Carlos V. Trilogía Completa 38. Solo un hombre #3
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38. Solo un hombre #3

El capitán García Fernández de Tineo se abrió paso entre los hombres que observaban a aquella leyenda en pie en sus últimas horas.

Como un espectador más, el capitán lo contempló perplejo.

Ante él se encontraba aquella leyenda del mar y que tanto había aterrorizado a los marineros y a las poblaciones de las costas.

No era el hombre que se había imaginado.

Sobre las joyas que ornamentaban su cuello y sus dedos, su propia sangre hacía disipar el lustre.

Las telas que le vestían estaban polvorientas y sucias, como su mano de plata, sin brillo, sin el resplandor de días pasados.

Aún con la herida que llevaba en el costado y con el sudor que se entremezclaba con su sangre, su aspecto orondo no le daban la apariencia de aquel aguerrido líder del que tanto había oído hablar.

Un hombre, solo era un hombre.

Malherido y con su ejército destruido todos le temían, nadie se acercaba para darle la última estocada, los dos últimos hombres que lo habían intentado yacían sin vida a sus pies.

Aruj, con los ojos inyectados en sangre y a punto de salir de sus órbitas, contempló a aquel capitán que se le acercaba con su espada desenvainada para darle muerte.

— ¡Sois todos unos cobardes! — bramaba Aruj —. ¡Vamos! ¿Quién se atreve a darme muerte? ¿Quién? —. De sus entrañas erupcionó una sonora carcajada que mezclaba locura y desesperación.

El capitán blandió su espada cortando el aire. Sin duda había subestimando al hombre que tenía frente a él. Había olvidado sus hazañas y ante él no veía más que aún simple mortal. Tanto lo subestimó que en un movimiento rápido Aruj le hirió con su hacha en el antebrazo.

— ¡Ahhhhh!

El alarido del capitán hizo estremecer a sus tropas. Retrocedió dos pasos.. tres. Aquella fiera herida que tenía frente a él era más peligrosa que nunca. Aruj dejó soltar una carcajada más en un acto de humillación para el capitán español.

García Fernández de Tineo trató de engullir su dolor, miró a sus hombres: las risas se habían disipado entre ellos y muchos tragaban saliva.

— ¿Qué hacéis mirando? — preguntó el capitán mientras taponaba con su mano la herida del antebrazo —. ¡Es solo un hombre!

— ¿Tú creías que ibas a acabar tan fácilmente con Baba Aruj?

— decía el pirata en su lengua extranjera para los oídos del capitán García Fernández, con palabras que se entremezclaban con la tos y la risa —.

Maldito insensato. Yo moriré pero mi legado perdurará ¿Quién se acordará de ti, perro cristiano?

— ¡Dadme una lanza! — ordenó el capitán.

Uno de los soldados acató la orden y entregó una lanza a su capitán.

Aún con la distancia que ofrecía la lanza entre Aruj y el capitán español, este avanzó temeroso hacia su presa.

Aruj no tenía escapatoria y su amarga risa bañada en sangre se difuminó, cuando de un estoque certero la lanza atravesó su hombro.

El corsario quedó paralizado, sus músculos no le respondían quería reaccionar, pero ya no era dueño de su cuerpo, tanto era así, que su mano sana le desobedeció al soltar el hacha con la que hasta ese momento se había defendido.

Trató de hablar, pero la frontera que ofrecía si lengua y la sangre que escupía, hacían inentendibles sus palabras.

— Sois unos ilusos si creéis que esto acaba hoy aquí — decía Aruj entre alaridos, con una voz profunda y a pesar de hallarse ante las puertas del averno.

Sus amenazantes últimas palabras, estremecieron a los testigos expectantes de su muerte —.

¡Necios! — Aruj escupía aquellas palabras con saliva mezclada con sangre.

Eran las maldiciones de un condenado a muerte, algo que no se debía tomar a la ligera —.

Vol… volveréis a oír de mí… volveréis a temerme.

Evitaréis las costas, y el mar porque incluso después de mi muerte seguirán siendo mi reino.

El capitán volvió a blandir su espada. En aquel momento sí que tenía a aquel pirata a su merced, indefenso, inmóvil, con solo un hilo de vida y con un último suspiro que utilizó para blasfemar.

Esta vez arremetió contra su cuello para cortar de raíz todas aquellas maldiciones que procesaba el sarraceno en una lengua que no entendía.

El líquido rojo que brotaba de la garganta de Aruj salpicó el rostro del capitán.

Pero García Fernández de Tineo no se detuvo ahí.

Quería cerciorarse de que aquella mala bestia no volvía a alzarse, alzó su espada, y golpeo una y otra vez el cuello del pirata, con rabia, pues ese hombre se había atrevido a herirle delante de sus hombres, y aun le habían quedado fuerzas para humillarle.

Golpeó una y otra vez, una y otra vez hasta separar la cabeza de su cuerpo.

El capitán contempló así su gesta. La cabeza de Aruj conservaba su última mueca de dolor, ya no había risas ni carcajadas.

Él y solo él había conseguido librar el Mediterráneo de la piratería sarracena.

Había arrancado la cabeza de aquella bestia.

Pero el ingenuo capitán no había caído en la cuenta de que aquella bestia era marina, una hidra.

De aquel cuello cercenado emergerían más cabezas que regresarían con toda la furia del mar en busca de venganza.

Razón tenía Aruj en sus últimas palabras. No, no era fanfarronería. Su legado perduraría y muchos serían los que harían que su nombre fuese recordado por los siglos de los siglos.