuándo podré verla de nuevo? ¿ Por qué todos dicen que la tengo encerrada ahí? — Carlos se encaró al señor de Chièvres —. Soy el rey y debería decidir sobre ello.
— Majestad… ser rey requiere sacrificio. Tenéis muchos asuntos que tratar. Habéis sido elegidos por Dios para realizar este servicio…
Los portones del salón se abrieron provocando que se detuviera la discusión que estaban teniendo Carlos con su principal consejero.
Aquella intrusión que no estaba programada, extrañó al rey y al señor de Chièvres.
Los dos enseguida reconocieron a aquel hombre de facciones duras y cabello blanco que traspasaba el umbral de la puerta.
Andaba algo encorvado, pero deicidio para presentarse ante Carlos.
Era él, antiguo consejero tanto de Maximiliano como de Margarita de Austria, Mercurio Arborio de Gattinara.
— Os veo sorprendidos majestad ¿Acaso el señor de Chièvres no os ha anunciado mi llegada?
— Estábamos tratando los principales asuntos del día. Aún no habíamos llegado a dicha cuestión — masculló Chièvres.
— Supongo que el señor de Chièvres ha tenido bien dejarme en último lugar. — Gattinara dirigió una mirada hostil a Chièvres.
— Habéis venido desde los Países Bajos. Debe ser algo importante que no se me pueda trasmitir por carta — indagó Carlos.
— Se ha trasmitido por carta. Pero supongo que el señor de Chièvres ha traspapelado el correo tanto del emperador Maximiliano como de la archiduquesa Margarita. Tal vez se haya perdido bajo un montón de cartas que a su entender requerirían de más urgencia.
Carlos miró inquisitivamente a su consejero y este como un fuego espontaneo, no tardó en encenderse para defenderse y dirigirse a Gattinara
— ¿ Tenéis idea de la cantidad de asuntos que debemos atender? Entre ellos la ratificación como rey de nuestro señor en tantas cortes.
— Lo imagino y por eso es seguro que el emperador ha querido dirigirle las cartas a su nieto. Esas que no ha leído.
— Ya que estáis aquí ¿ podríais decirme lo que decían esas cartas? — Carlos liberó a Chièvres de dar explicaciones con su pregunta.
— Tanto el emperador como el consejo de Flandes, encabezado por vuestra tía, la archiduquesa Margarita, han sido conocedores de la desgraciada muerte de vuestro canciller Jean de Sauvage.
En dichas cartas os animaban en que tuvierais en consideración el nombramiento de mi persona como nuevo canciller.
El emperador tiene un sueño y es que vos seáis el próximo emperador y que bajo vuestro imperio nazca una iglesia renovada.
Que vos seáis el emperador que una al cristianismo.
Con sumo placer me pondré a vuestro servicio para que alcancéis tales cotas.
— El rey ha decidido posponer dicha decisión. De hecho he empezado mi reunión con Su Majestad tratando dicho asunto… le iba a sugerir una serie de nombres, entre todos esos nombres, evidentemente estaba el vuestro.
— Sí… seguro — dijo mostrando escepticismo Gattinara.
— Si ese es el consejo de mi tía y mi abuelo que así sea… seréis nombrado canciller. Ahora sí me disculpáis tengo un asunto que tratar. — Carlos empezó a andar en dirección a la puerta.
— Pero majestad… deberíamos meditar dicha cuestión — sugirió Chièvres.
— La decisión está tomada Guillermo — sentenció Carlos y con esas palabras salió del salón dejando un portazo tras de sí.
Chièvres y Gattinara quedaron en silencio, de pie, uno junto al otro.
Entre ellos quedó el eco del portazo dado por el rey tras marcharse.
Ahí quedaron un rato aquellos dos hombres que estaban viviendo los últimos años de su vida, como dos contendientes contemplando el tablero, evaluando el próximo movimiento, hasta que finalmente Chièvres fue el primero en hablar con un movimiento agresivo.
— No sabéis lo inoportuno que sois. Llegáis en el peor día, en el peor momento, hoy el rey no está de humor, no es uno de esos días en los que suele escuchar mi consejo.
Decidme ¿Ha sido Margarita la que ha movido los hilos para que estéis hoy aquí?
Incluso desde la distancia esa mujer sigue importunado.
— Demasiado escucha vuestros consejos el joven rey. El pobre muchacho ignora que le estáis conduciendo por un camino pedregoso. Vuestras amables palabras no podrán amortiguar el mal que le hacéis. — Gattinara respondió sin tapujos.
— ¡Hablad claro! — La voz de Chièvres sonaba áspera, pocos hombres se atrevían a dirigirse a él como lo hacía Gattinara.
— No son pocos los descontentos en los reinos españoles desde la llegada del rey.
Vuestra corrupción, vuestra venta de cargos incluido a el arzobispado de Toledo a vuestro sobrino, vuestra sumisión al rey francés sugiriendo ahora devolver Navarra.
He venido para cambiar las cosas. Solo espero haber llegado a tiempo.
Chièvres soltó una leve risa que provocó sorpresa en Gattinara.
— Sois un iluso. Todas esas patrañas que habéis enumerado sobre el sueño de Maximiliano.
Llenáis de fantasías la cabeza del rey. A duras penas puede con estos reinos, imaginad con todo un imperio…
sed realistas. Afiancémonos en el poder y tratemos de llegar a buen entendimiento con nuestro vecino Francisco.
— Vuestras metas son tan pequeñas como vuestro corazón… tal vez sea porque no son las vuestras propias — concluyó Gattinara, el nuevo canciller.
Carlos se había dirigido a los aposentos de Germana de Foix.
En su mente no había un asunto más importante que tratar aquel día.
Aquel acuerdo matrimonial que se había cocinado a sus espaldas le había sido tan amargo como la más retorcida de las traiciones.
Carlos no llamó a la puerta para irrumpir en la habitación de Germana.
Cuando las abrió Germana estaba en compañía de una dama de compañía que estaba cepillando esos cabellos que al rey se le antojaban de las más fina seda.
La dama soltó el peine sobresaltada por la irrupción y el nerviosismo que presentaba el rey. Germana en cambio conservaba la tranquilidad, sabia a lo que venía su joven amante y se había preparado para cuando el rey recibiera la noticia.
— Déjanos solos — Germana ordenó a su dama de compañía y está obedeció al acto, cruzándose con el rey al que hizo una rápida reverencia antes de abandonar la estancia —. Intuyo que ya lo sabéis — dijo sin dilación Germana retomando ella misma el cepillado de su cabello.
— ¿Por… por qué? — preguntó Carlos.
— Sabíais que este día llegaría. Más pronto que tarde en vista de vuestro ánimo.
Sabéis que todos los actos tienen consecuencia.
— Germana dejó el cepillo sobre el tocador y se llevó las manos a su vientre —.
Ya sabéis a lo que me refiero mi rey. Creedme.
No me arrepiento de ningún momento vivido con vos, ni siquiera de la vida que llevo dentro.
Y debería hacerlo, soy mayor que vos y con el debido respeto, vos solo estáis empezando a ser un hombre.
Carlos se acercó a Germana con el dedo en alto, dispuesto a afear su traición, pero se rindió de nuevo ante su serena mirada y su belleza, ante el aroma de ese cuerpo que añoraba.
Una vez más, hincó la rodilla frente a su amante para buscar refugio en el regazo de su pecho. Germana acarició sus cabellos.
— Soy el rey, puedo cambiar las cosas. Podríamos estar juntos. Yo… yo os amo.
— No… no podéis, no lo entenderíais. Además, lo que sentís no es amor, es deseo.
El amor da serenidad, incluso el amor nos lleva a dejar marchar a aquella persona que amamos.
El deseo no entiende de las consecuencias que puedan tener nuestros actos.
El deseo nos lleva a la locura, como la que estáis dispuesto a cometer vos.
Miraos y pensad, lo que sentís no es amor, es un deseo que se diluirá con los años.
Vos tenéis dieciocho años y yo treinta. Cuánto creéis que durará esta pasión.
El tiempo no se detiene para ninguno de los dos.
Carlos acercó sus labios a los de Germana, pero esta por primera vez en todos esos meses los rechazó.
Carlos la miró y vio como el brillo de una lágrima se dejaba caer por su mejilla.
Asintió, se levantó y se marchó. Pero esta vez lo hizo más sosegado, sin ímpetu, porque las ganas de luchar se habían disipado.
Caminó hacia la puerta derrotado con un vacío en su pecho, donde antes latía su corazón.
Mientras Germana le veía marchar y desaparecer tras la puerta secó sus lágrimas.
Se sentía responsable del dolor que estaba padeciendo el rey.
Fuese deseo o amor, de igual forma sufriría.
Al principio no lo entendería, pues el rey finalmente había terminado su viaje de transición desde la niñez a la madurez, dejando por el camino un alma herida y un corazón roto y convirtiendo aquellos momentos dulces que pasaron juntos, en amargos recuerdos.
El rey aprendió una nueva lección, todos los actos donde el corazón pesara más que la razón dejaban heridas que no sanaban, cicatrices en el alma.
Un hombre sabio tomaría dicha enseñanza, para endurecer su corazón.